relaciones

24.06.2015

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El hombre era nómada.

 

Antes. Al principio. Cuando la historia aún no existía porque no se escribía.

 

Nuestra especie nació haciendo suyo el poema de Machado y al andar no sólo hicieron caminos si no calzadas, carreteras y autovías que les acabaron llevando hasta el hogar.

 

Pero por más que uno firme una hipoteca y saque cada mañana su calcetín del mismo cajón, algo del gen errante de nuestros antepasados anida en cada paso que damos.

 

Somos nómadas de un destino que acaba por ser siempre incierto, que está en constante movimiento. Nómadas en nuestras relaciones, que fluctúan, que se desplazan con las mareas y que unas veces te acercan hasta rozarte y otras te alejan. Nómadas en nuestra profesión, donde hoy es un suicidio quedarte anclado. Somos perpetuos viajeros en fines de semana y fiestas de no guardar nada, vagabundos en nuestra ciudad buscando el mejor rincón para quedar, titiriteros del último grito, saltimbanquis de las modas. Y si no somos nómadas de conciencia es porque ejercemos el principio de coherencia.

 

Somos nómadas hasta en la cama. Recorriendo caminos que no aparecen el las sábanas. Haciendo kilómetros en estática, cuando el movimiento busca un destino en la química y no en el mapa. Muchos somos nómadas de la espalda a la que quedar pegada, o de la mano que por ella sube y baja…

 

Es cierto que dejamos los caminos para criar animales de granja, pero hoy no hay nadie sedentario; excepto, quizás, esas vacas.

 

Miércoles. Ojalá nuestros caminos de nómadas encuentren la manera de cruzarse, aunque sea en ‘los bajos fondos de la inmensidad’. Buenos días!

13.04.2015

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Eso que hemos hablado algunas veces aquí de no lograr ser rencorosa por la incapacidad manifiesta de recordar lo mal que te sentó una cosa, tiene una contrapartida negativa en la que, hasta ahora, no había caído: eres permanentemente vulnerable a la decepción.

Lo normal sería que una persona pudiera decepcionante una sola vez; a lo sumo dos. Pero cuando añades el componente mala memoria selectiva, por mucho que alguien querido te haga un daño, siempre vuelves a partir de cero. Siempre dejas el corazón al descubierto y ¡zasca! siempre puedes volver a llevarte un coscorrón.

Por eso cuando este fin de semana me han dado un cachiporrazo (metafórico) en los morros que ya me habían atizado antes, el primer instinto ha sido dramático, iracundo y escandaloso pero, mediando el tiempo reglamentario para que me dejara de hervir la sangre, me di cuenta que se me venía a los labios el poso de un recuerdo… Esto ya me ha pasado antes (pensé yo). Y tras pasar por mi cabeza una tira de viñetas estilo Capitán Trueno (¡La venganza será terrible! y todo eso), me dije ¡qué coño! Esto ya lo he vivido y -lo que es más importante- ya lo he sobrevivido… No es para tanto!!

Y así, a base de tropezones y sangre que se coagula y se disuelve, esa lección la voy aprendiendo: que los amigos -aunque nos pese- son un complemento circunstancial y que aunque el cariño y los buenos momentos compartidos los atesores, cuando las circunstancias son cambiantes, cambian las relaciones. Así las cosas, no tiene sentido pegarse ni apenarse por quien decide voluntariamente el desapego. C’est la vie! Por suerte, salvando ese puente, el rencor tampoco procede…

Lunes. Buenos días!