09.06.2017

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Un relámpago ilumina el cielo nocturno mientras lo secciona por la mitad. La tormenta no llega a la tierra. La lluvia no descarga, no alivia la presión atmosférica, por lo que la electricidad sigue campando a sus anchas por la bóveda celestial.

 

En el pequeño hotel “El Paraíso”, puede escucharse el rumor sordo de la batalla: los truenos que alcanzan su cúspide con un crujido desgarrador, para después quedarse en el aire como un batir de antiguos tambores. Una y otra vez. La luz y el sonido pisándose los talones, en un despliegue excepcional de poder que sobrecoge a cualquier mortal que lo contemple.

 

En una cama del hotel, retozan dos amantes. Sus cuerpos desnudos se entrelazan en un solo verso, sin puntos ni comas. Se buscan, se beben, se devoran; para separarse un instante y buscarse otra vez. Bailan al son de la tormenta, desafiando en el diminuto navío que es su cama la mayor de las tempestades. El tiempo ha hecho un paréntesis en su deambular, eclipsado por la pasión de los que saben que el correr de las horas es lo único que no corre en su contra. Mil vidas después, la furia amaina, se encoge hasta el tamaño de los dos corazones que laten aún deprisa, recuperándose y que se miran con devoción, intentando respirarse.

 

-Va a enterarse, mi amor. De un modo u otro, lo descubrirá. Lo he visto cientos de veces. Y no temo por mí. Ya he vivido mucho más de los trabajos para los que nací. Lo que me inquieta es lo que pueda hacerte, el cruel castigo que pueda derramar sobre tu espalda- Dice mientras acaricia ésta dulcemente con la yema de sus dedos.

 

-Para ser tan fuerte y tan valiente, pecas en exceso de temeroso, cariño mío. Nada puede hacerme, su ira no me alcanzará. No es posible-

 

-No la conoces, Freya, su ira puede atravesar Asgard y todos los mundos con tal de arruinar mi felicidad. Hera me odiaba antes siquiera de existir. Soy el orgulloso fruto de la infidelidad de Zeus, su marido, mi padre. ¡Intentó impedir  mi nacimiento, me convirtió en un monstruo, logró que la locura me cegara de tal manera que maté a mis hijos, Freya, a mis propios hijos! Nunca pude volver a mirar a Mégara a la cara. Mancilló lo mejor que había en mí. Y por más que mate a la Hydra, robe las manzanas de las Hespérides, capture Toros en Creta o al perro Cerbero en el mismísimo infierno, la redención es efímera para mí. Ninguna penitencia me mantiene a salvo de mi propia conciencia, amor. Y no hay Valhala que te proteja a ti. –

 

-No me conoces, mi amado Heracles. Yo soy el amor y la belleza, soy la vida… Pero también la muerte y la magia. A mí me pertenecen la mitad de los caídos en combate. Mi ejército no tiene fin. Ni mi poder. Yo también tengo enemigos, Loki no ceja en su empeño de atormentarme: intentó robar mi collar y me acusó de yacer con todos los dioses. Pero soy fuerte y ya he llorado lo suficiente, lloré oro sobre las piedras y ámbar sobre los mares. He buscado el amor de Odur por más mundos de los que existen y he acabado encontrando el amor aquí, en tus brazos, en un tiempo y un espacio que son imposibles… Sólo cuando llegue el Ragnarök tendré que someterme a mi destino, pero hoy mi destino eres tú.-

 

-Tus palabras me encienden y me elevan, mi bella Freya. Me hacen creer en el futuro. Tal vez si una magia más fuerte que los propios dioses ha querido reunirnos a ti y a mí, haya un lugar más allá de las leyendas donde el odio no nos alcance, donde aquellos que son tan diferentes puedan amarse sin temor a sufrir. Un lugar en el que las religiones y las familias no nos acechen y la mitología no sea más que un cuento que se lee a los niños para dormir…-

 

La tormenta vuelve a desatarse fuera con intensidad mientras los amantes se besan de nuevo cada vez más a prisa, inflamando el fuego de la pasión compartida.

