turista

25.02.2014

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Sufro de un fuerte conflicto de intereses que socava día a día mi moral: mi velocidad media al caminar es incompatible con la de mi calle, donde moran los únicos caminantes de Madrid que no tienen prisa: los turistas…

El turista es ese ser que, aunque tenga siete títulos universitarios y un trabajo de responsabilidad en su país natal, en el momento que viene al tuyo parece faltarle un hervor. Hay, además, características comunes al turista general y otras específicas según se trate de turista de playa o de ciudad: los de playa se distinguen por el tono de su piel (que suele ser de intenso rojo cangrejo), su atuendo de vivos colores y sus horas intempestivas de almorzar.

El turista de ciudad, sin embargo, goza de otras peculiaridades… Para empezar, lo fotografía todo, igual le da que sea la fachada del Prado que la de un bloque de pisos de protección oficial (eso sin volver al fascinante caso de los asiáticos y el museo del jamón). Para seguir, carece de sensores de proximidad o los tiene invertidos; esto es, cuando te aproximas a él desde atrás no te cede el paso jamás, aunque pongas suavemente una mano en su brazo para hacerle a un lado, será como el barco de Chanquete: no se moverá (o lo hará en la dirección que te estorba). Y para terminar hay que reconocerles, eso sí, una conciencia política mucho más avanzada que en España: para ellos no existe la izquierda y la derecha, por lo que pueden caminar ocupando todo el espacio vayan por la acera que vayan.

Martes. Por favor, por favor, por favor… ¡dejadme pasar! Buenos días

23.12.2012

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Estambul se me está escapando entre los dedos. Las calles probablemente siguen vivas ahí fuera, con su oferta para todos, pero a mi me observa desde el rincón ese cacharro rojo con cuatro ruedas vulgarmente conocido como maleta, que está esperando que embuta mis recuerdos entre sus fauces para trasladarlos al Madrid de lunes a viernes en horario de oficina, para quitarles el brillo y los colores de la novedad y el exotismo y dejarlos en preterito perfecto.

Me llevo pocos cachivaches en realidad: unos baklavas para merendar y un ojo para invocar la buena suerte en las nuevas paredes en que espero colgarlo; me llevo la impresión de que he hecho mucho pero también la sensación de que podría haber hecho más…castigo del turista insaciable, supongo.

Se acabó chapurrear idiomas ajenos y hablar con todo el que te cruzas por la calle; se acabó cruzar el cuerno de oro, subir a la torre Galata y escuchar como rebota la llamada a la oración de mezquita en mezquita; se acabó el horizonte poblado de alminares; se acabaron los bocatas de caballa…vuelvo al bocata de calamares.

Sağ ol Estambul, thank you y buenas noches.