piscina

13.01.2016

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No quisiera sonar como un ‘personal trainer’ de esos que están de moda pero, lo bueno y verdad, es que no hay nada para mejorar como entrenar.

Es cierto que cada uno contamos con unas aptitudes destacadas de partida (véase el asombroso caso de Rey –chatarrera- Skywalker y su dominio natural de la fuerza, que debe tener los midiclorianos más amaestrados que los gitanos antaño la cabra), pero es la práctica continuada lo que marca la diferencia… Por ejemplo, desvestirse. Tú estás en tus dominios con tu armario, tu baño y tu ropa ‘de estar en casa’ a mano y, 3 segundos después de entrar por la puerta, ya pareces una indigente de libro. En la piscina pasa igual: cuando llevas muchas semanas de rodaje, sólo con oler el cloro te enfundas bañador, gafas y gorro en un solo gesto. Tris-tras. Sin pensarlo. Perfecto.

El problema viene cuando hay un parón en esas rutinas; vacaciones, por ejemplo. Ahí es cuando te pones medio tonto y todo el organigrama que tu cuerpo tenía asimilado se diluye en un alelamiento de proporciones épicas que deja tu imagen a la altura exacta de Forrest Gump pero sin los millones, sin saludar presidentes ni ir a Vietnam. Llegas a nadar y no das una: te olvidas el gorro, los tapones no los encuentras y te cuesta tanto hilvanar las piezas de tu mochila que acabas felicitando el año a tus compañeras con la camiseta puesta, el culo al aire y sin saber si la tira rosa del bañador va para adelante o para atrás ¡¡!!

Pero no sólo en las actividades acuáticas se producen estas disonancias cognitivas: llego al metro y no sé por dónde tirar, intento abrir la puerta de casa con el abono transporte, no soy capaz de repetir el nombre del presidente de la Generalitat y no tengo claro qué cantidad de café le echaba a la cafetera… Lo que os decía, que tengo que entrenar mis rutinas, a riesgo de que mi compañera pida la bonificación en Seguros Sociales con la que habitualmente me amenaza!

Miércoles. Bienvenidos a este circo y buenos días!!

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23.01.2015

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Pues parece que por fin termina esta semana y no sé si alzar el puño de la victoria, suspirar de alivio o abrir la ventana y saltar (pero con este frío igual me hago carámbano en la caída y no es plan).

En estos días pasados he sido atacada por la enfermedad: los mocos, el malestar, los oídos, fuertes mareos, una contractura… afortunadamente de los dedos meñiques estoy fenomenal. Tengo la sensación de que mi cuerpo ha intentado ponerse malo de distintas maneras -por puro vicio de molestar- pero no le he dejado salirse con la suya. Entre la piscina, las pastillas y la indiferencia he ganado la batalla.

Es cosa de prescindir de las partes dañadas: que siento ruidos, pues paso de escuchar; que me mareo, me agarro a la barandilla para no rodar por la escalera; que la contractura no me deja dormir, pues me pongo a soñar; que el faro de la bahía tiene la bombilla fundida, dejo el barco y me dedico a trepar por las rocas de la orilla ¡y ya está! Lo de siempre: guardar la proporción entre el problema y el remedio a aplicar…

Pero sí que es cierto que tanto frente abierto me deja el ejército con pocos vélites por hilera y se apoderan de mi algunas tormentas. He acabado, por ejemplo, presa de varias adicciones: al telediario, al Candy Crush Soda, a las acelgas, a una barra de cacao que huele a rancia y a alguna fantasía auto-elaborada que me reconforta.

Sólo espero que el gin de semana haga conmigo lo mismo que el temporal: darme una tregua, que todavía queda enero por delante y ya se sabe que está en cuesta. Buenos días!!

16.12.2014

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Otra cosa que no le perdono ni a mis padres, ni a mis abuelos, ni a la época en que me tocó ser niña es, sin lugar a dudas, la puñetera “digestión”.

 

Aunque la llegada del verano era (y sigue siendo) para mí un acontecimiento maravilloso, venía siempre acompañada de la peor de las amenazas fantasma: el corte de digestión. Los días cálidos traían las vacaciones, los baños, los helados, los juegos en la calle, la libertad en forma de playa y de pueblo… todo lo que necesitábamos los niños para vivir en el paraíso pero también, acechando desde las sombras de la calurosa hora de la siesta, el peor de los castigos: tener que guardar un mínimo de dos horas sin catar charco. No había manera de convencer a los adultos: ni me meto despacito, ni me meto rápido, ni más cuento que me invento. Reposo obligado de secano porque si no, te llevaba el peor de los cocos: se te cortaba la puñetera digestión. Y así la primera hora de la tarde se convertía en un infierno; los mayores dormían la siesta, veían el tour o charlaban un rato; pero para los niños la vida se nos iba en mirar aburridos las manillas del reloj, que se movían particularmente despacio…

 

Lo cojonudo es que ahora ese suplicio parece haber desaparecido! Mis hermanas (que son de estos tiempos modernos), ni han oído hablar de semejante posibilidad; se bañan sin miramiento cuando les parece oportuno y, por supuesto, nunca han sufrido corte alguno. Es más, el único que yo he tenido en mi vida fue por beber agua fría, no por meterme dentro.