 

En ese momento, se enciende la luz, se abre la puerta. Un tipo con uniforme azul de poliéster y gorra de plato contempla la escena que se desarrolla a sus pies.

 

-¡Joder, qué desastre!- masculla entre dientes.

 

Ha vuelto a dejarse la ventana abierta y, con el vendaval que ha provocado la tormenta, los libros se han vuelto a caer. El tipo es un entusiasta de los juegos de rol, los cómics, los personajes mitológicos y los seres fantásticos.

 

Resopla, se agacha y contempla los dos libros abiertos que han caído uno sobre el otro: Introducción a la Mitología Clásica y los Edda, leyendas e historias nórdicas. Cierra el primero de un plumazo sin detenerse a contemplar la maravillosa ilustración de Hércules por la que estaba abierta y toma entre sus manos el segundo, en el que se para a contemplar la larga melena rubia y los bien definidos músculos de la diosa Freya…

 

-Vaya pedazo de tía. Eso es una mujer y no los despojos que llegan a esta mierda de hotel… El paraíso ¡ja! El paraíso del aburrimiento, le deberían poner porque para lo que hay que ver… Si no fuera por el sueldo al final del mes y la habitación gratis aquí iba a quedarse su padre-

 

¡Su padre, su padre! Repite la pareja de loros del conserje. Cierra este libro también y coloca los dos volúmenes en el estante. Mira a Loki y a Hera un instante antes de volver a la recepción del hotel.

 

Qué curiosos estos loros, tienen una mirada tan inteligente… a veces hasta  parece que ríen.

 

16.05.2017

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Amigos, he de confesarlo: ayer maté a Bambi. Después de haberme comido a su padre… O al menos eso creo.

 

Lo cierto es que el fin de semana (éste largo del que hemos disfrutado los madrileños acogidos a nuestro patrón) no auguró desde el principio nada bueno en mi relación con los corzos. Ya en el viaje de ida me encontré con uno jovencito que no temió mi mirada ni el coche que paré a su lado, pero que sufrió un ataque de timidez repentina frente al objetivo de la cámara del móvil y me dejó allí plantada y sin foto para demostrarlo. Un kilómetro más adelante apareció trotando otro junto al camino (o quizás el mismo), al que vi mirar las ruedas con claro gesto de desafío, pero que afortunadamente eligió distinto destino.

 

Pero en una trágica concatenación de refranes (como no hay dos sin tres y a la tercera va la vencida), en el viaje de vuelta – a pesar de ir alerta por estar advertida sobre la proliferación de esos animales en ese tramo de carretera- se produjo el triste suceso que ha dado titular a la presente entrada… Bambi salió de la nada por mi diestra y se empotró directa contra el lateral del coche. Sospecho que el impacto fue mortal, pero me fue imposible parar en ese tramo para comprobarlo y socorrer al animal.

 

Siento enormemente el daño causado al tierno cérvido. Una cosa es comer caldereta de venado como parte de una celebración popular (estaba exquisita, por cierto) y otra muy distinta la cacería motorizada involuntaria. Pero después del golpe mi preocupación principal, confieso, no fue por la fauna sino por mi propia seguridad. No dejo de pensar que si el golpe hubiera sido frontal, mi carrocería y la de mi coche hubieran salido bastante mal paradas.

 

Y  vista la alarmante frecuencia con la que se producen sustos como estos últimamente en esa zona, me pregunto si no sería más prudente autorizar más calderetas y sufrir menos accidentes… Por el bien de los animales de dos patas.

 

Martes y, a Dios gracias, sereno. Muy buenos días.

24.02.2017

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Blanca se sentó sobre el columpio a contemplar el parque nevado. Podía notar a través de los vaqueros el frío del metal, pero le gustaba aquella ensalada de sensaciones: el tibio calor del sol en la cara, el tacto helado de la cadena del balancín, los sonidos mudos del parque solitario, el olor a limpio que la nieve dejaba en el aire… La suma de todo resultaba ser un jersey sin estrenar; o una cama con las sábanas recién cambiadas. Un mundo nuevo donde cabían la esperanza y las ilusiones, donde el futuro no se veía a través del cristal de una botella a medio terminar. Exactamente el mundo donde ella quería estar.

