vagón

30.01.2015

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Como a todos los que usamos habitualmente el metro, la convivencia con chalados de distinto grado no me sale en absoluto de alto.

No tengo muy claro si el medio los cría o sólo refleja la media poblacional a través de una muestra aleatoria, pero cualquiera de las dos hipótesis es escalofriante: la primera porque se me aparece una imagen en la mente al estilo de la invasión de los ultra-cuerpos en la que las vainas no contienen sustitutos extraterrestres si no dementes. Y la segunda porque, si extrapolamos resultados, hay muchísimo pirado.

El caso es que el otro día me tocó el típico que no atinas a decir si lo suyo es natural o se debe a alguna sustancia, pero al que su fantasía alucinógena le lleva a interpretar un papel: se cree cantante. Cantante flamenco, para más señas. No sólo eso: cantante flamenco primo hermano de Camarón, que va sentado sobre un cajón (flamenco también). Y mira tú que (des)gracia, que como la parte bajo los asientos es de chapa, sonaba aquello que se las pelaba… Cierto que no daba pie con bola, ignoraba el compás, desconocía la letra y desafinaba, pero la estampa darla, la daba! Y aunque los compañeros de vagón que nos creemos más cuerdos pusimos todos cara de circunstancias, visto la cantidad de pirados que ponen bombas, disparan y causan tanto daño, que te toque el que se cree cantante, no es para tanto.

Viernes. Dicen que nos espera un fin de semana invernal. Pues a lo mejor me bajo al metro a cantar… Buenos días!

28.03.2014

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De estas cosas que tienes delante de las narices pero se te escapan…

Hora 8:40, lugar: Metro de Madrid, línea 1. Suena en el vagón, presumiblemente desde un teléfono móvil, una especie de concierto de versiones en el que un grupo -al que a pesar del volumen alto apenas se oye entre los fervorosos gritos del público- se dedica a cantar los 45 primeros segundos de canciones bastante conocidas que van desde distintos éxitos pop más o menos recientes hasta ‘la cucaracha’. Todos los pasajeros intentamos averiguar, con distinto grado de disimulo, de dónde procede el ruido y la mayoría de miradas convergen en el tipo que tengo sentado enfrente; lo curioso es que este tipo no lleva ningún teléfono en las manos y que él también parece buscar el origen de la música, de lo que el resto de viajeros cotillas y yo deducimos que no debe ser el culpable y desviamos inmediatamente las inquisitivas miradas hacia arriba (¿será música ambiente?), abajo (¿de las vías? Imposible) y los lados, donde el resto de viajeros también rastrean -cada vez más moscas- el origen del dichoso soniquete… En este punto del trayecto, el pasajero sentado delante de mí (alias el primer y principal sospechoso), saca el móvil del bolsillo de su cazadora, le da a un botón, corta la puñetera tortura musical, se levanta y se va ¡! Se va a tomar por culo, espero; porque si era poco maltratarnos los oídos, nos maltrató el instinto y el poder de deducción, lo que viene a ser clavarle alfileres entre las uñas al Colombo que llevamos dentro y eso es de ser muy, pero que muy MALO

Así es que cuando esa misma tarde vi una especie de boda supercolorida y bullanguera en una Oficina de Atención al Ciudadano y a un anciano que cojeaba, pero sólo tres pasos sí y tres no, ya no me molesté ni extrañarme ¿para qué? A lo mejor soy yo, que me encuentro cosas raras porque me dedico a observarlas. Puestos a dedicarse a la contemplación igual me hago nipona y celebro hoy el Hanami, la tradición que hay en Japón de observar la belleza de los cerezos en flor…

Viernes. Feliz San Cástor (y Pólux), buen fin de semana y buenos días.

11.10.2013

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A veces me gusta observar a la gente. Desconocidos que cuentan historias sin hablar, sin hablarnos; con la mirada triste mirando más allá del vagón que les lleva, o la pierna inquieta revisando constantemente un teléfono que no suena, o la sonrisa cómplice entre dos que parecen enamorados. Personas que se muestran tal y como son precisamente porque no se muestran (…) Antítesis exacta de esos otros que intentan por todos los medios que les veas ¡! Me molesta profundamente verme obligada a observar a los exhibicionistas burdos de sus emociones. Actores frustrados que ofrecen una representación vulgar del personaje que creen ver frente al espejo. Se les reconoce rápido: siempre hablan demasiado alto y generalmente sólo dicen gilipolleces. Y sobreactúan sin pudor buscando atraer al público que, antes de su patética actuación, disfrutaba de su tiempo de lectura, escritura, juego o discreta conversación. Entran en la misma categoría de tontos que los que ponen la música alta para los demás: piensan que los demás no tenemos nuestra propia música? Que no tenemos nuestra propia vida?

Y no es que sean pocos, los hay a cientos, estratégicamente repartidos por los vagones de metro de tal manera que sólo haya cada vez un grupo de ellos provocando vergüenzas ajenas. Lo curioso es que a veces sospecho que se dan el relevo, porque se bajan unos y se suben otros…

11 de octubre y -por Resolución 66/170 de la ONU- Día Internacional de la Niña: mi día. Y viernes nada menos… Buen fin de semana. Buenos días!!