zapatillas

04.09.2015

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Por lo visto, estando yo de vacaciones, se me ha instalado una inquilina en casa… Como podréis imaginar, tiene más de dos patas y pertenece a una especie aborrecible: las cucarachas.

 

Nunca he sido ni maniática ni miedosa por lo que a tal bicho respecta; como son más pequeñas que yo, no me siento intimidada por ellas, ni me acabo de creer tanta leyenda urbana que por ahí se cuenta: que si son alienígenas, que si sobrevivirán al ser humano, que su diseño anatómico es perfecto (siendo, como son, tan feas), que acabaron con los dinosaurios, que si están psíquicamente conectadas a la Empresa Municipal de la Vivienda…

 

Pero no me caen -a diferencia de las arañas- nada simpáticas y, por supuesto, no estoy dispuesta a compartir vivienda con ninguna de ellas. Así es que cuando me he cruzado a alguna, no he dudado en coger la zapatilla y ponerla mirando más allá de Cuenca.

 

Por eso cuando el otro día mi visión periférica captó un movimiento rastrero inesperado por la izquierda, pegué un respingo y activé el modo depredador de la pradera…

 

Lo curioso es cómo se desarrollaron los acontecimientos que ahora revivo a cámara lenta: la detecto por el rabillo del ojo, giro la cabeza, ella siente mi mirada en su nuca se para y se da la vuelta, nos miramos sin movernos durante una décima de segundo y comienza la carrera; ella por buscar cobijo, yo buscando un buen zapato con que aplastarle la cabeza. En estas que del puro nervio que invadió sus patas, se resbala en la tarima, tropieza y queda panza arriba pataleando y expuesta a mi suela. Y ahorrándonos los detalles de tripas despanzurradas en la madera, os diré que ganó la suela.

 

Pero observad como, la muy puñetera, casi logra apelar a mi compasión y que me apiadara de ella. A lo tonto a lo tonto, ha logrado apropiarse del artículo de hoy y que su historia trascienda. Al final van a ser verdad las leyendas!!

 

Buenos días

06.03.2015

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Ya llega la primavera

No lo sé porque note mi sangre alterada ni porque los almendros empiecen a pasar del blanco al verde. La señal más evidente -al margen del consabido anticipo que nos hacen los grandes almacenes- es que la alegría viene de la mano de su anagrama: la alergia. Los picores se empiezan a esconder por entre mis cuerdas vocales recordándome que el polen no solo es esa sustancia que hace nacer las flores.

Pero no voy a presumir de cínica, el cambio de estación también me hace vibrar otras cuerdas: antes de ayer sufrí un deseo incontrolable de sacar a pasear al perro. Hasta que me di cuenta de que yo perro no tengo… pero no me dejé arredrar por eso: me armé de chaqueta deportiva, zapatillas, braga polar y miguitas de pan y me bajé al río a pasear, a ver si se me acercaban las palomas y podía poner alguna estofada para cenar (nada; las muy espabiladas se las saben todas y casi me estofan a mi).

El caso es que estas tardes que tengo tiempo -y el tiempo empieza a virar a mejor- he decidido practicar el deporte tradicional de los ancianos -me refiero a pasear, no a mirar obras- porque, la verdad, dejar ir los pies con el rumbo sin acabar de trazar me encanta. Especialmente cuando además puedes llevar música en las orejas, ideas en la cabeza y tienes un salvoconducto vulgarmente conocido como teléfono móvil y otro en forma de abono transporte por si los pies se te van de más.

Sí. La pátina de cinismo se resquebraja cuando sigues encandilada por tu propia ciudad, cuando caminas con paso musical al son de lo que escuchas, cuando levantas la vista para apreciar una balconada y en ese instante encienden la iluminación de la fachada. He de reconocer que la sonrisa que me baila en la cara es de lo más primaveral.

Viernes. Feliz fin de semana. Y buenos días!!

24.02.2014

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El que dijo que la perfección no existe sabía de lo que hablaba. Al universo no le gusta y los que en él moramos nos tenemos que aguantar. Por qué, si no, cuando más te emperifollas para una boda te sale un grano en mitad de la cara o cuando por fin lavas el coche hasta que reluce se pone a llover?

Este sábado, por ejemplo, tenía el plan perfecto de ruta en raquetas por la nieve (gracias al buen hacer de Andara Rutas) y estaba preparada: me hago el bocata, recojo todos los aperos invernales de casa de mi madre, tengo ganas, no me duele nada; todo a punto, vaya. Pues cuando vamos de camino, mis botas de montaña a las que adoro (adoraba) deciden que es el día perfecto para morir en batalla ¡Tócate las narices! Pero no fallecer discretamente, no. Lo que hicieron fue desintegrarse. Literal. Esa suela con la que he recorrido kilómetros de aventuras, se hizo migajas y quedó desparramada por el autobús de camino a Navacerrada; de tal manera que al llegar estábamos los tres (mis dos pies y yo) infinitamente más cerca de la nieve de lo que las buenas costumbres mandan, para consternación mía y cachondeo de todo el que me rodeaba…

Pero no pasa nada, el destino nos pone estas zancadillas para comprobar que podemos superarlas: botas alquiladas, calcetines secos y en marcha! Perfecto… Hasta que llegué a casa y tuve que limpiar los restos de las zapatillas incrustados en mi tarima… a cuatro patas ¡!

Aunque bien mirado ¿qué habría contado si las botas no me la preparan? Que todo fue bien, muy divertido y tal… como historia: una castaña. En las imperfecciones está la sal de la vida, ahí está la gracia, así es que llegados a esto y siendo lunes, os desearé buenos días y una imperfecta semana.