 

Le había costado mucho llegar hasta ese punto. No tuvo una infancia fácil: perdió a su madre antes de poder tener siquiera recuerdos de ella y el padre, que se mataba a trabajar para rodearla de comodidades, no tuvo vocación de viudo y pronto sacó a su rubia y estirada secretaria del despacho para meterla en el colchón. Acostumbrada a organizar la endiablada agenda de su jefe, Astrid había sido muy eficiente en llevar por buen rumbo la casa, pero sus maneras frías y una tanto castrenses no ayudaron a crear un vínculo afectivo con su hijastra, a la que obligaba -por su bien- a hacer casi todas las tareas de la casa.

 

En la escuela tampoco fue una niña afortunada. No tuvo una madre que le atara con gracia los lazos de las coletas, usaba gafas y, en la adolescencia el acné se adueñó de su cara. Además, nunca destacó en los deportes, era un poco pato en gimnasia y los juegos de equipo -tal vez por sus complejos- no se le daban. Fue una niña solitaria, algo aislada; aprendió a vivir dentro de su cáscara, donde las mofas de sus compañeros no pudieran dañarla.

 

Afortunadamente contaba con el apoyo y el amor incondicional de su abuela. No podía verla con tanta frecuencia como le gustaría, pues vivía en un barrio a las afueras de esos que su padre diría que son de “gentuza”. Pero Blanca atravesaba el bosque de la gran ciudad cada vez que podía para refugiarse de sus tristezas en casa de su abuelita. Sus grandes ojos que habían conocido épocas más oscuras la miraban como a la chiquilla guapa que no era, sus orejas siempre estaban abiertas para escuchar las historias de su nieta y su boca, que pudiera parecer pequeña, se ensanchaba en una gran sonrisa cada vez que “su princesa” entraba por la puerta.

 

Pero las abuelas no son eternas y la de Blanca se fue apagando recostada en su cama cuando más la necesitaba ella. A los 17 años, Blanca se quedó de nuevo huérfana; sin la capa que la protegía del mundo, cuando murió su abuela.

 

Y fue entonces cuando se torcieron de verdad las cosas… Empezó a cruzar la ciudad y a pasar tiempo en el barrio de su abuela, pero no en la calidez de un hogar, si no en las sombras más oscuras de las callejuelas. Rodeada de aquellos que tanto su padre como su propia abuela le recomendaron evitar. Sintiéndose libre e imbatible cual pirata al olor del ron más fuerte. Haciendo amigos, por primera vez, al amor del porro que se comparte. Buscando refugio en los tugurios más terribles. Encontrando fuerzas y felicidad en toda sustancia que la hiciera olvidar.

 

Y el lobo de la noche la devoró. La consumió como ella consumía las drogas y el alcohol, cada vez un poco más duro, cada vez un poco más dentro. Pasó años atrapada en el interior de esa bestia, de su propio dolor, hasta que sus erráticos pasos por el sendero más duro de la vida y varias intervenciones del Samur la llevaron ante las puertas del centro de desintoxicación “El Leñador”.

 

Ellos supieron darle armas con que vencer al monstruo que anidaba en su adicción. Volvió a tener ojos que la miraran con cariño, orejas que le prestaban atención y bocas que le dirigían sonrisas comprensivas en lugar de comérsela a exigencias.

 

Hoy, sentada en ese parque, recordando su historia, agradecía en silencio el final de su cuento de terror. Se enfundó la roja capucha de su abrigó y cruzó la ciudad por el camino más seguro para llegar a su hogar. Tenía prisa… Tenía que meter las perdices al horno.

