televisión

22.05.2015

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Con eso de que duermo poco y a destiempo, el momento amanecer -de lunes a viernes laborables- en mi casa es todo un espectáculo que algunos ya conocéis…

El sistema consta de cuatro elementos internos y un control externo de calidad:

– Despertador atronador en una balda alta de la mesilla para tener que incorporarme
– Despertador del móvil en modo toque retreta a tres pasos de la cama para salir zumbando a apagarlo
– Cafetera con inicio automático para que mi nariz se despierte también al olor del café
– Televisión en temporizador sincronizado con el telediario para escuchar las deliciosas noticias con las que nos amenizan cada mañana

– Además, si todo esto no ha funcionado y no he logrado ponerle un whatsapp de comprobación a mi madre, me llama al fijo para que salte de la cama DE UNA PUÑETERA VEZ.

Con estos sencillos pasos tengo más o menos asegurada la asistencia a mi lugar de trabajo a una hora adecuada.

Entenderéis por qué siempre me han dado una envidia atroz estas personas que te dicen -tan campantes- que ellas no usan despertador, que simplemente le dicen a su cerebro a qué hora tiene que despertarse y lo hacen… Joder, pues mi cerebro es mucho más tonto y cuando está dormido está… como ausente, que diría aquel; soy neurológicamente mucho más ineficiente. Y, por supuesto, me escuece. Pero no voy a machacarme con eso, cada uno tiene sus puntos fuertes y débiles.

Lo que me ha dejado en shock total esta mañana ha sido que me he despertado de manera diferente: he escuchado nítidamente tres golpes -como alguien llamando a una puerta- tres segundos antes de la primera de las alarmas. Y he salido del limbo de los sueños de inmediato y algo inquieta porque ese sonido no me cuadraba… ¿Acaso mi mente ha instalado una nueva app de aviso a modo llamador antiguo o es que tengo un fantasma que vela no por mis sueños si no por mis despertares? Miedito me da. Casi prefería seguir con la cabeza tonta…

Viernes. El fin de semana viene que truena! Quién me despertará?

Buenos días!!

18.03.2015

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No me lo puedo callar más. Os lo tengo que contar… No soporto al hombre que da el tiempo en la Uno por las mañanas. Martín Barreiro, se llama.

No digo yo que el chaval no sea un lumbreras; que se habrá sacado su carrera de física y sabrá leer los mapas de isobaras incluso mejor que las gitanas del romero las rayas de la palma de la mano. Tampoco le tengo tirria por haberme pasado por agua este puente de San José, porque entiendo que el muchacho es un mandao en lo que a las condiciones meteorológicas se refiere. La razón de que no le aguante es que se explica como un puñetero libro cerrado, es decir, FATAL.

Mezcla en una frase ininteligible las lluvias en el norte con el viento en el oeste. No sigue un orden ni geográfico ni lógico. Lo mismo te habla de agua de levante que de nieve en cotas bajas de la cordillera penibética. Su uso de los conectores es nefasto: ‘pero, sin embargo, luego…’ son añadidos a su discurso sin sentido gramatical alguno. Y después de prestarle toda mi atención cada mañana, lo único que consigo saber a ciencia cierta es si habrá niebla en las Pitiusas o no. Que eso lo dice siempre alto y claro ¡Arrrgggg!

Y esta nulidad para hacerse entender, que sería perdonable en un amigo o en un familiar, no lo es en un tío que se gana la vida -y estoy segura de que se la gana bastante bien- saliendo en la tele cada mañana para explicar el tiempo que nos va a tocar. Así es que a los puñeteros responsables del ente público les pido que el señor Barreiro siga si quiere interpretando mapas pero en la intimidad y que busquen algún meteorólogo que sea además, buen comunicador, que estoy segura de que los habrá… Un Maldonado, sin más. Gracias.

Feliz puente (a quien lo tenga y le guste la lluvia) y feliz resto de semana a los demás.  Buen miercoler-nes y buenos días!!

24.02.2015

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Ayer me di cuenta de por qué la cigüeña, en su infinita sabiduría, me depositó en Bilbao y no en California: mi cuerpo no está hecho para temblores (ni desgraciadamente para los patines, por más que me gusten)

 

Quiso la casualidad que cuando se produjo la vibración intra-terrestre estuviera visitando a mi madre -que vive, para más señas, en un sexto piso- y no en mi casa que es un bajo; pues parece que a pie de calle la cosa no fue tan grave.

 

La sensación fue brutal: notamos perfectamente balancearse el edificio. Amén de las piernas, que se hicieron gelatina y el estómago que hizo un centrifugado. Cuando lo único que siempre está estable se mueve muchos metros por debajo de tus pies, no importa que sólo dure 30 segundos: el instinto te transforma en una suerte de Bambi que lo único que quiere es correr por el bosque con su madre. Y para colmo, en este caso, la madre de Bambi estaba hecha un flan y sólo era capaz de correr en un movimiento rotacional sobre su propio eje, el angelito.

