suerte

09.10.2015

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En mi casa -que es bastante normal- pasan, de vez en cuando, cosas raras.

No raras como en la película esa de Guillermo del Toro que ahora anuncian; por suerte para mi integridad física y mental, yo no tengo ninguna cumbre escarlata; raras -digo- en el sentido de curiosas… Por ejemplo el día que limpiando los bajos de los muebles de la cocina me encontré dos botes de lentejas. Así sin etiquetar ni nada, lentejas medio cocidas y metidas en dos botes, escondidas tras un embellecedor. Supongo que se las dejarían los antiguos inquilinos pero no me negaréis que es cosa extraña. Con qué objeto uno oculta unas lentejas embotadas? Para atraer la suerte así, a la italiana??

Pero no hablaremos de pajas en ojos ajenos, teniendo buenas vigas en los propios. Que mi última gracia fortuita ha sido encarcelar un corazón. Terrible, no?

La cosa es que mi caldera (que para más INRI se llama ‘tronca’ porque los cachondos de las lentejas debían ser aficionados al Scartergories y despegaron las letras COINTRA para pegarlas con más guasa) antaño lucía una superficie blanca de lo más convencional que me resultaba un tanto aburrida, así es que un buen día le pegué una pizarra roja en forma de corazón que adquirí a un módico precio en una tienda de decoración. Hasta ahí vaya que vaya. Pero recientemente he tenido que modificar mi armario y colocar un cajón donde antes había una cesta, de tal manera que me he quedado con una bonita cesta IKEA de un metro por sesenta literalmente colgando de la caldera porque no he encontrado otro sitio donde ponerla. Y como mi Diógenes galopante me impide tirarla he acabado haciendo yo misma la gran gracia… Ahora convivo con una tronca de gran corazón encerrado sin premeditación! Curioso, no?

Pues eso. Que esperemos que se quede meramente en el anecdotario no alegórico! Viernes. Buenos días!!

 

Caldera corazón encarcelado

22.07.2015

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De la cantidad de cosas curiosas que pueden (y tienden) a pasarme, a veces el dado cae del lado bueno y otras justo de la otra parte. Y la historia de cómo me he cargado la fuente del mercadeo con los albañiles de mi edificio, es de estas últimas.

Por un cúmulo de motivos que ahora no vienen al caso, acabé un lunes a eso de las siete y media de la mañana haciendo top-less en mi casa esta vez, eso sí, a persiana cerrada. Hasta ahí nada escandaloso ni digno de comentar si no fuera porque un día laborable a esas horas una puede pasearse en cueros, pero no estar parada; así es que -cual abejita obrera- me puse a hacer el café, deshacer la maleta, poner la lavadora y colocar la cocina mientras ventilaba mis mamas… Hasta aquí tampoco es que haya nada demasiado reseñable, es cierto; pero ya se otea en el horizonte la tragedia…

Quiso el infausto destino que tuviera que poner en su sitio una cazuela que guardo en un estante alto, justo encima de la cafetera, en el preciso instante en que ésta expulsaba por abajo el café y por arriba vapor de agua. Y por si alguien lo dudaba, el vapor de agua quema. Es más, aplicado sobre la fina piel de un pecho, abrasa. Para más señas, te achicharra el pezón hasta hacerte una esplendida quemadura. Lo que viene a ser una herida del tamaño de una pastilla de amoxicilina de 1000 mg -gramo arriba, gramo abajo- que, cuando además no te curas en el momento porque llevas prisa por haber perdido el tiempo en gritar, forma una falsa costra que se levanta a la mínima para permitirte una intensa y completa observación estelar…

En resumen, que vi las puñeteras estrellas y que -como me paso el día a remojo- no se yo si ese pezón va a curar. De momento he encargado unas tarjetas ‘Doña Vanessa de Tetaquemada’ que no quedan mal y pienso ponerme en contacto con el municipio leonés de Vegaquemada a ver si lo del “Vega” se puede negociar, porque de betadine, gasas y cremitas estoy harta ya. Lo que más me preocupa ahora es -con estas pechónidas lesionadas- si vuelven los albañiles, ¿que les voy yo a enseñar?

Miércoles. La X nos ha salido gore… Vaya plan. Buenos días!!

22.06.2015

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La suerte tiene a veces curiosas maneras de hacerse notar. Para que te des cuenta de que la tienes, te prepara una jugarreta y acto seguido te salva y, así, acabas agradeciéndole su presencia hasta que el ciclo de las casualidades vuelve a empezar.

