pan

06.03.2015

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Ya llega la primavera

No lo sé porque note mi sangre alterada ni porque los almendros empiecen a pasar del blanco al verde. La señal más evidente -al margen del consabido anticipo que nos hacen los grandes almacenes- es que la alegría viene de la mano de su anagrama: la alergia. Los picores se empiezan a esconder por entre mis cuerdas vocales recordándome que el polen no solo es esa sustancia que hace nacer las flores.

Pero no voy a presumir de cínica, el cambio de estación también me hace vibrar otras cuerdas: antes de ayer sufrí un deseo incontrolable de sacar a pasear al perro. Hasta que me di cuenta de que yo perro no tengo… pero no me dejé arredrar por eso: me armé de chaqueta deportiva, zapatillas, braga polar y miguitas de pan y me bajé al río a pasear, a ver si se me acercaban las palomas y podía poner alguna estofada para cenar (nada; las muy espabiladas se las saben todas y casi me estofan a mi).

El caso es que estas tardes que tengo tiempo -y el tiempo empieza a virar a mejor- he decidido practicar el deporte tradicional de los ancianos -me refiero a pasear, no a mirar obras- porque, la verdad, dejar ir los pies con el rumbo sin acabar de trazar me encanta. Especialmente cuando además puedes llevar música en las orejas, ideas en la cabeza y tienes un salvoconducto vulgarmente conocido como teléfono móvil y otro en forma de abono transporte por si los pies se te van de más.

Sí. La pátina de cinismo se resquebraja cuando sigues encandilada por tu propia ciudad, cuando caminas con paso musical al son de lo que escuchas, cuando levantas la vista para apreciar una balconada y en ese instante encienden la iluminación de la fachada. He de reconocer que la sonrisa que me baila en la cara es de lo más primaveral.

Viernes. Feliz fin de semana. Y buenos días!!

21.07.2014

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Capitulo 1. El problema

Vais a pensar que tengo una imaginación desmesurada y me lo invento, pero es real: el jueves pasado acabé en el hospital. La noche anterior había cenado un vaso de gazpacho y un trozo de queso con pan y algo se me había quedado clavado en la garganta.

Era cosa rara porque nada tenía espinas, pero me producía una molestia difícil de ignorar; así es que me apliqué los primeros auxilios caseros que el Dr. Google y la sabiduría popular mandaban: tragué unas buenas bolas de miga de pan, agua, más queso, más pan, más agua y hasta una magdalena por si la miga con azúcar ayudaba, pero nada.

Visto que la molestia no se iba hacia abajo, intenté por todos los medios expulsarla hacia arriba, metiendo hasta tres dedos en la garganta, un palito de madera, unas pinzas y el rabo de una cuchara larga. Pero aquello tampoco funcionaba. Solo logré varias arcadas y, al final, acabar vomitando todo lo que había ingerido como palanca.

Así las cosas y siendo ya casi las dos de la madrugada, decidí irme a la cama, para ver si la técnica del sueño y el descanso me funcionaba. Nada. Me levanté igual, con la estaca clavada. Pero como para mi trabajo generalmente no utilizo esa zona baja de la amígdala lingual, me daba apuro faltar y allí estuve levantando la parte del país que me tocaba aún cuando la garganta me estaba matando. Sin embargo, al final de la jornada, se impuso el implacable sentido común de mi compañera que me llevó al dichoso hospital…

Pero es lunes, estamos empezando una nueva semana y parece que esto se alarga. Mañana os cuento lo demás. Buenos días!!