palabras

12.03.2015

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Bien sabéis los que me habéis oído hablar alguna vez y hasta los que me leéis, que no soy yo persona delicada en esto de materializar mis pensamientos, que intercalo sin sonrojo y con poco miramiento palabras de un lado u otro del diccionario: un vocabulario más o menos biensonante con algún que otro taco.

Y no lo escondo ni pido perdón por ello, como algunos que se precian de no decirlos y, en un cabreo, te sueltan un ‘hostia’ con tal saña que te dejan tiritando. Por el contrario, me parece que unos cuantos tacos bien dichos -con gracia y moderación- suponen tanto un refuerzo de la comunicación como un desahogo para la lengua.

Ahora bien, de ahí al uso que dan algunos a las palabras de dos rombos hay un abismo… El otro día escuché involuntariamente dos conversaciones telefónicas de un muchacho que me dejaron el oído supurando: a la primera interlocutora le calzó un ‘zorra’ por todo saludo y al segundo no paró de llamarle -en plan colegueo- ‘hijoputa’ y ‘cabrón’. Que más que con un amigo parecía que hablaba con cualquier político (a los que hoy en día se excusa llamarles de todo). El chaval se creería posiblemente muy moderno y muy enrollado, pero a cualquiera medio sensato nos pareció un garrulo de campeonato.

Y es que, puestos a tirar de diccionario, aunque sea para decir tacos, habrá que hacerlo con mediana precisión, no siendo que -por querer hacer la gracia- nos suelten un hostión.

Puñeteros jueves..  Buenos días!

10.03.2015

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Según la paradoja de Fermi, si hay tantas civilizaciones en el universo, tanta vida inteligente en la galaxia, es contradictorio que no se comuniquen con nosotros.

 

Esto lo formuló el tal Fermi -a la sazón científico nuclear- mientras charlaba en el comedor con unos colegas con la muy elaborada y sintética sintaxis: ¿dónde están?

 

El gran silencio.

 

Y para explicar el gran silencio hay un río de teorías con mayor o menor rigor científico que van desde la inexistencia de extraterrestres hasta un complot interestelar para no decirnos ni mu.

 

Pero ninguna acierta.

 

El gran silencio está, en realidad, en nuestro planeta. Yo lo he visto.

 

El gran silencio es tener a una persona delante, hablar, y aún así no comunicarte.

 

El gran silencio está lleno de palabras que se hacen serpiente: se retuercen, envenenan y resbalan.

 

Es a la vez un escudo y una bala. Un proyectil que desgarra la propia carne y la carne ajena. Una perturbación en la dimensión del universo que crea vidas paralelas. Distorsiona la historia y arrasa con las certezas.

 

El gran silencio es un adversario taimado -todo humo, soledad y cervezas- que paraliza los músculos del cariño y deja los cuerpos rígidos, incapaces de buscarse para romper su barrera. Es un dardo en la lengua, que le amputa a ésta su parte buena.

 

El gran silencio trae los gritos y la guerra. En un bar con poca gente o en una plaza semi desierta. Comparte sustancia con las penas: que no matan, pero ayudan a no dormir…

 

Lo que ni el señor Fermi ni yo sabemos es si tiene escapatoria su paradoja. Si hay una puerta trasera que nos evite tanta batalla queda. Si existe la palabra mágica que anule tanta ausencia. Si ponerle un nombre, todas estas letras y dejarlo a la deriva en una botella es conjuro para que la comunicación vuelva.

 

Si el gran silencio tiene cura y si vamos a buscarla siquiera. Buenos días.

14.01.2015

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Desde pequeñita tengo cierta tendencia a coleccionar. Esto es, acumular una serie de objetos de similar naturaleza contenidos en un mismo espacio físico -generalmente una caja- que sólo se abría  para incorporar un nuevo elemento a la colección, instante en el que aprovechaba para deleitarme con su contenido, pronunciar las palabras en modo Golum ‘mi tesoro’ y volverla a cerrar hasta la siguiente novedad.

 

Probé con llaveros y postales durante una larga temporada, con entradas a teatros y conciertos y hasta de invitaciones de boda tengo llenita otra caja. Pero al final todo empacha.

 

Mi mayor colección, a decir verdad, está formada por objetos variopintos que -en su momento- llevaban asociada alguna historia personal detrás: piedras, flores secas, servilletas, alguna pluma, el envoltorio de un caramelo, una carta de la baraja, un trozo de tela, una vela medio usada… Cosas muy simbólicas cuando recordaba la aventura que llevaban aparejada pero que, con el correr de los años han ido quedando olvidadas, de tal manera que lo que tengo ahora son varias cajitas llenas de guarradas… Pero soy incapaz de tirarlas.

 

A mejor vida han pasado ya otras colecciones que me labré con el duro esfuerzo de la paciencia y el pirateo: películas, discos… Hasta muchos de mis preciados libros han acabado relegados a la casa del pueblo. Ahora todo queda reducido a megabytes en el disco duro, archivos que suben y bajan al ritmo de mis presentes anhelos. Es duro al principio, pero ganas espacio y pierdes peso (aunque sea en el piso y no en el cuerpo).

 

Ahora mi espíritu de coleccionista atesora otro tipo de objetos: recuerdos, momentos, palabras… Y este blog se nutre de ellos. Miércoles. Buenos días!