 

Con este ingenioso sistema, nos la ha colado dos veces este fin de semana. La primera desafiando las leyes de la mecánica y la segunda poniendo a prueba la agudeza visual.

 

Me explico: cuando uno deja un coche aparcado en una cuesta poco pronunciada, con el freno de mano echado y entra en el supermercado de enfrente a comprar, lo que menos se espera es que, a la salida, el coche te haya venido a la puerta a buscar. Es decir, que ignorando el freno de mano alzado, se haya deslizado suavemente y marcha atrás por el aparcamiento; pero no trazando una línea recta como sería de esperar, si no esquivando milagrosamente 5 coches aparcados detrás y 3 personas que cruzaban, para acabar parando con exquisita pericia allí donde no molestaba en el preciso momento en que su dueño salía por la puerta… Vamos, el acontecimiento está entre la buena suerte, la pura chorra y la temática de aquella serie de los 80 en la que el listo Kitt paseaba al chulo de David Hasselhoff (antes de aprobar las oposiciones para vigilante de la playa) mientras sonaba de fondo la inigualable banda sonora: ta-ta-ta-ra, ta-ta-ta-ra, ta-ta-ta-ra ra ra

Pero no se quedó el azar contento con esta exhibición de habilidad, que al día siguiente nos la vuelve a jugar (aunque de forma más convencional), perdiendo un billete de 20€ en un paseo campestre y volviéndolo a encontrar a vista de coche seis horas después enganchado –como los tres tristes tigres- en un trigal.

 

Lo que os decía: no hay suerte buena sin suerte mala y a veces sólo es el orden de los factores el que determina el producto final. Por ahora, me vale así como está.

 

Lunes. Que la fortuna os sea ordenada en la nueva semana! Y buenos días!

30.03.2015

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Siempre me he considerado una persona afortunada. Lo cierto es que jamás me ha tocado ni un duro a la lotería -yo creo que ni el reintegro-, mi suerte es de otro pelo. Es mi familia, tener un trabajo, hacer cosas que me gustan, disfrutar de buenos amigos… Que si me pongo a pedir tengo, por supuesto, una larga lista de deseos por cumplir, pero la fortuna tiende a mostrarme su cara más amable en muchos pequeños detalles y yo se lo agradezco.

Por ejemplo, tiende a enviarme ángeles guardianes cuando menos me lo espero: en la facultad me dejaban sobre la mesa apuntes fotocopiados sin pedir nada a cambio; en el trabajo me calman los humores malignos a cucharadas de paciencia y compañerismo; en mitad de la calle me los encuentro sonriéndome sin motivo para hacer más ameno el camino… Pero mi especialidad son los ángeles guardianes del sector hostelero.

Me ha sucedido ya varias veces: me adoptan los conserjes, los camareros me protegen, se preocupan por mí los porteros, los relaciones públicas se dejan usar de psicólogos y hasta una vez, hace tiempo, en lo más oscuro de las entretelas del corazón humano, me asistió de ángel guardián un señor dedicado a proporcionar a otros sustancias de esas con las que no se puede comerciar. Que aún en los malos negocios encuentras a veces buenas personas.

Desconozco si el motivo está en mí (que ofrezca un aspecto de persona adoptable, cosa que me extraña) o en ellos (que esos profesionales tengan más desarrollado el gen paternal) o será, simplemente, esa buena suerte que os decía me suele acompañar… Lunes. Buenos días!

25.03.2015

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En ese fifty-fifty de cabeza y corazón que tantos habitamos, he reconocido siempre tanto la ley de la causalidad como la de la casualidad. Que las segundas sean fruto de unas primeras que no conocemos? Pues quizá, pero ahí reside parte de su encanto…

 

Todos tenemos historias en las que un azar rocambolesco juega sus cartas para llegar a un resultado inesperado. Que se lo digan a mi amiga Alba, que tiene un esguince porque la avería del coche la dejó en Madrid con tiempo de probar el padel. O a esos que por una distracción no cogieron un avión que se estrelló o un billete de lotería que tocó. Que se lo digan a la familia que regaló a sus padres por primera vez un viaje a Túnez. Por fortuna, mi casualidad del pasado domingo no fue tan determinante. Por la graciosa intervención de la suerte, yo acabé avistando delfines en la Costa del Sol (que no es moco de pavo).