 

Ya sé que hay chistes (10 minutos tardaron) sobre la magnitud del terremoto, que se ha sentido más en las redes sociales que en los daños materiales, pero eso viene a demostrar una vez más cuál es ahora nuestro patio vecinal.

 

Porque la situación es la siguiente: mini-seísmo, susto del copón, dudas existenciales (¿terremoto o explosión? ¿me voy o me quedo? Nada de ascensor!!) abro puerta y hablo con vecinos -que están totalmente acojonados-, cierro puerta, vuelvo al salón y ¿qué hago? ¿me pongo a ver el bodrio alemán de sobremesa que echan en La Uno? ¡No puedo! Así es que busco información, pero en la tele parece que no ha habido terremoto; en la radio saben algo, pero poco y yo sigo con ganas de compartir y contrastar lo que he sentido ¿de qué tiro? De facebook y de whatsapp, por supuesto; que ahí ya saben dónde ha sido el suceso, los grados de la escala Richter que ha tenido, cual ha sido el epicentro y lo que estaba comiendo el Director del Instituto Geográfico Nacional en el momento del evento. Será cierto o no, pero es inmediato. Y a nadie le tiembla el pulso por publicarlo.

 

Martes. Qué toca hoy? Porque empezamos… Buenos días!!

22.10.2014

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Anoche, lo confieso, me dormí un ratito en el sofá. No eran horas de irme a la cama pero sufrí uno de esos ataques furiosos de estrabismo por somnolencia y me dejé arrastrar por Morfeo sin apagar la televisión. Cuando me desperté descubrí sorprendida que la pantalla se había poblado de gente en pelotas ¡Ups! ¿Será un programa de porno-cutre de esos de las tantas de la madrugada? Pero no, eran las once y vente y lo que echaban era triste, pero otra cosa: Adán y Eva, se llamaba.

 

¡Por todos los demonios catódicos! ¿Que ven mis ojos? Dos chicos y dos chicas en cueros que me han causado el mayor de los sonrojos. No por el traje de piel -nunca he sido yo una flor delicada para el desnudo propio ni el ajeno- si no más bien por el pelaje: el de los personajes, que no tenían desperdicio y el del programa en sí, cuya mecánica consiste en soltar a esos cuatro angelitos -con nulo pudor y mucha ansia de aparecer en la televisión- a elegir a uno de ellos para verse luego en modo cita con los pantalones puestos… Ole y ole con las mentes pensantes del Canal Cuatro. Les parecerá la bomba la idea: alterar el orden de los factores sin alterar el producto ¡!

 

Lo cierto es que a cualquiera con un mínimo de formación y de compostura le suben el ego (por comparación) hasta el infinito; lo terrorífico es la influencia que tales espacios tienen sobre mentes adolescentes más tiernas: que se venda como normal el irse morreando con el primero que te cruzas en una playa, no saber que el Manzanares es un río, dónde está y cómo llama la Alhambra, tener por objetivo pescar marido rico o considerarte culto e intelectual porque eres capaz de pronunciar la palabra ‘sociocultural’. Toma ya. De este lustre son los aspirantes a padres de la humanidad, que en el momento en que abren la boca se te olvida que van en pelotas.

 

Tremendos los referentes televisivos que encumbramos, aún cuando me consta que no son así la mayoría de los veinteañeros. Lo que no acabo de entender es quién gana con esto…

 

Miércoles. Normalmente el día más erótico de la semana… el más indignado esta mañana. Buenos días

17.09.2014

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Pues nada. Aquí sigo. Incapacitada para ganar ningún concurso de belleza y apta en cambio para emprender un nuevo formato televisivo: “Mi flemón y yo”.

La verdad es que ya parece que mi moflete empieza a tener un tamaño más razonable; al menos ya quepo por las puertas y la gente me mira con -ligeramente- menos cara de horror. Algo es algo. Pero mi trabajo me ha costado: he pasado la mitad de la noche durmiendo sentada en el sofá del salón y la otra media intentándolo en la cama. Y no por falta de sueño, si no por la puñetera posición.

Y es que he descubierto que el flemón se nutre de mi decúbito supino (y hasta de mi decúbito prono, el muy cabrón) y he tenido que dormir apoyando la cabeza sobre dos almohadas y tres cojines que me dejaban el cuello como la peli de adolescentes: ‘A tres metros sobre el cielo’. Y yo, así, no. Nunca he comprendido como pueden dormir en esa posición los americanos de las películas y las series. ¿No os habéis fijado? Se acuestan tan tranquilos en una cama con 300 almohadones dejando el cuello alzado como un galápago y el edredón que sólo les llega por los sobacos ¡¡!! ¿Mande? ¿Y eso es estar cómodo? Cuando te vas a la cama, los cojines se quitan (ordenadamente o lanzándolos por ahí, eso ya cada cual). Y, cuando arropas a alguien, se le sube la manta hasta la coronilla, leches! Con lo bien que sabemos hacerlo aquí!! En fin…

Miércoles. Hoy os deseo, además de buenos días, un buen dormir.