viento

07.03.2016

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El cielo se llena algunas veces de nubes de tormenta. No descargan lluvia porque tú no las dejas, pero ensombrecen un panorama que habitualmente te parece hermoso.

 

En esas ocasiones te gustaría tener un dispersador de vientos gigante, una especie de tubo hueco y largo al que -aplicándole el grito ese que se te enreda esos días en los pulmones- dejara claro y soleado el horizonte.

 

Pero no lo tienes. Y entonces te paras a pensar que, quizás, si en alguna bifurcación del camino que no viste hubieras tirado por un sendero diferente, hoy el paisaje sería otro muy distinto también. Pero para tomar esa ruta te haría falta una maquina del tiempo. Un artilugio con el que ir del siglo XV al XXIII fuera como plantarte en Cuenca a la hora de comer. Y aunque nadie confirma ni desmiente su existencia, el caso es que tú no la tienes.

 

Así es que la solución podría ser que tu vida estuviera escrita en un libro de los de “elige tu propia aventura” que pudieras leer con trampas: volviendo al punto de partida cuando no te convence por dónde va. Pero eso tampoco puede ser. Ni maquinas del tiempo ni libro al que engañar.

 

 

Miras tus bolsillos y encuentras lo de Manolo García: arena. ¿Y qué se puede hacer con eso? Una senda. Piensas que lo único que puedes hacer es caminar. Y andar, al fin y al cabo, sólo consiste en echar un pie delante dejando el otro detrás. Un paso, otro y otro más. Y aunque al hacerlo nada cambia, te engatusa la sensación de avanzar. Que no es lo mismo ver los nubarrones en el horizonte que encarar a frente alta las tormentas que vengan.

 

Es lunes. Y parece que se pone soleado al final. Buenos días!

07.10.2015

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Probablemente, si viviera en Tarifa o en Lanzarote no pensaría lo mismo pero, desde un Madrid dónde viene de tiempo en tiempo, me gusta el viento.

 

Bien es verdad que te deja los pelos cual niña del Exorcista y que te obliga a llevar gafas porque los ojos se llenan de arena y otras sustancias sin clasificar, pero siempre me ha dado la impresión de que te hincha el espíritu además de la falda y que abre un camino por el que la mente tiende a volar. Y a la mía con cualquier pequeña excusa le basta, quizá porque…

 

Lo mío son las rachas de viento que te levantan el vuelo de la falda y una sonrisa. Los trenes que se deslizan entre los pensamientos líquidos de la noche. El plasma de luces blancas y rojas que transportan el monóxido de carbono al asfalto. Lo mío es dejar ir la vista por ese río.

 

Los atardeceres templados. Los últimos rayos de sol que arrancan reflejos dorados. Una mañana de primavera en el campo; una tarde de otoño paseando.

 

Y perderme en ritmos que retumban allá lejos, que viajan hasta mi estomago según entran por las orejas. Y hacer una historia con palabras que vuelan; cargada siempre de un cazamariposas para recogerlas.

 

Lo mío siempre ha sido disfrutar con la vista, con el oído, con el tacto… con todos los sentidos. A veces incluso con los sinsentidos. Porque parte de lo que me rodea son engranajes que no acaban de ajustarse. Piezas de una mecánica disonante; que cumplen a pesar de ello su misión en esa función que es vivir; vivir de esta manera.

 

La noche y el día. El pensamiento y la acción. El dulce y la sal. Volar y nadar. La guerra y la paz. Pasar corriendo y sentarse a observar. Lo mío, que me lío, siempre han sido los contrastes. Y con eso me voy a quedar.

 

Para el viento, vuelve el sol. El sol también me gusta. Buenos días!

22.09.2014

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Mi madre lo dice mucho: lo más inteligente (y lo más diabólico) es ir dejando que la rana se vaya cociendo poco a poco. No escaldarla de golpe, que se asustaría y abandonaría el caldero de un salto.

 

Y me temo que el cambio ya ha comenzado. Sutilmente al principio, pero sin retorno ya. Primero cayó una hoja, al día siguiente fueron dos… Después vino una tormenta, de la que el termómetro no se recuperó. Fuimos dejando los tirantes tirados en el armario y paseando de nuevo chaqueta y pantalón.

