viejo

06.07.2015

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Me da un pelín por el envés la gente que presume de su juventud, de los pocos años que tiene. Quizá no es presumir la palabra, pero ya sabéis a qué me refiero; esos que, en una conversación X te sueltan un “claro, es que yo soy más joven” (o algo similar) con una sonrisa de  autosuficiencia y una cuadratura del hombro en ligera alzada.

Pues muy bien, chaval.
¿¿¿Y???

¿Dónde está el mérito del que te vanaglorias? ¿Te ha costado mucho esfuerzo nacer 5 años después? ¿Estamos tontos? La edad -así como la estatura, el color de los ojos o el tamaño de… las orejas, por decir algo- nos viene dado, firmado, sellado y cerrado desde fuera, por causas exógenas a nuestra conducta o nuestros actos, ergo no veo justificado alardear de ello.

Cosa distinta es la gente que teniendo muchos años se esfuerza por mantenerse joven en su aspecto o, especialmente, en su mente; ahí sí que hay una actitud encomiable. Aunque estos suelen ser los que no presumen de ello.

Y están también los otros. Me encuentro muchos que toman exactamente el camino contrario; esos que -da igual la edad que tengan- son viejos tempranos que siempre te están recordando que “ya no somos unos críos” o las cosas que hacían antes… y que en muchos casos podrían seguir haciendo, pero a los que sus barreras auto impuestas se lo impiden.

Será que la edad es realmente una cosa extraña pues, a pesar de ser una ciencia exacta, no puede ser más relativa.

Es lunes. De cuántos años podéis presumir esta mañana? Buenos días!!

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¿Y si resulta que la ventana está cerrada? Si detrás de ella no hay nada… Un muro de piedra que bloquea las miradas o unos barrotes contra los que se estrellan las palabras?

 

Para James Stewart era fácil -aún con su pierna escayolada- descubrir misterios desde su atalaya; pero algunos días me levanto con los humos revueltos y me da por pensar que, según para qué, no es que entonces corrieran otros vientos, si no que aquellos eran los buenos tiempos. Cuando aún había muchas cosas por estrenar. Y que han pasado ya. Como si hoy no hubiera ya nada que inventar, misterio alguno por descubrir o palabras nuevas que decir. Como si hubiésemos gastado todas las novedades de este planeta y no quedara más que seguir dando tumbos por el mundo, porque ya no quedan historias nuevas y, si quedaran, las palabras son demasiado viejas para contarlas. Y no me engaño: el esperanto es ese idioma del que ya nadie espera nada.

 

Alguna noche tengo zarzas entre las sábanas y, en cada vuelta en la cama, acabo arañada. Son ramas secas que estropean las ganas. El pelo aparece enmarañado y revuelto y revuelve algo más adentro. La sopa de letras a la que sólo le pido esos días que no acabe en crucigrama.

 

Buenos días de esos.

06.02.2014

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Me indigna que a los viejos les llamen abuelos. Esquivamos otros apelativos igual de añosos como vejestorio, matusalén, vetusto, senil o centenario, para acabar definiendo a un grupo de personas en función de un lazo familiar que no tienen porqué tener.

Me espanta que las mujeres que defienden su condición con independencia de su maternidad y no permiten que el rol tradicional las encasille entre cocinas y biberones, no se les caiga la cara de vergüenza de llamar a un anciano, abuelo. O no se les ha ocurrido que igual que ellas no tienen necesariamente que ser madres, los viejos no tienen por qué ser abuelos? Eso sin mencionar la cantidad de abuelos que están muy lejos de la edad de jubilación ¡! Me huele a pátina hipócrita de amabilidad, a que con la mano de la palabra acariciamos el lomo de quien, con la otra mano, relegamos del primer plano del orden de la vida. Y me tira para atrás: la condescendencia en general y ésta en particular.

Pero allá cada cual; no quiero imponer el día del ‘Viejo sí, abuelo no’ que hoy ya tenemos un crudísimo Día Internacional: el de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina. Amén a eso, feliz jueves y buenos días…