regateo

04.06.2014

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Cuando no vas habitualmente, una excursión a un mercadillo se te antoja una experiencia emocionante. Un dulce paseo mecida por la brisa mientras curioseas sonriente en los puestos de bolsos, olfateas en los de especias, acaricias el aterciopelado tacto de un melocotón en los de frutas… Una delicia para los sentidos, crees tú, con el acicate de volver a casa con alguna falda indie que cause sensación o una gargantilla africana auténtica adquirida a precio de ganga.

Con esos pajaritos en la cabeza te plantas en plena solana de las doce del medio día en el dichoso mercadillo rodeada de furgonetas y tenderetes bamboleantes y asediada por una caterva de guiris curiosos cuyo firme propósito para estas vacaciones en el sur de España es que tú en concreto no puedas acercarte a meter las narices en ningún puesto.

Y la verdad es que, aunque podrías cabrearte por ello, cuando llegas a la primera línea de fuego te das cuenta de que quizás te estaban protegiendo; porque las especias no hay quien las cate, sólo te llega la peste a cerdo del cuero, los melocotones son tomates y para tocarlos tienes que comprarte tres kilos y medio, la falda indie son polos Lacoste de imitación que tienen en todos los puestos y la gargantilla africana te la vende una señora de etnia gitana vociferando que lo suyo es muuu bueno.

Al final, te vuelves a casa con un pañuelo y la incómoda sensación de que -aunque te pedían 15 y has pagado 10- te han timado como al pardillo que eres y que los mercadillos sólo le van bien a los profesionales del regateo… a la próxima mando a Ronaldo!

 

Miércoles de sol; dicho de otra manera: se calienta la X. Buenos días!!