03.02.2017

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Llevaba asiento de ventanilla; años viajando en autobús y, siempre que puedo, la elijo. El caso es que no sé bien por qué. En verano, el sol te abrasa en los ojos por más que eches la cortinilla (que es ese trapo plisado y lleno de mierda que cuelga entre el cristal caliente y tu brazo desnudo) y en invierno el frío traspasa la frontera acristalada y se te cuela por entre las mangas sin piedad, a la vez que un aire gélido -que nadie sabe de donde sale- convierte en cubitos de hielo los dedos de tus pies. Pero me gusta. Disfruto dejando vagar la vista por un paisaje que desfila a toda velocidad kilómetro tras kilómetro, siempre hacia adelante. Tengo la sensación de que hay tanto que mirar… como si volara libre hacia una línea del horizonte que no acaba de llegar jamás. Insisto, me encanta.
El caso es que esa noche, que volvía a Madrid después de un fin de semana intenso en la costa y a pesar de que mis planes eran más de párpado cerrado que de contemplación extasiada, había elegido el asiento junto a la ventana de forma mecánica. Me di cuenta de que probablemente había sido un error nada más sentarme; que pasar las próximas seis horas dando cabezadas sobre un cristal helado no me daría el descanso soñado, pero ya no podía hacer nada; el autobús se llenaría en la última parada y presentía que me iba a tocar pasar una nochecita toledana. Y el caso es que así fue, pero no por los motivos que yo pensaba…
Efectivamente, en la estación de Málaga subieron el resto de los pasajeros y el asiento a mi lado lo ocupó uno de ellos: un tipo anodino al que sólo dediqué una mirada de soslayo y un saludo desganado mientras guardaba el móvil, sacaba los cascos e intentaba buscar acomodo en la estrechez de mi espacio.
Me coloqué el abrigo por encima a modo de manta y me obligué a cerrar los ojos, buscando crear un aislamiento sensorial que me ayudara a pasar el mal trago que suponía se avecinaba, pero no había manera, estaba incómoda: la cabeza me rebotaba en cada bache, los riñones se me partían y, para colmo, mi compañero de asiento ocupaba más espacio del que le correspondía y notaba el peso de su brazo caliente apoyado en el mío.
¡Qué jeta! Pensé. Y le eché una mirada de esas que matan a ver si se daba por aludido. Pero tenía los ojos cerrados y se perdió mi gesto airado. ¿Estaría dormido o disimulando? Le observé con atención durante un rato. El caso es que de perfil no era feo: mandíbula definida cubierta por una barba corta y cuidada, nariz elegante y pequeñas arrugas en la frente, como de quien suele pararse mucho a pensar lo que dice… Pero nada, no se inmutaba, así es que volví a cerrar los ojos e hice un movimiento brusco de colocación para despegar mi brazo del suyo y que dejara de invadir mi asiento.
Esto sí pareció funcionar. Noté cómo se erguía y separaba de mí y sonreí en silencio por mi triunfo. Pero fue una victoria baldía; a los dos minutos acabó exactamente en la misma posición, apoyando su brazo en el mío aún con más fuerza, aunque he de reconocer que agradecía ese aporte de calor.
Los veinte minutos siguientes fueron una batalla campal que se desarrolló en mi mente con una intensidad brutal pero que se tradujo en movimientos casi imperceptibles de mi brazo derecho. Empujaba levemente, deslizaba un centímetro la mano y me ayudaba del hombro con sutileza para intentar recuperar mi espacio. A estos apabullantes avances de mis tropas, mi desconocido contrincante reaccionaba con igual sutileza, recolocado su extremidad superior izquierda para acabar siempre en contacto, siempre dejando parte de su cuerpo sobre el mío.
Yo estaba dispuesta a seguir así toda la noche si era necesario (el poco sueño que tuviera ya había desaparecido), pero un nuevo acontecimiento vino a parar en seco mi encarnizada lucha por liberar mi brazo… De repente, noté en mi rodilla un nuevo contacto: el de su pierna, que ahora también me estaba rozando.
El corazón me dio un vuelco. Casi sufro un infarto. En ese preciso instante me di cuenta de que lo que había estado interpretando no eran actos de guerra, si no una danza de apareamiento. El calor del brazo se extendió entonces como una onda expansiva por todo mi cuerpo, hasta terminar con un latido en mi sexo. Me quedé completamente quieta, con la razón aturdida, esperando a su siguiente movimiento que, durante un largo minuto, no se produjo.
Cuando ya empezaba a dudar de mis percepciones, pensando que era una enferma y que imaginaba eróticas intenciones ocultas por los rincones, sentí que sobre mi mano derecha la yema de un dedo…
Ahora sí que estaba claro. ¡El atrevido desconocido me estaba tocando! Y yo, que en otra situación probablemente le hubiera soltado una fresca, me estaba excitando.
Dejó allí el meñique como al descuido, así es que entendí que me correspondía a mí el siguiente movimiento… Con mucho cuidado, giré la palma de mi mano para sentir en ella su contacto. Notar su dedo trazando ligeros círculos me produjo otro espasmo. El caso es que eran movimientos sutiles, ligeramente desinteresados y al compás de los botes que el autobús iba dando, pero estimé ese ritmo pausado porque esos baches también los percibía en los mismísimos bajos.
A esa altura, mi cabeza era un hervidero de deseo y mi respiración se empezaba a entrecortar. Quería más. Y como la buena joven sexualmente liberada que era, decidí tomar la iniciativa… Despegué la mano con cierta pena del apoyabrazos y la dejé caer en su pierna.