 

La cosa fue que mi padre -que le suelta cada parrafada al Google que lo tumba- encargó la paella para 10 comensales en el primer teléfono que le dio el buscador, sin detenerse a comprobarlo. Al llegar a la venta donde pensábamos comer y decirnos que no tenían ninguna mesa reservada para nosotros, se destapó la confusión y recurrimos a Google de nuevo para averiguar dónde coño habían cocinado una paella para nosotros. Resultó que era el comedor de unos apartamentos a pie de playa y allí nos plantamos las dos familias al completo: en un complejo turístico desierto donde salió hasta el apuntador a observar con extrañeza a quien había hecho tan curioso encargo en semejante lugar ¡OMG! Como era de esperar la comida estaba fatal: la paella era un preparado congelado de mala calidad todo arroz y guisantes con algún tropezón de pescado sin nombre, calamar del jurásico y mejillones que habían conocido siglos mejores; coronada por unas natillas a las que la cocinera olvidó echarles el azúcar y un helado del año anterior que apareció debajo de los mejillones.

 

Pero mira tú por donde, al salir a tomar el café y el aire a la terraza, allí estaban frente a nuestras narices dos delfines juguetones haciendo cabriolas cerca de la orilla para que al menos la vista se llevara el gusto que no se había llevado el paladar… Es o no casualidad?

 

Miércoles. Buenos días!!

 

Delfín móvil paella

10.07.2014

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Entras en el vagón de metro, vas cansada y cargada, hay un sólo asiento libre y está a tu alcance pero, gracias a un baile de traseros in extremis, el hueco queda a tiro del culo de un tipo con cara de sobrado, que decide aprovecharlo. Te quedas quieta, con cara de seta y sujetando la bolsa entre los pies, con lo que de sentarte ya te despides.

La señora de al lado nos lleva a su señor esposo y a mí mareados: a él a golpe de charla insustancial y a mí con las vaharadas a Opium que emana ¡Por Dios! ¿Aún venden frascos de ese perfume del demonio?

Una estación. Los sentados se quedan todos y entra en el vagón un muchacho que se queda a mi lado y una pareja con un micrófono y un altavoz. Buenas tardes, venimos a destrozarles una canción ¡Nooo! Ni el reverb a tope disimula los gallos, quizá porque ponen la rueda del volumen en ‘a todo trapo’. Hombre, al menos no oigo el parloteo de la señora cansina; ahora que lo pienso, tampoco huele ya a Opium… se habrán ido? Nooo. Es que ahora sólo huelo el sobaco del recién llegado; tal vez porque ha levantado el brazo y lo ha dejado a 10 centímetros exactos de mi nariz, o tal vez porque no ha catado ducha en un año. Creo que ambos.

Otra estación y otra y otra. El vagón se llena y no vamos mejorando. Uf, que asco. Menos mal que ya queda poco. La siguiente me bajo. Se levantan la pareja de ancianos mal perfumados y dejan sobre el asiento un periódico de los gratuitos y ¡milagro! está poco sobado. Me lanzo, lo agarro ¡es de hoy! ¡está entero! Sonrío. Realmente, soy un ser humano afortunado…

Afortunadamente, ya es jueves; una estación más y será viernes. Buenos días!

10.03.2014

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‘Para conseguir los millones hay que comprar los cupones’ coreaba esta mañana mi vendedor de la ONCE favorito. Es un chico joven y ciego que tiene la caseta en la estación de metro de Sol, pero jamás le verás dentro de ella. Se pasa toda su jornada laboral de pie en una escalera cercana que tiene mucho más tránsito de viajeros y desde allí nos anima cada día a adquirir su mercancía con ingenio y buen humor; hasta el punto que yo que no soy de comprar el cupón, me quedo con las ganas de hacerlo…

El caso es que la consigna de esta mañana se me ha pegado a los pensamientos para el resto del trayecto. Coño, es que no por más simple es menos cierto; tendemos a quejarnos de una suerte que no nos llega pero no movemos un dedo para lograrla. Nos quedamos cómodamente sentados en nuestra caseta esperando que la buena fortuna nos llame a la puerta. Evidentemente, no hablo ya de los juegos de azar (que no quisiera yo incitar a la compra compulsiva de loterías) si no que la analogía me sirve para cualquiera de los tres pilares que le encomendamos tradicionalmente a la buenaventura: salud, dinero y amor. Cuidarse, trabajar duro, amar y dejarse querer… Así es posible que la fortuna encuentre antes el camino de nuestra puerta.

Lunes y San Simplicio (este promete). Buenos cupones, buenas ocasiones… y buenos días!