27.10.2014

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Nada como volver a casa en barco.
Palpando unas calles que llevan ahí cientos de años.
Esquivando islotes de dos patas con la bandera de Dinamarca.
Murmurando palabras de nadie que se te han quedado en la garganta.
Destilando el fruto de las decisiones tomadas.
Saboreando alguna almendra dulce y alguna amarga.
Encontrando tantos baches como pisadas. Dudando de tu propia fe de erratas.

Nada como dejarte arrastrar en plena tormenta por una cubierta que resbala, aunque la noche sea temprana y soleada.

Hay algo de tu propia esencia que se te escapa, como el rastro del sabor de otro cuerpo que se te quedara en la boca, sin saberte a nada.

Siempre te habías creído David guardando una piedra bajo la manga, pero el sonido de una falsa alarma te convierte en Goliat recibiendo la pedrada. Que no duele, pero resquebraja la coraza.

Podrías ser tú la que habla, en lugar de la que siempre se lo guarda, pero eliges ser corcho, que tiene más fácil la jugada: mantiene al genio encerrado en la botella y, además, flota sobre el oleaje de estas calles adoquinadas.

Por eso algunos días es imprescindible volver a casa en barco; por si a la vuelta de aquella esquina ya no quedara nada.

Hoy no. Hoy empieza una nueva semana. Buenos días…

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¿Y si resulta que la ventana está cerrada? Si detrás de ella no hay nada… Un muro de piedra que bloquea las miradas o unos barrotes contra los que se estrellan las palabras?

 

Para James Stewart era fácil -aún con su pierna escayolada- descubrir misterios desde su atalaya; pero algunos días me levanto con los humos revueltos y me da por pensar que, según para qué, no es que entonces corrieran otros vientos, si no que aquellos eran los buenos tiempos. Cuando aún había muchas cosas por estrenar. Y que han pasado ya. Como si hoy no hubiera ya nada que inventar, misterio alguno por descubrir o palabras nuevas que decir. Como si hubiésemos gastado todas las novedades de este planeta y no quedara más que seguir dando tumbos por el mundo, porque ya no quedan historias nuevas y, si quedaran, las palabras son demasiado viejas para contarlas. Y no me engaño: el esperanto es ese idioma del que ya nadie espera nada.

 

Alguna noche tengo zarzas entre las sábanas y, en cada vuelta en la cama, acabo arañada. Son ramas secas que estropean las ganas. El pelo aparece enmarañado y revuelto y revuelve algo más adentro. La sopa de letras a la que sólo le pido esos días que no acabe en crucigrama.

 

Buenos días de esos.

07.10.2014

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Pues por muy bien que lo cantara la Torroja, si entre mi suelo y mi cielo hay algo con tendencia a quedarse calvo es porque…

 

me cuesta tanto…

…callarme.

 

Lo de ‘olvidarte’ me parece una tontería que no es imprescindible y que, en cualquier caso, puede venirte dado con la edad a poco que te toque una demencia senil o el otro cabrón alemán.

 

Lo que es un auténtico hueso es callar. Callar a tiempo. Callar cuando el verbo lo destila la rabia. ‘Morderse la lengua, dicen’. Yo me la podría desollar y, aún así, hablar. Cuando estoy cabreada es lo que el cuerpo me pide ¡y  la naturaleza es sabia! No se lo puedo negar (bueno, excepto cuando me pide un plato de patatas con chistorra a las tres de la mañana, la verdad). La musa de la ironía no deja espacio en mi cabeza para nadie más; y mucho menos para la del silencio, que es tan sutil y delicada, tan… callada.

 

Y aunque admire el temple de aquellos que son capaces de aguardar el postre helado de la venganza y guardarse para ese momento sus palabras, no logro imitarlos y, cuanto más me hierve la sangre, menos controlo el caudaloso río de los truenos que me atraviesa la garganta.

 

Así es que si alguno padece de trompa de Eustaquio sensiblera o delicada, le aconsejo tome la opción sensata -no invocar al demonio de la ira- o la práctica -tapones para oídos o dejar la dichosa trompa letárgica-

 

Buenos días de martes con postdata (Ayer, callé. Ahí es nada).

14.05.2014

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De esto que lees en alguna revista de curiosidades que la lechuga es mala para cenar porque da insomnio y piensas que mala no tiene por qué ser, sólo hay que saber cuando usarla: cuando vas conduciendo y no debes dormirte, cuando debes dormir pero no quieres… porque el final del libro está apasionante, porque esa película la has intentando ver tantas veces que ya parece una serie, porque estás acurrucada entre unos brazos que esperan que hables… pero tú te duermes.

Aunque en tu caso, casi siempre, los sueños requieren que estés despierta, que seas tú quien los orqueste, Morfeo te vence. Te dejas caer por la suave pendiente de placer que supone rendirte a él… los parpadeos cada vez son más laaaargos, más leeeentos, más infrecuentes.

Curiosamente, tu lengua tarda más en desfallecer que el órgano que la controla, así es que por un brevísimo espacio de tiempo, dice lo que ella quiere: palabras enredadas en el paladar, palabras que se han dado de bruces contra los dientes, palabras abandonadas de otras conversaciones… Por eso es importante alimentarse bien y decir todo lo que uno quiere; no dejar palabras sin usar, no siendo que en una de esas que cenas tomate se te escape un verbo que no debe.

 

Viernes para los madrileños afortunados que hacemos puente, miércoles para el resto. Buenos días y, si son de poca lechuga, buen descanso tengan ustedes.