piedra

09.12.2016

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La primera vez que vi un parque de aventuras en los árboles no sabía siquiera que eso existiera.

Fue en la provincia de Burgos, hace unos cuantos años ya; veníamos Don Fernando Rubio y yo de subir (y bajar) el pico Urbión y nos metimos en un complejo de ocio campestre llamado ‘Revenga’ en Quintanar de la Sierra. Al aparcar, empezamos a leer carteles en forma de flecha que rezaban “De pino a pino 200 metros” y no entendíamos nada, porque la distancia de un árbol a otro en aquel pinar no era en absoluto esa, así es que, intrigados, seguimos las flechas… Al final descubrimos que ‘De pino a pino’ era el nombre de un espacio de ocio forestal en el que -por el módico precio de un billete de 20- te subías, arnés mediante, a los pinos a hacer el cabra.

Desde entonces he andado con las ganas de encaramarme a un árbol a pasar por tronquitos de madera, barriletes, lianas y cuerdas, pero la ocasión no se había terciado… hasta el lunes pasado. Aprovechando el puente, el tiempo de ocio y la compañía de mi hermana, nos escapamos al Aventura Amazonia: un primo hermano del de los pinos, pero en la provincia de Málaga.

Si he de decir verdad, yo iba ilusionada pero algo de canguelo en el cuerpo también llevaba. Que una cosa es decir ¡venga! ¡me cuelgo de una liana! y otra muy distinta es verte suspendida entre ardillas y piñas y no acordarte de la madre que parió a Chita.

Lo peor es que razón a mi miedo no le faltaba: la aventura en cuestión consiste en pasarlas canutas. Trepas por un rocódromo interminable para ganar altura y ya desde ahí poder cruzar por troncos móviles que no hay quien los controle a menos que te espatarres, puentes con menos cables que la línea WiFi, sogas traidoras con las que no sabes si saltar o ahorcarte, trapecios aptos para entrenamientos circenses y diabluras varias en las que los elementos comunes son la madera, las cuerdas y la inestabilidad más absoluta!! No os digo más que el mayor descanso eran las tirolinas ¡!

Y lo más grande es que por todo ese cúmulo de tensiones pagas!! Que es verdad que es una aventura y que mola la experiencia pero ¿divertida? Pues yo no oí a nadie que se descojonara… Será que ya hace tiempo que no me bajo un barranco o me meto en una cueva, pero las batallas en la naturaleza me parecen más graciosas cuando son naturales que cuando te las fabrican. Dicho lo cual, no descarto meterme en otro fregado semejante en cuanto se me olvide que las agujetas me embargan de tal manera que me están doliendo hasta las pestañas.

Cosa de seres humanos, tropezones y piedras… como tantas otras.

Miércoles con aroma a lunes. Buenos días y buenas vueltas.

05.02.2015

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La Fórmula de la Felicidad. Día 4

Los jueves siempre han sido unos buenos días en mi calendario. Algo así como los previos del fin de semana, lo que le son los cuartos a las campanadas. Aunque también me encantan los viernes y por supuesto los miércoles… No anote nada de eso, agente, que voy a parecer un inconsciente!

Bueno, el caso es que a pesar del ambiente frío, yo estaba de un humor excelente y quería salir a compartir tan habitual acontecimiento, que no soy de los que olvidan disfrutar con algarabía el día a día. ¿A dónde? Pues de bares, ya sabe, esos lugares dónde el que no está alegre es porque no quiere (o porque teme las consecuencias que eso le traiga al día siguiente).

Apenas encontré gente en los sitios de siempre -cosa rara, ya ve usted- pero no me preocupé, que por esos lares no echamos cuentas de las ausencias de nadie, así como ignoramos sus faltas también.

Por lo visto todo el mundo andaba haciendo cola en las farmacias. Todos querían comprar un vial del invento ese, la última panacea, la pura felicidad embotellada. No me dirá que no tiene gracia, pensar que la felicidad puede beberse o siquiera fabricarse. Cualquier abuela les hubiera dicho que la felicidad, como el amor, ni se compra ni se vende.

Pero allá ellos, pensé. Dudoso destino tiene aquel que hace de lo bueno un ejercicio y no una piedra en su camino en la que poder tropezarse. Esto sí, haga el favor, esto anótelo usted.

27.10.2014

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Nada como volver a casa en barco.
Palpando unas calles que llevan ahí cientos de años.
Esquivando islotes de dos patas con la bandera de Dinamarca.
Murmurando palabras de nadie que se te han quedado en la garganta.
Destilando el fruto de las decisiones tomadas.
Saboreando alguna almendra dulce y alguna amarga.
Encontrando tantos baches como pisadas. Dudando de tu propia fe de erratas.

Nada como dejarte arrastrar en plena tormenta por una cubierta que resbala, aunque la noche sea temprana y soleada.

Hay algo de tu propia esencia que se te escapa, como el rastro del sabor de otro cuerpo que se te quedara en la boca, sin saberte a nada.

Siempre te habías creído David guardando una piedra bajo la manga, pero el sonido de una falsa alarma te convierte en Goliat recibiendo la pedrada. Que no duele, pero resquebraja la coraza.

Podrías ser tú la que habla, en lugar de la que siempre se lo guarda, pero eliges ser corcho, que tiene más fácil la jugada: mantiene al genio encerrado en la botella y, además, flota sobre el oleaje de estas calles adoquinadas.

Por eso algunos días es imprescindible volver a casa en barco; por si a la vuelta de aquella esquina ya no quedara nada.

Hoy no. Hoy empieza una nueva semana. Buenos días…

30.05.2014

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Da igual cuantas veces nos pongan delante la misma puñetera piedra; siempre podemos volver a caer. El escarmiento es, por lo visto, flor de un solo día: se marchita en cuanto se enfría.

Y nosotros -muy ofendidos porque de tanto tropezón nos duele el pie- volcamos nuestra ira contra la piedra, como si ella pudiera elegir su manera de ser… ¡Noooo! La piedra, piedra es. No es inteligente, carece de empatía y probablemente no conoce la mala fe. Se cree compleja pero no llega ni a simple: es su naturaleza rocosa quien la empuja a hacernos caer. Culpa nuestra es confiar en ella y no levantar más el pie.

Esquívala, me dicen algunas… pues podría ser. Pero yo no sé andar con miedo a errar y, si no me implico con mis baches, ¿con cuál?

Puntera de acero en las botas, me recomiendan otras… podría ser también. Pero ¡que pena! la vida de un canto rodado no debe ser buena.

Al final, el golpe se lo lleva tanto la piedra como quien se lo da. Y es el tiempo el que tiene fama de poner a cada uno en su lugar: erosiona la roca, la reduce a polvo, le lima las aristas… y a nosotras nos hace más listas.

Y así, entre chinitas y pedruscos, la vida va pasando. Quién sabe si en ese sendero, una misma no acabará rodando… Viernes. Espero que esta mañana encontréis despejado el camino del fin de semana. Buenos días!!