rencor

13.04.2015

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Eso que hemos hablado algunas veces aquí de no lograr ser rencorosa por la incapacidad manifiesta de recordar lo mal que te sentó una cosa, tiene una contrapartida negativa en la que, hasta ahora, no había caído: eres permanentemente vulnerable a la decepción.

Lo normal sería que una persona pudiera decepcionante una sola vez; a lo sumo dos. Pero cuando añades el componente mala memoria selectiva, por mucho que alguien querido te haga un daño, siempre vuelves a partir de cero. Siempre dejas el corazón al descubierto y ¡zasca! siempre puedes volver a llevarte un coscorrón.

Por eso cuando este fin de semana me han dado un cachiporrazo (metafórico) en los morros que ya me habían atizado antes, el primer instinto ha sido dramático, iracundo y escandaloso pero, mediando el tiempo reglamentario para que me dejara de hervir la sangre, me di cuenta que se me venía a los labios el poso de un recuerdo… Esto ya me ha pasado antes (pensé yo). Y tras pasar por mi cabeza una tira de viñetas estilo Capitán Trueno (¡La venganza será terrible! y todo eso), me dije ¡qué coño! Esto ya lo he vivido y -lo que es más importante- ya lo he sobrevivido… No es para tanto!!

Y así, a base de tropezones y sangre que se coagula y se disuelve, esa lección la voy aprendiendo: que los amigos -aunque nos pese- son un complemento circunstancial y que aunque el cariño y los buenos momentos compartidos los atesores, cuando las circunstancias son cambiantes, cambian las relaciones. Así las cosas, no tiene sentido pegarse ni apenarse por quien decide voluntariamente el desapego. C’est la vie! Por suerte, salvando ese puente, el rencor tampoco procede…

Lunes. Buenos días!

07.01.2015

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C’est fini. Siete de enero y la rutina vuelve a la carga. Se acabaron las vacaciones: tenemos todo un año y mucho trabajo por delante, porque esto de los sentimientos exaltados en Navidad es un caso digno de estudiarse.

Se explicaría si todo el mundo profesara una profunda devoción cristiana que le empujara a sentir estos días como el máximo exponente de su fe; o si todos fuéramos adictos a los polvorones y nos diera tal subidón de azúcar que se nos derramara el dulce por los bordes. Pero me consta que ni lo uno ni lo otro es. Entonces ¿qué? Porque hasta el más cínico de los mortales nos alteramos con la visita anual del petardo de Papá Noel y la contemplación de árboles, luces y belenes… Hay a quién le conquista y a quién le reniega, pero pocos hay que se mantengan del todo indiferentes. Tal vez sea que de la Navidad no hay dónde esconderse…

En mi caso concreto lo que me produce es un colocón de amor al prójimo galopante que me lleva a guiar a invidentes por la calle y sonreír a todo el que me cruce (que tampoco me parece eso tan mal, la verdad). Lo que ya no me perdono a mí misma es la combinación de cariño universal + mala memoria en la que reincido cada año, que me lleva a enviar felicitaciones navideñas a quienes, sistemáticamente, no me las devuelve.

Pero eso se acabó. Sí. Ya se me han pasado los efectos alucinógenos de los leds de colores y el chute de turrón y he decidido tomar cartas en el asunto para futuras ocasiones. Este año voy a elaborar un lista (a la que denominaré muy sutilmente ‘lista de gilipollas’) con los que me han leído y no me han dicho ni ahí te pudras -que para algo inventó Dios los dos ticks azules- y la graparé a la hoja del calendario de diciembre de 2015 para no cometer el año que viene los mismos errores, que yo creo que esto del rencor para desmemoriados es cosa de organizarse.

Y si alguien tiene curiosidad por consultar su inclusión en tal memorando, no tiene más que preguntármelo, que si no la hago pública es sólo porque las leyes de privacidad les defienden. Aunque seguro que no van a enterarse, porque creo yo que esto no lo leen….

Ea. Bienvenido 2015. Y que whatsapp reparta suerte! Va, como siempre, por ustedes, por los que sí: Buenos días!!