Reyes Magos

09.01.2015

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Los Reyes Magos han sido especialmente buenos conmigo este año. Me han traído algo que llevaba mucho tiempo deseando: un cuenco tibetano.

Para los que aún no han tenido la suerte de disfrutarlo y me han preguntado si eso era un mortero u otro utensilio de cocina les cuento que -aunque se podría perfectamente machacar unos ajos dentro- en realidad es una suerte de instrumento musical, pero uno que emite un sonido muy especial.

Está fabricado con una aleación de siete metales que, los que saben de eso, relacionan con otros tantos planetas y chakras y cada uno tiene su afinación (el mío es un Mi). Como si de una campana invertida se tratase, puedes hacerlo sonar con un gong o hacerlo cantar por fricción. Y en este sonido es donde reside su magia: primero porque el cuenco tiene su carácter y canta sólo cuando le da la gana y, sobre todo, porque la vibración del metal produce una onda sonora, como un zumbido in crescendo que parece que partiera de lo más profundo de tu propio cuerpo; de ahí que se utilice para ayudar en la práctica de la meditación.

Y en este punto es donde cualquier mente avezada se pregunta para qué quiero yo (que no soy capaz de relajarme, no medito un pimiento y carezco de instrucción musical) un cacharro de esos… Pues porque sí, porque lo quiero. Porque ahora, cuando algo me toca los cojones yo toco mi cuenco y me consuelo. Porque me despierta un retumbar interior instintivo y poderoso que me atrapa y porque escuchar la armonía con el estómago no tiene precio. De hecho, creo que sólo hay otro sonido que consigue lo mismo: un cuerno gigante que oí una vez en el Circo del Sol. Pero ese no me cabe encima de la mesa del salón…

Viernes. Buenas vibraciones, felices resonancias y buenos días!

cuenco tibetano

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