verbo

27.03.2015

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Contra las ilusiones ópticas, las palabras falsas y las miradas mudas a veces, los cuerpos… hablan. Se comunican entre ellos mediante un lenguaje ancestral que sólo ellos dominan.

 

Es cierto que esta comunicación no se produce siempre. Se conoce que los cuerpos también estaban en la torre de Babel y no todos tienen el mismo idioma. Algunos no se entienden, no empatizan. Hacen contacto, pero -en realidad- no se tocan.

 

Pero cuando dos cuerpos se tocan y están afinados en un mismo verbo, la comunicación se hace magia. El cerebro desconecta, es innecesario; incluso estorba.

 

Y es la piel la que manda.

El tacto el que habla.

El instinto el que abre el camino.

Las sensaciones las que toman el control.

 

Así, el más mínimo movimiento se hace perceptible, cada latido merece su reflexión y en la propia carne queda una huella que horas más tarde sigue vibrando, como un diapasón.

 

Cuando hablan los cuerpos, callan tanto la razón como el corazón.

 

Es viernes. Hagamos pues el silencio.

Feliz fin de semana y buenos días a todos.

07.10.2014

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Pues por muy bien que lo cantara la Torroja, si entre mi suelo y mi cielo hay algo con tendencia a quedarse calvo es porque…

 

me cuesta tanto…

…callarme.

 

Lo de ‘olvidarte’ me parece una tontería que no es imprescindible y que, en cualquier caso, puede venirte dado con la edad a poco que te toque una demencia senil o el otro cabrón alemán.

 

Lo que es un auténtico hueso es callar. Callar a tiempo. Callar cuando el verbo lo destila la rabia. ‘Morderse la lengua, dicen’. Yo me la podría desollar y, aún así, hablar. Cuando estoy cabreada es lo que el cuerpo me pide ¡y  la naturaleza es sabia! No se lo puedo negar (bueno, excepto cuando me pide un plato de patatas con chistorra a las tres de la mañana, la verdad). La musa de la ironía no deja espacio en mi cabeza para nadie más; y mucho menos para la del silencio, que es tan sutil y delicada, tan… callada.

 

Y aunque admire el temple de aquellos que son capaces de aguardar el postre helado de la venganza y guardarse para ese momento sus palabras, no logro imitarlos y, cuanto más me hierve la sangre, menos controlo el caudaloso río de los truenos que me atraviesa la garganta.

 

Así es que si alguno padece de trompa de Eustaquio sensiblera o delicada, le aconsejo tome la opción sensata -no invocar al demonio de la ira- o la práctica -tapones para oídos o dejar la dichosa trompa letárgica-

 

Buenos días de martes con postdata (Ayer, callé. Ahí es nada).

14.05.2014

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De esto que lees en alguna revista de curiosidades que la lechuga es mala para cenar porque da insomnio y piensas que mala no tiene por qué ser, sólo hay que saber cuando usarla: cuando vas conduciendo y no debes dormirte, cuando debes dormir pero no quieres… porque el final del libro está apasionante, porque esa película la has intentando ver tantas veces que ya parece una serie, porque estás acurrucada entre unos brazos que esperan que hables… pero tú te duermes.

Aunque en tu caso, casi siempre, los sueños requieren que estés despierta, que seas tú quien los orqueste, Morfeo te vence. Te dejas caer por la suave pendiente de placer que supone rendirte a él… los parpadeos cada vez son más laaaargos, más leeeentos, más infrecuentes.

Curiosamente, tu lengua tarda más en desfallecer que el órgano que la controla, así es que por un brevísimo espacio de tiempo, dice lo que ella quiere: palabras enredadas en el paladar, palabras que se han dado de bruces contra los dientes, palabras abandonadas de otras conversaciones… Por eso es importante alimentarse bien y decir todo lo que uno quiere; no dejar palabras sin usar, no siendo que en una de esas que cenas tomate se te escape un verbo que no debe.

 

Viernes para los madrileños afortunados que hacemos puente, miércoles para el resto. Buenos días y, si son de poca lechuga, buen descanso tengan ustedes.