 

Y con lo que me ha gustado siempre el agua y la cantidad de horas de ella que me he perdido… Es para tener un trauma o no?

Martes y van dos. Buenos días!

25.09.2014

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Dice la cultura popular que el cuerpo de la mujer cambia con el paso de los años: que se pierde tonicidad, se ensancha la cintura y que el pecho y las posaderas comienzan a hacer demostraciones gratuitas de la ley de gravedad… y no digo que mientan, pues suele pasar que -en hombres y mujeres- la flacidez aumenta con la edad; pero a mi se me están produciendo algunos efectos secundarios que no figuran en ningún manual: me han encogido los pies (me di cuenta porque no parece probable que me crezcan todos los zapatos a la vez) y ahora me ha mermado la cabeza.

 

Si tengo que decir la verdad, por mucho que me llamen cabezona, mi perímetro craneal nunca ha sido gran cosa; los sombreros y gorras que vienen sin tallaje (la mayoría), me bailan y corro riesgo de quedarme sin ellos a poco que sople el aire; pero es que ahora con los gorros de nadar -que ya son humillantes de por sí- tengo un problemón: todos se me escapan! Odio los de silicona porque me enganchan esos pelillos de la nuca que en mi casa llamamos ‘los pelos del coraje’ (¿Por qué? Ni idea. Supongo que porque te da rabia cuando se te enganchan ¡!) y me suelo comprar unos que son medio tela medio goma, que antes me iban fenomenal. Bueno, pues ahora ya no me sirven; si me los encajo del todo me tapan los ojos y si dejo el sobrante a la altura del moño, la goma no me sujeta. De tal manera que cuando me meto en el agua, el puñetero gorro sale disparado a la misma velocidad que yo, pero en dirección contraria…

 

El otro día, consciente del problema y en un alarde de asumir la merma de mi testa, decidí probarme uno de niño a ver que tal… Fatal. No me cabe la melena y el efecto estético es demencial, así es que me estoy empezando a desesperar. Sólo me queda pasarme a la gelatina de pescado, como las de sincronizada (salvando las distancias) o hacer como algunos chicos: raparme la cabeza para evitar el gorro y dejar libre el pelo en pecho, para el que necesitarían un neopreno completo!

 

Jueves. Buenos días!!

04.07.2014

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Pues aunque no lo parezca, el verano ya ha llegado y hay que celebrarlo. Así es que estrenamos sección; ‘Viernes de verano’, con el gato campando por distintos escenarios…

Verano 040714

10.10.2013

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Creo que ya he mencionado algún día que este año disfruto de las directrices de una nueva sargento camuflada de monitora de natación, de esas que esconden, tras su cara sonriente y su aspecto afable, un extenso conocimiento de los más refinados métodos de tortura al alumnado (de ahí que yo sospeche que posea formación paramilitar profesional o que vea a diario El Sargento de Hierro). Porque yo no voy a nadar los martes y jueves, no. Ahora lo sé; voy a hacer instrucción. ¡!

Pirámides imposibles, ausencia de instantes de recuperación, intercalado de fuera-pistas corriendo con el agua por la rodilla… El otro día, a medio martirio, las piernas comenzaron a temblequearme (no preocuparse, a los tres días se me pasó), vi caer en una esquina, llorando, a un compañero y, cuando salí, me di cuenta de que la sandalia izquierda se me salía, que casi me caigo de camino a casa… Vamos, que el pie me encogió (porque no creo que el zapato haya crecido en ese rato). Total que cada vez que salgo viva de la clase, me apetece celebrarlo; pero como fumar es imposible hasta 5 horas después y no tengo fuerzas para sujetar una copa, lo acabo celebrando semi-desmembrada en el sofá, que no es tan mal plan.

10 de octubre. Día Mundial de la Salud Mental y Nuestra Señora del los Remedios. Para conservar la primera no me queda más de la segunda que dejarme torturar: nadar y nadar. Buenos días…

20.09.2013

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Ayer sufrí una tarde de inesperado e indeseado cambio de planes. Esperaba sudar la gota gorda con mi nueva monitora/sargento de natación y acabé sumergida en el in/cómodo sillón de mi dentista. Pero es que las muelas mandan y, cuando un nervio te declara la guerra no hay nada que hacer, salvo ingerir 4 litros de agua fría que era lo único que me calmaba el dolor y zamparse un diazepan como alternativa a saltar por la ventana…

El caso es que la ingesta de tanto paliativo al final, confieso, hizo mella en mí y acabé con un efecto secundario digno de estudio: cada vez que cerraba los ojos, se me aparecía el Dr. Spock ¡¡¡A mí, que nunca he sido trekkie!!! Afortunadamente hoy el dolor y la tripulación de Star Trek son historia; aparentemente la única secuela es el cuadrante superior derecho de la boca algo sensible y que, en lugar de decir ‘dependienta’, digo ‘amapola’. Si la cosa no va a más, me doy por conforme; siempre hay casos peores: he comprobado que hay gente que llega a perder el sentido del humor por mucho menos…

Viernes y San Andrew Kim Taegon (en serio). Ya no hay huevos de dar los buenos días, así es que buenas tardes y feliz fin de semana…