viviendas

04.09.2015

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Por lo visto, estando yo de vacaciones, se me ha instalado una inquilina en casa… Como podréis imaginar, tiene más de dos patas y pertenece a una especie aborrecible: las cucarachas.

 

Nunca he sido ni maniática ni miedosa por lo que a tal bicho respecta; como son más pequeñas que yo, no me siento intimidada por ellas, ni me acabo de creer tanta leyenda urbana que por ahí se cuenta: que si son alienígenas, que si sobrevivirán al ser humano, que su diseño anatómico es perfecto (siendo, como son, tan feas), que acabaron con los dinosaurios, que si están psíquicamente conectadas a la Empresa Municipal de la Vivienda…

 

Pero no me caen -a diferencia de las arañas- nada simpáticas y, por supuesto, no estoy dispuesta a compartir vivienda con ninguna de ellas. Así es que cuando me he cruzado a alguna, no he dudado en coger la zapatilla y ponerla mirando más allá de Cuenca.

 

Por eso cuando el otro día mi visión periférica captó un movimiento rastrero inesperado por la izquierda, pegué un respingo y activé el modo depredador de la pradera…

 

Lo curioso es cómo se desarrollaron los acontecimientos que ahora revivo a cámara lenta: la detecto por el rabillo del ojo, giro la cabeza, ella siente mi mirada en su nuca se para y se da la vuelta, nos miramos sin movernos durante una décima de segundo y comienza la carrera; ella por buscar cobijo, yo buscando un buen zapato con que aplastarle la cabeza. En estas que del puro nervio que invadió sus patas, se resbala en la tarima, tropieza y queda panza arriba pataleando y expuesta a mi suela. Y ahorrándonos los detalles de tripas despanzurradas en la madera, os diré que ganó la suela.

 

Pero observad como, la muy puñetera, casi logra apelar a mi compasión y que me apiadara de ella. A lo tonto a lo tonto, ha logrado apropiarse del artículo de hoy y que su historia trascienda. Al final van a ser verdad las leyendas!!

 

Buenos días

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13.01.2014

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El otro día me fui de excursión urbana al Ensanche de Vallecas. Quería ejercer de consumista compulsiva de súper-ofertas en un outlet que han abierto allí una cadena de supermercados que defiende que la calidad no tiene por que pagarse. Así es que me aferré a la línea 1 de metro como aquella que no se aburre de ver subir y bajar gente y, 19 paradas después, allí donde se terminan los raíles, aterricé en ese territorio ignoto del ‘Ensanche’ para comprender, al primer golpe de vista, el porqué de su nombre: madrecita que pedazo de avenidas tan grandes ¡Ocho carriles del ala en el primer cruce! Afortunadamente los encontré desiertos porque pasar al otro lado, habiendo tráfico, puede llevarte toda la tarde.

El caso es que el barrio es amplio y cómodo; que con el metro no hay distancias (para los que tenemos callo en el transporte) y que todo huele a limpio y a nuevo. Es más, probablemente de aquí a 15 años adquiera su propio carácter, pero ahora mismo la sensación que da es la de haber llegado a alguna llanura manchega donde, por efecto de extrañas habichuelas mágicas, han brotado como champiñones una miríada de bloques de viviendas a cual con más carácter… Y es que los edificios del PAU tienen tela; algunos son muy interesantes, pero todos juntos y ordenados en descuidado desconcierto acaban pareciendo las pancartas de una manifestación radical pro arquitectura de vanguardia. Al menos a mi ojo inexperto…

13 de enero y 160° aniversario de la patente del acordeón, ergo día mundial de Los Pajaritos; una pena que sea lunes y no día de fiesta, por aquello de volar tú y yo cruzando el cielo azul y el ancho mar. Buenos días…