vértigo

10.09.2015

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En contra de la lógica, la costumbre y el propio instinto de supervivencia, por más años que voy cumpliendo, tanto o más me siguen gustando los parques de atracciones.

A la mayoría de la gente que conozco les encantaba montarse de adolescentes pero, al madurar, van perdiendo las ganas porque se marean, o sienten vértigo o tienen pavor a que una tuerca esté mal apretada. Y es verdad que lo de la tuerca también pasa por mi cabeza, pero me puede más lo que disfruto en la primera bajada. No me mareo en nada: ni subiendo, ni bajando, ni girando… ni centrifugando, vaya (a veces pienso que debería haber sido astronauta). La única ocasión en la que la velocidad me marea es cuando se detiene; me sucede muchas veces que voy conduciendo tan contenta y, al parar en la gasolinera, se me descoloca un poco la cabeza ¡!

El problema es que una no suele encontrar el tiempo, la compañía ni el presupuesto para ir tan a menudo como quisiera y al final, se me pasan los años sin catarlo. Por eso este sábado -que me ha tocado- pensaba, mientras hacía cola para subirme en los cacharros, que hay un modo de solucionarlo… La lanzadera, por ejemplo, podríamos instalarla como ascensor en edificios de más de cuatro pisos. El metro también daría para mucho: en lugar de hacerlo tan monótono pueden construirse los raíles con subidas, bajadas y curvas cual montaña rusa y, en los tramos planos, con cuatro actores, nos valdría de túnel del terror. Lo de los coches chocones facilísimo: es ponerle goma a los parachoques, una banderita en la antena y aprovechar cualquier atasco…

 

Y así con cuatro duros y algo de imaginación, convertiríamos nuestra ciudad en un lugar lleno de emoción!!… O al menos de sensaciones que se pudieran resolver con un simple salto del estómago, porque de las que te atacan el hígado ya vamos sobrados.

Jueves. Buenos días!

27.02.2014

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Conste que no es una cuestión de principios (ni de finales), pero lo cierto es que no suelo comer hamburguesas. Conceptualmente me gustan, no tengo nada contra ningún ingrediente (salvo que le pongan aceitunas) y no creo que sean mucho más insanas que tantas otras cosas que comemos; simplemente no tengo costumbre de hacerlo y el otro día, que me pedí una, me di cuenta del porqué: excepto que tengas la capacidad de algunas serpientes de fracturar tu propia mandíbula para ingerir alimentos más grandes que tú, es imposible meterse eso en la boca.

Pero vamos a ver: si me trajeron un panecillo más bien fofo y del tamaño de un donut que soportaba sobre sus lomos un filete de carne picada, una loncha de queso, otra de bacon, un huevo frito, media lechuga, una cebolla, un tomate y un pepinillo… Sumando todo eso en una construcción vertical me daba el equivalente alimentario de un rascacielos de 15 plantas. Por Dios, las semillas de sésamo mareadas de puro vértigo ¡!

¿Y cómo me lo como? Porque si hago dos montones, en uno me queda la chicha y en otro la ensalada separados por un ancho mar de patatas fritas, pero eso ya no es una hamburguesa, es un plato combinado… Al final, las hamburguesas me provocan exclusión social: quienes las comen forman parte de un club al que, sencillamente, yo no pertenezco ¡Qué le vamos a hacer! Por suerte, formo parte de ese otro club al que ese hecho y tantos otros nos dan igual.

Jueves y, en Estados Unidos, día de oso polar. No pensaba, pero me va a tocar hibernar. Buenos días…