túnel

28.01.2015

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Ni relojes, ni cafés, ni películas. Los que han triunfado con la peculiar decoración publicitaria de mi túnel de vestuario particular (el ya famoso en estos pagos de la salida de metro Sol a la Mallorquina) son sin lugar a dudas los que anuncian el reciclado. En las paredes y el techo no tanto, que los han forrado de color amarillo pollo (pollo escaldado) con profusión de austeros mensajes en negro en los que anuncian las virtudes de utilizar los contenedores de colorines; pero en el suelo se han salido: lo han tapizado de césped mullido.

 

Desgraciadamente no es real, es un vinilo que asemeja una tupida alfombra de hierba; pero resulta tan inesperado y tan creíble que a un tris estuve ayer de descalzarme. Y creo que no soy la única; a juzgar por las caras de la gente, cualquier día los de seguridad van a tener que desalojar a los universitarios que vayan allí a tumbarse y repasar o a las familias que decidan organizar un picnic en ese lugar…

 

Una pena que el esfuerzo sea fútil para los lugareños, a los que reciclar no nos cuesta “dos segundos” como dicen los mensajes, si no “dos pares”… dos pares de intenciones porque los contenedores de colores no deben quedar bonitos en las calles turistables y, por tanto, tenemos pocos y a trasmano. Que digo yo que lo de las bicis está muy bien pero, además, podrían instalar en la acera contenedores subterráneos -que esos sí que son para siempre- para darnos a los vecinos la oportunidad de contribuir a la salud medioambiental de nuestra ciudad… Miércoles. Buenos días!!

02.07.2014

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0:22 de un lunes y la estación de metro desierta. Nada. Nadie. Ni un alma. Es una de esas modernas, con asépticos paneles lacados que son incapaces de asustar y, sin embargo, no te da ninguna confianza. Es absurdo, no se conocen casos de nadie atacado por un fluorescente -aunque parpadee- pero, cada vez que la luz tiembla, tú tiemblas un poco más. No es frío, es… un ligero malestar. La inquietud que se nutre del silencio y la soledad. Aunque el silencio, si te paras a escucharlo, no es tal: cruje la catenaria, crepita la estática y, al fondo del túnel, parece que algo se escucha ¿gritos lejanos? No, que va. El freno de alguna máquina y tu imaginación desbocada. Qué tontería; me vuelvo a sentar. ¡Por Dios! ¿No viene ya? Lo único que viene son nuevos ruidos desconcertantes de allí donde las vías se funden con las tinieblas. ¡Joder! Si sigo estimulando el miedo me voy a asustar de verdad… El fluorescente con dudas opta definitivamente por apagarse y notas como la oscuridad que deja se desliza por tu espalda, como si hubiera descubierto el flanco que te falla. Es mejor moverse, caminar. Andén arriba, andén abajo; en cada vuelta un sobresalto: esperas encontrar algo detrás. Por fin sale viento del túnel, parece que el metro llega ya… Menos mal! Qué alegría!! En 20 minutos en casa y me río de mi propia susceptibilidad. Pero el convoy no trae la seguridad que ansías; abre sus puertas ante ti como quien abre sus fauces. Una boca. Con una ligera sonrisa. Y dentro, el desierto que se extiende hasta donde te llega la vista: asientos vacíos y más fluorescentes deseando parpadear. Un paso, otro; estás dentro. Las puertas se cierran.

 

 

Te vas.

 

 

¿Es miércoles ya? Buenos días.

 

Metro Madrid desierto