vender

20.05.2014

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En vistas de que ahora el nuevo negocio de moda son las perfumerías low-cost, me han abierto a la par dos al lado de casa y, como buena vecina que soy, he pasado a visitarlas.

La primera -muy negra toda ella, muy sobria- sólo ofrece colonias a precio de ganga. ¿De imitación? ¡No! Es que evocan a otras. Ahhh.. Y tú te lo tragas y callas porque el vendedor tiene una de esas miradas que le dejarías que te perfumara lo que le diera la gana.

La segunda, en cambio, vende los perfumes ‘que recuerdan a otros’ y además cosmética. No una cosmética cualquiera, de hecho, las cremas perfectas: milagrosas y baratas. Así es que, aprovechando que este dependiente no me intimidaba sexualmente, decidí pedirle asesoramiento para lo que a mí me mata: las ojeras. Y el muchacho, aún sin los penetrantes ojos azules del otro, me convenció; para lo tuyo no hay remedio, me dijo (¡Ole! ¡Me tocó el sincero!) ‘Tengo cremas para bolsas y patas de gallo, pero tú no tienes de eso. La ojera oscura no tiene solución, si quieres te vendo un corrector’.

Y por más que me escueza, tiene toda la razón; no hay potingue que me quite la eterna sombra oscura de los ojos. Pero… digo yo… ¡Coño! Si a Michael Jackson, que era él entero negro, le dejaron mucho más blanco que yo… No habrá algo que me destiña a mí sólo ese trocito de alrededor de los ojos??

En fin, intentaré no destemplarme demasiado con este tema, que el frío ya ha vuelto él solito… A lo mejor me quedo pálida del susto!! Martes. Buenos días.

12.11.2013

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Fruto del sol, la buena temperatura y el tiempo libre del que disponía la semana pasada estando en Málaga de vacaciones, mis pasos me llevaron una mañana por casualidad hasta un mercadillo callejero de trastos viejos. No de antigüedades; insisto, de trastos viejos. Cachivaches en su mayoría mal tratados por el paso del tiempo que, cuando se juntan con otros congéneres que han sufrido parecida suerte encima de una manta despiertan en mí todo un racimo de sentimientos: asco, atracción, pena, curiosidad, rechazo… ¿De quién serían esos patucos? ¿Qué es aquello que brilla? ¿Alguien comprará esa sartén con grasa rancia?

No podía dejar de asombrarme de lo que ofrecía cada puesto, una colección de despojos de la vida de cualquiera, en la mayoría de los casos sin limpiar siquiera, como si presentarlos en toda su miseria fuera el último grito en estrategias de marketing. Torres de CD que se han quedado ya sin habitantes, bolos de plástico de colores con los que nadie jugó, ropas de bebés que hoy tendrán más de 40 años, zapatos que ya han dado todos sus pasos, electrodomésticos que nadie recuerda para qué servían, maletas que han dado varias vueltas al mundo y juegos de café anteriores a Juan Valdés…

Los rastros se llaman rastros porque lo que se vende deja pistas de la vida de quien lo usó? Qué tendría mi rastro? Alguien lo compraría??

12 de noviembre. El día en que en 2005 se presentó el primer Diccionario panhispánico de dudas. ¿Dudas? Buenos días…