relatividad

06.07.2015

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Me da un pelín por el envés la gente que presume de su juventud, de los pocos años que tiene. Quizá no es presumir la palabra, pero ya sabéis a qué me refiero; esos que, en una conversación X te sueltan un “claro, es que yo soy más joven” (o algo similar) con una sonrisa de  autosuficiencia y una cuadratura del hombro en ligera alzada.

Pues muy bien, chaval.
¿¿¿Y???

¿Dónde está el mérito del que te vanaglorias? ¿Te ha costado mucho esfuerzo nacer 5 años después? ¿Estamos tontos? La edad -así como la estatura, el color de los ojos o el tamaño de… las orejas, por decir algo- nos viene dado, firmado, sellado y cerrado desde fuera, por causas exógenas a nuestra conducta o nuestros actos, ergo no veo justificado alardear de ello.

Cosa distinta es la gente que teniendo muchos años se esfuerza por mantenerse joven en su aspecto o, especialmente, en su mente; ahí sí que hay una actitud encomiable. Aunque estos suelen ser los que no presumen de ello.

Y están también los otros. Me encuentro muchos que toman exactamente el camino contrario; esos que -da igual la edad que tengan- son viejos tempranos que siempre te están recordando que “ya no somos unos críos” o las cosas que hacían antes… y que en muchos casos podrían seguir haciendo, pero a los que sus barreras auto impuestas se lo impiden.

Será que la edad es realmente una cosa extraña pues, a pesar de ser una ciencia exacta, no puede ser más relativa.

Es lunes. De cuántos años podéis presumir esta mañana? Buenos días!!

24.03.2014

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Vaya por delante que con Einstein no voy a discutir; pero al pasar de los tiempos, he desarrollado mi propia teoría de la relatividad que engloba muchos campos y que ya hemos tocado aquí en alguna ocasión. Hoy vuelvo a ella pero sólo en su vertiente cromática, esto es, los colores son relativos. No la percepción que tenemos de ellos, que también (el famoso chiste de la gama de colores que percibe el hombre y los que percibe la mujer) si no lo que éstos suponen en el estado de las cosas.

Me explico, el mismo rojo que hace apetecible un tomate, es mal asunto en una herida, el gris que parece elegante en un traje, es odioso cuando aparece en las raíces del pelo… Pues con el verde pasa exactamente lo mismo: con lo bonitos que son los prados verdes, los arboles verdes, los plátanos verdes y los ojos verdes, qué horroroso resulta el cemento verde (y los viejos verdes, pero de esos hoy no hablamos) ¡Por Dios! Y no hay manera; el patio de mi casa, además de particular, es verde. El cemento del suelo, a poco que caen cuatro gotas, se tiñe de esa subespecie entre el moho y el liquen que en mi familia llamamos ‘verdín’. Y, si sólo fuera una cuestión de color, quizá iría a alguna terapia que me convenciera de que los patios verdes son la bomba, pero es que el muy puñetero, además, resbala.

Desgraciadamente, combatir contra un color que resbala no es tan fácil: es inmune al cepillo de barrer y la mayoría de productos no pueden con él. Sólo consigues vencerlo con los 110 bares de presión de una kärcher; pero pasarla centímetro a centímetro sobre 140 metros cuadrados tiene sus consecuencias (similares a las del uso continuado de un martillo neumático). Así es que si hoy os digo que siento vibraciones extrañas, no penséis en energías telúricas ni fantasmas; es que -literalmente- yo vibro de forma extraña.

Lunes. Bu-bu-e-e-e-nos d-días!!¡!!

14.11.2013

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Que el tiempo es un parámetro relativo es algo de lo que ya hemos hablado: no pasa a la misma velocidad cuando te diviertes que cuando estás trabajando; cuando te están dando un masaje que cuando estás esperando al autobús, cuando el baño está ocupado que cuando eres tú quién lo ocupa… esas cosas.

Lo que es menos evidente pero igual de cierto es que la fuerza de gravedad también es relativa. Que por mucho que la física se empeñe en afirmar que en nuestro planeta, la aceleración originada por la gravedad es casi constante a razón aproximada de 9.81 m/s2, yo no estoy en absoluto de acuerdo. No ya porque note mi peso un 0,2% más ligero en la cima del Everest -que no sabría deciros- si no porque hay días que la gravedad apenas opera en mí y, según salgo de la cama, doy un triple mortal, reboto en el halógeno y caigo de pié como un gato frente a la cafetera y otros que cada vez que levanto el pié del suelo, me da tiempo a escuchar la banda sonora completa de Carros de Fuego hasta que lo vuelvo a apoyar. Esta mañana, por ejemplo, he llegado a la oficina reptando porque entre la gravedad y la bolsa de deporte, mi masa tenía una sospechosa tendencia al suelo…

Así es que nadie intente convencerme con formulaciones matemáticas porque, mientras no haya un teorema de nuestras propias percepciones, las leyes de la física me parecen tan flexibles como la tripa de Jorge (la que se estira y se encoge) ¡!

Jueves. Buenos días!