La rodilla, que seguía en contacto con la mía, pareció dar un pequeño salto. Decidí seguir trepando, suavemente, pasando la punta de mi dedo por la costura del pantalón, hasta el vértice donde ambas piernas confluyen… Allí todo era mayor: la temperatura, lo que había bajo la tela y mi osadía, que me parecía enorme. Pero era esa emoción precisamente la que me estaba poniendo a mí a cien. Me sentía atrevida y valiente y no me importó que él adoptara un papel más pasivo, dejándose hacer.
Deslicé la mano juguetona perfilando el contorno del pene que, a mi paso, se despertaba de su letargo. Cada vez me lanzaba un poco más y lo que empezó siendo la suave caricia de un par de dedos, acabó en desacatado masaje a mano llena. Llegados a este punto, la dura realidad de su entrepierna y mis pezones pedían un salto de calidad: un roce de pieles más allá de la tela, por lo que intenté bajarle la cremallera. Él no me lo puso fácil -la posición sendente no favorecía la tarea- y por su respiración profunda me di cuenta de que le complacían mis sobeteos a ropa puesta, así es que abandoné la misión exploratoria ajena por la propia y empleé mi mano izquierda en pellizcar algunas zonas y presionar otras a resultas de lo cual en unos instantes estaba lista para sentencia.
Creo que se me escapó algún gemido, pero allí no quedaba despierto más que el conductor (que estaba a lo suyo) y nosotros dos y a decir verdad a mí me estaba entrando el sueño ya. Cerré los ojos con la diestra aún posada sobre la erección de mi apuesto desconocido, pensando que lo correcto sería ayudarle a recorrer mi mismo camino, pero un largo bostezo se apoderó de mi boca y ya no recuerdo mucho más.
Soñé que nos despertábamos juntos, nos sonreíamos y quedábamos para cenar. Pero cuando el autobús llegó a Méndez Álvaro a las siete de la mañana y abrí los ojos, él se había levantado ya; se ponía la chaqueta en el pasillo, dándome la espalda y se bajó sin volver la vista atrás.

La única sonrisa que me llevé ese día fue la del conductor, que me miró con cómplice picardía y la mía, que me bailaba en una cara algo adormecida pero curiosamente satisfecha. Ahora entendía por qué llamaban a aquel autobús “el golfo”. No por el horario, si no por las golferías.

23.12.2016

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Me descubrí a las doce y media de la mañana de un martes rezándole a Dios y al Ibuprofeno, esto es, que me metí la pastilla en la boca y la convencí de que bajara por mi estoposa garganta ayudada de litro y medio de agua, mientras me santiguaba. Fue un gesto inconsciente que no acostumbraba a hacer y que rematé con un respingo en lugar de con un amén.
Intentaba rellenar las lagunas de la noche pasada y me dio algo de vértigo la cantidad de datos que me faltaban. Me preocupaba la camisa rasgada por la botonadura, la corbata que no estaba y la nariz que notaba inflamada… ¿Esto metálico qué es? ¿Un piercing?

