olor

10.04.2015

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No falla. El día que estás agobiada de tiempo, fritita a agujetas y te tiemblan las piernas porque el mecánico te acaba de pasar la receta, coges el tren -que por supuesto circula con más retraso que nunca- y se te sienta enfrente un anciano con incontinencia nasal y, a la derecha, tres prendas -un chico y dos féminas- compañeros de trabajo bullangueros y gritones, que hacen las guasas 10 puntos de volumen por encima de lo normal para que todos oigamos lo majos que son y lo bien que se llevan… La verdad, me toca las narices a qué hora cierran el chiringuito mañana, dónde tiene el piso su tía Cuqui y el chiste que le ha mandado por whatasapp su compañero Jacinto. Me tienen hartita, pero al señor que va detrás y no escucha a la señorita Virginia -que le acaba de llamar- le deben estar llevando al límite, porque cada vez grita más al auricular. O será por la animada conversación en alto arameo (alto por el tono y por su ininteligibilidad) de los dos de más atrás? No. Debe ser que su llamada anterior -también a voces- con la señorita Laura le ha dejado tocado ya.

 

Ya no lo soporto. Necesito hacerme la autista 10 minutos nada más. Huir de tanta contaminación acústica, cerrarme cual tapa de hermético con mis propias palabras pero, por supuesto, precisamente hoy me he dejado los cascos en casa. Qué desgracia! Y huele mal… a pescado… a salmón marinado, para más señas… Coño! Soy yo. Mi mano derecha, que acaba de fregar un plato que contenía tal delicia. Delicia cuando lo comes, no cuando el olor se queda entre tus uñas, que asco da.

 

Creo que voy a vomitar. O a llorar. O a chillar como una histérica. O a cagarme en la madre de los que me rodean… ¿Qué me aliviará más? Respirar. Respirar hondo suele ayudar, pero es que tengo agujetas justo en el hueco que hay entre las tetas. Creo que lo llaman músculo pectoral. Yo no sabía que eso dolía.

 

En ese caso toca soñar. Soñar despierta activando el bloqueo sensorial. Cierro ojos. Abro ojos. Ya está. Es viernes. Todo ha pasado ya.

 

Buenos días!!

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08.04.2015

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Últimamente huelo a hombre que tiro para atrás.

No es que se me hayan descompensado las feromonas, ni que detecte en mi piel el rastro de un olor que no me pertenece, que eso me sucede a veces y me despierta un curioso contraste de sensaciones. Esta vez ha sido la casualidad la que ha dejado mi aroma con un tufo decididamente masculino.

Por un lado, el desodorante: durante un tiempo desapareció de las estanterías el que me gusta en versión femenina, así es que ante la trágica posibilidad de quedarme sin él, decidí agenciarme el de caballero, sin saber cómo iba a oler. Y por otro lado, me he comprado una colina que abajo pone “men”. Y no por descuido, si no por atrevimiento. Es una que ayudé a mi hermana a elegir para regalársela a nuestro común padre por Reyes y me encantó, me parecía que podía pasar por unisex, así que me la compré… Pero no. Huelo a tío (como dice mi otra hermana), a macho, al Jacks que buscaba la del anuncio, a lo que cantaban (Ay!) Mocedades ¿o era Ay! Amor de hombre? A saber. Lo mismo es.

Huelo constantemente como alguien que tiene pene. Y, sintiéndolo mucho, así va a tener que ser mientras me dure el perfume y el desodorante, que no está la cosa como para tirar los botes, por mucho que no se correspondan con el sexo que Dios te dio al nacer. Total, eso de la diferenciación olfativa por género no deja de ser parte de las convenciones sociales… y todos sabemos que esas se pueden fumar. Fuego ¿quién me da?

Es miércoles. Buenos días!

10.07.2014

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Entras en el vagón de metro, vas cansada y cargada, hay un sólo asiento libre y está a tu alcance pero, gracias a un baile de traseros in extremis, el hueco queda a tiro del culo de un tipo con cara de sobrado, que decide aprovecharlo. Te quedas quieta, con cara de seta y sujetando la bolsa entre los pies, con lo que de sentarte ya te despides.

La señora de al lado nos lleva a su señor esposo y a mí mareados: a él a golpe de charla insustancial y a mí con las vaharadas a Opium que emana ¡Por Dios! ¿Aún venden frascos de ese perfume del demonio?

Una estación. Los sentados se quedan todos y entra en el vagón un muchacho que se queda a mi lado y una pareja con un micrófono y un altavoz. Buenas tardes, venimos a destrozarles una canción ¡Nooo! Ni el reverb a tope disimula los gallos, quizá porque ponen la rueda del volumen en ‘a todo trapo’. Hombre, al menos no oigo el parloteo de la señora cansina; ahora que lo pienso, tampoco huele ya a Opium… se habrán ido? Nooo. Es que ahora sólo huelo el sobaco del recién llegado; tal vez porque ha levantado el brazo y lo ha dejado a 10 centímetros exactos de mi nariz, o tal vez porque no ha catado ducha en un año. Creo que ambos.

Otra estación y otra y otra. El vagón se llena y no vamos mejorando. Uf, que asco. Menos mal que ya queda poco. La siguiente me bajo. Se levantan la pareja de ancianos mal perfumados y dejan sobre el asiento un periódico de los gratuitos y ¡milagro! está poco sobado. Me lanzo, lo agarro ¡es de hoy! ¡está entero! Sonrío. Realmente, soy un ser humano afortunado…

Afortunadamente, ya es jueves; una estación más y será viernes. Buenos días!