 

El otoño nos acechaba quedamente desde el recodo de este mes en el calendario y esta noche, por fin, se instalará entre nosotros.

 

Y lo que me duele no es esta estación de colores intensos y vientos perfumados, lo que me lastra es saber que, como en el libro de Martin, se acerca el invierno. Me pesan los minutos de luz que cada día se van esfumando, me escuece la distancia que nos separa del próximo verano. Hoy me mata saber que cada primavera florece,  pero un poco menos y que cada equinoccio seca una rama más de mi propio árbol… Aunque mañana estos pensamientos se los lleve también un viento frío de otoño.

 

Lunes, buenos días.

26.03.2014

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¿Si podría vivir en un lugar donde apenas salga el sol? Pues puede ser. Siendo el de supervivencia el instinto que los domina a todos y en mi calidad de ser humano, es probable que me adaptara a eso, pero no me lo imagino. Igual es que en otra vida he sido instalación fotovoltaica, aunque también me quedan trazas de organismo acuático… ¿Existen los paneles solares submarinos? El caso es que no entiendo sus rayos solamente como el tinte que me convierte en medalla de bronce varios meses al año, si no como el barniz que pinta el mundo de ilusión, el que insufla ánimo, el que lo hace hermoso. Soy, como cantaban Presuntos Implicados, de agua; pero también soy de sol. ¿Eso quién lo canta?

Simplemente, con sol, todo es mejor: brotan las plantas, se endulza la fruta y florecen los planes. Será que se me recargan los fotorreceptores, que soy fotosensible o que yo también hago la fotosíntesis porque de todas las energías, la solar es la que comprendo mejor ¡como no! si hasta la clave es de sol…

Por eso se me hace tan duro este retorno al invierno. A la oscuridad del día, a un sol distante, lejano y opaco que no calienta, a un viento gélido que me arranca lágrimas frías también… Y quizá yo me lleve la meteorología al terreno personal, pero es que si veis las previsiones del AEMET lloráis vosotros también

Miércoles. Podrían ser buenos días…

31.05.2013

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Durante años he observado fascinada cómo mi abuela se colocaba una redecilla marrón en el pelo antes de irse a dormir. Fascinada porque me parecía que aquello de colocarse esa telilla tan finita era de una inutilidad manifiesta, una labor ‘de abuela’ que obedecía más a la costumbre que a la necesidad… pero recientes experiencias me han demostrado cuan equivocada he estado todo este tiempo: últimamente me levanto con unos pelos a medio camino entre la greña y la rasta que solo pueden ser obra de algún peluquero fantasma que me visita cada noche para cardarme los rizos o de la permanencia reiterada en lugares con vientos de -como mínimo- fuerza 9 que, según la escala de Beaufort para estimar la velocidad del viento, originan desprendimiento de ramas, corrimiento de techos y estilismos melenudos de un volumen equiparable al del león de la Metro.

Total, que ahora viene el asteroide y yo con estos pelos ¡! Menos mal que parece que, de nuevo, tendremos más suerte que los dinosaurios y la roca viajera está de paso y no trae el Armagedón. Lo que sí se nos acaba es el mes: a día 31 y el mes de las flores no ha traído más que las del estampado de los calcetines, que no hay quien se los quite.

Viernes, que te quiero viernes. No os perdáis el doodle de hoy: seis plaquitas de Petri, cada una cultivando su bichito… una monada. Buenos días. Y, si la noche no se derrumba sobre nuestras melenas, feliz fin de semana!!

19.05.2013

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He rodado por estas calles, ya las he vivido, a otras horas, en otros mundos, he sido la hoja que arrastraba el viento de un lado al otro de la acera. Otros horadaron antes el mismo camino, otros fueron antes la hoja y otros lo serán después, pero no les mecera el mismo viento, las paredes de la calle no les guardarán el mismo eco de mis pasos. Por que hoy ésta es mi calle, éste es mi tiempo. Este es el camino, mi camino. El camino que es tan conocido como inescrutable. Lo que era nuestra ruta y ahora es sólo la mía. Mi ruta a ese futuro incierto que parece acecharme en la siguiente esquina. Esquina que corta el viento que mece la hoja. La hoja que tantas veces me siento.

Buenas noches… y un beso