¡Virgen Santa! -exclamé- ¿Qué me pasa? ¡Ni que me hubiera poseído una vieja beata!

Recordaba el principio de la noche; salir tarde del curro, las cervezas con los colegas… Después algo de una chica. La rubia pibón que solía ir por el bar de Blas. Pero no lograba recordar qué pasó con ella ¿me entró? ¿le entré? ¿me entró la tos?

¡Mi madre!

Fue pensar en toser y mi cabeza – que hasta ese momento parecía carecer de lucidez- encadenó un pensamiento con otro a la velocidad del rayo (a saber: fiebre, noche, miel, el puñetero Vicks VapoRub, en la espalda, en el pecho…) y sin saber cómo ni por qué tenía el teléfono en la oreja y al otro lado de la línea a mi madre.

¡Hijo! ¡Qué bien! Acabo de llamarte, pero como no lo cogías pensé: éste salió anoche y seguro que se le fue la mano con los cubalibres y los cigarritos esos que te fumas que huelen a verde, que te conozco, que soy tu madre, Miguel. Pero oye, me sorprendes ¿Tu abuela? Muy bien, aquí la tengo, deseando verte. Sí, sí, ahora mismo le digo cuánto la quieres. Hijo, ¿estás bien? No me malinterpretes, me emociona que estés tan cariñoso pero, no sé, se me hace raro… Vale, ahora le digo a tu padre que le ayudas a prender la lumbre. No, tranquilo, yo no necesito que me hagas nada. Bueno vale, la mesa, sí, tú la pones ¿Seguro que estás bien?

Colgué con mi madre entre terribles temblores. Joder. Joder. Joder. (Señor, perdóname). Esto era grave. Que si besitos a la abuelita, que dile a papá que no cargue con la leña que ya estoy yo para aliviarle la tarea, que te mereces un descanso mami, deja que yo prepare la cena ¡Ese no soy yo! ¡No, no, no!

 
Se hacía imprescindible recordar la noche anterior. Creo que me dieron algo. Hay pastillas muy chungas, psicotrópicos ¡y setas! Setas de esas que te hacen ver enanos. Enanos montados en unicornios. Enanos montados en unicornios que vuelan por encima del arco iris y se cruzan con Papá Noel, que viaja en su trineo cargado de paquetes y tirado por nueve renos: Rodolfo, Trueno, Relámpago…

 
¿Pero qué coño digo? Yo no me drogo (bueno, sólo porros) y tampoco veo enanos ni unicornios. Y mucho menos al gordo repartidor de Coca cola ese. ¡Ho-ho-ho-ho!. No. Veo mi piso, mi ropa hecha un asco, los platos sucios en el fregadero… Pero siento algo raro. Como una sensibilidad que me inunda el pecho. Me siento confuso pero alegre. Siento amor. Amor por todo el mundo. Quiero que paren las guerras, que nadie sufra, que todos ayudemos al prójimo…

 
¡Cojones! ¡Los polvorones!

 
Ha debido ser eso. Blas sacó una bandeja con la cerveza y recuerdo haberlos probado. Debo tener un empacho. Un subidón de azúcar que me nubla el cerebro. Pero me siento tan pletórico…

 
Pues nada, así sea. Sacaré pandereta y zambomba y me rendiré a la dicha. Al fin y al cabo, como esta noche es Nochebuena, mañana será Navidad… Mi madre se llama María y no pienso dejar que saque la bota porque lo que soy yo, no me voy a volver a emborrachar.

 

16.12.2016

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Doctor, déjela ahí. No puede hacer nada por ella. Su frente abrasa como el fuego y mire su aspecto: lleva una espada en el cinturón ¡una espada! Y sus manos aferran con fuerza esa extraña copa… Vamos, hay otros que requieren nuestra atención. ¡Vamos!

El día había amanecido gris, como solía en esa época del año. Las nubes parecían descender durante la noche, como vándalos etéreos que vinieran del mar a robar las cosechas y no se disipaban hasta mitad de la mañana, cuando el sol tomaba la suficiente fuerza para convencerlas.

Aalis llevaba ya un rato en pie cuando la primera luz se filtró por la puerta. Se tomó unos segundos de descanso para llevar sus manos a la parte de atrás de la cintura, enderezarse despacio y echar un vistazo fuera. La calle empezaba a cobrar vida ante sus ojos: canteros arreando sus cargadas carretas, frailes camino de los oficios, mercaderes trasladando sus mercancías hacia el mercado… El inicio de un nuevo día en una ciudad que estaba creciendo.

Desde que el Duque Guillermo se había establecido allí, Caen era otra; con nuevas murallas, un hondo foso que les protegía y un castillo imponente coronando la colina. Parecía que soplaban buenos aires para Normandía. Tras el reconocimiento papal del matrimonio de los duques, se habían iniciado simultáneamente las obras de dos abadías: la de los caballeros, en honor a Saint-Étienne por Guillermo y la de las Damas que honraba a la Santísima Trinidad por Matilde. Para los demás, que vivían a medio camino entre uno y otro monasterio, pero distaban de ser santos ni vírgenes ni gozaban tampoco de las prebendas del clero ni de la nobleza, el resultado de tal explosión arquitectónica, había sido un comercio floreciente y el subsiguiente y bienvenido engrosamiento de la bolsa que portaban en la cintura.

Así era al menos para la mayoría. Para Aalis, en concreto, ni siquiera suponía gozar de unas libras extras para darse capricho alguno; no podía permitírselo. En realidad era un buen lugar para una mujer aún joven como ella, pero para una que no tuviera que trabajar hasta la extenuación cada día y pudiera dedicarse a embellecer su rostro con afeites, adornar sus manos con alhajas y ceñir el jubón bajo su pecho para que la camisa se viera más abultada. Para una mujer, en definitiva, que pudiera poner sus afanes en desposarse con cierta fortuna, no para una que tuviera que amasar -literalmente- la suya.

La moza del pan -como solían llamarla- sabía más de hogazas que de holganzas: única hija del panadero viudo que abastecía al burgo, no conocía los regocijos asociados a las damas de alta cuna ni las bondades de la vida campesina. Su lozanía se estaba marchitando a la par que sus carnes prietas y su espesa cabellera entre una hornada y otra. Doblando el lomo para trabajar la masa desde antes del alba, cuando su padre traía las harinas de la molienda y encargándose de la casa en la parte trasera cuando ya no quedaban ni ganas, ni obleas, ni nadie a quien venderlas.

No es que su padre fuera deliberadamente desconsiderado con ella, es que la vida se le había torcido tanto como los huesos de sus manos y sus piernas. Desde que la madre de Aalis falleciera siendo ésta una chiquilla, la gota saturnina que le atacaba se había hecho manifiesta, truncando el acceso a la maestría del panadero y alejando por la misma senda sus posibilidades de lograr aprendiz, esposa o sosiego. Acercándolo en cambio al tortuoso camino del que no sabe más que beber vino y echar el día en la taberna, apostando a los dados más monedas de las que debiera.

Arruinado el hombre así en oficio y carácter y sin sobrarle salud ni caudales, Aalis, que se crió con pocas carantoñas pero muchos redaños, se hizo cargo de casi todo el trabajo. Tampoco es que le culpara; sabía que había amado a su madre con devoción sincera, y no era malo con ella. Descuidado, dolorido y desdichado; crédulo y algo corto de sesera, pero malo no era.

En cualquier caso, de nada valían a estas alturas lamentaciones ni reproches. No ahora que la negra suerte de la panadera había mudado a buena. La tarde anterior, cuando se disponía a cerrar ya sus puertas y recoger a su padre de las malas artes de la posadera, entró un apuesto caballero a verla. Aalis se quedó de piedra, porque no era usual entablar conversación con semejante espécimen para ella que, todo lo más, se las veía a veces con la soldadesca.

El joven -alto, rubio, de frente alta, mandíbula decidida, mirada traviesa y actitud a juego con ella- entró con la cota de malla algo deslucida pero la deslumbrante sonrisa puesta. Depositó sobre Aalis su azul mirada, sobre el mostrador una moneda y en el aromático aire de la estancia, su historia… Hijo bastardo de un señor del Languedoc, había sido nombrado caballero en la última contienda; más por su valor y las artimañas maternas que por su hacienda, pues carecía casi por completo de rentas que le sostuvieran. Al parecer, ser hidalgo en categoría de advenedizo no le hubiera supuesto merma alguna de su dicha, si no hubiera aparecido en su destino Margot, la hija de un señor vecino también de Ocitania que, sin vergüenza lo confesaba, se había adueñado de su corazón, sus pensamientos y hasta su alma. Al padre de la susodicha, por contra, tales virtudes románticas no le parecían en absoluto meritorias sin tierras que las respaldaran, por lo que Bertram -que así se llamaba el locuaz caballero- se había embarcado en una aventura singular que le proporcionara los méritos necesarios para optar por su amada. Y estas curiosas circunstancias eran la causa de su presencia ante la panadera, que a estas alturas del relato le miraba entre cansada y desinteresada, al perder toda aspiración romántica.

Al notar Bertram que su introducción a la explicación había sido quizá demasiado extensa, terminó por resumirle el motivo de su visita. Hasta sus manos había llegado, por oscuros cauces que a su locuacidad no le pareció menester relatar, una hermosa espada labrada en el más fino de los metales. No era un arma al uso. La filigrana de su empuñadura representaba una suerte de paisaje y, a lo largo de su filo, se distinguía un intrincado grabado de letras que para Aalis era una maraña compleja, pues desconocía el arte de la escritura. Bertram le explicó que era una espada de leyenda, que era la llave de un misterio, el mapa de un tesoro; se decía era la clave para llegar donde nadie había llegado jamás. Miró el refulgente filo y recitó de memoria:

“Aquel que requiera huir del presente de esta manera,
deberá encontrar el camino por encima del espino,
hasta el aciago lago que no refleja el fuego.

Ofrecerá al manantial la sangre por la espada derramada y llevará hasta su boca la bendecida copa, que trocará por otro día sus afanes y su valentía.

Tal es el poder de este conjuro que quien lo resuelva logrará lo que nunca tuvo ninguno”.

Las palabras se quedaron unos segundos de más suspendidas en el aire que los separaba. Después, Aalis recuperó la capacidad de respirar y Bertram la gracia de hablar. El muchacho había cruzado Francia entera desenredando la madeja de tal trabalenguas: desde Carcasona hasta el Monte Saint Michel y de allí a Caen, hasta dar con ella. Ya tenía el resto de las piezas. Sólo le restaba encontrar el “aciago lago” que aparecía en el texto y representado en la empuñadura y, según había descubierto, su localización era un secreto conocido únicamente por las mujeres de la estirpe de Aragonia que lo transmitía de generación en generación y, precisamente, terminaba en la madre de la panadera.

Aalis miró el bello rostro del caballero y sintió pena. Le explicó que no podía ayudarle: su madre había fallecido siendo niña ella y jamás le había hablado de tal leyenda. Todo lo más que podía ofrecerle era un pastel por su moneda y, tal vez, examinar la espada por si le levantara algún velo de la memoria, que las palabras no desentrañaran.

Bertram, hundido por la desilusión, aceptó ambas propuestas, sin darse cuenta de la codiciosa expresión que cruzó la cara de ella… Por supuesto que Aalis había reconocido el paraje que la espada invocaba, antes incluso de oír todas las pistas que le daba el texto. El camino por encima del espino llevaba hasta la charca de brea. Su madre solía  frecuentarla y así se lo enseñó a ella. Cada día, tras poner a cocer la primera hornada, se internaba por el pequeño bosque tras las murallas y ascendía por un camino corto pero escarpado que arrancaba oculto tras unas matas de hiedra espinosa que nadie osaba tocar; allí recogía una orza del agua pestilente que estaba bajo la primera capa espesa y que era, al parecer, el único remedio para aliviar los males paternos.

La chica, con la determinación de quien lleva mucho sufrido y la fuerza de quien lleva mucho amasado, echo un ultimo vistazo al joven y, sin dudarlo, hundió el lustroso filo directamente en garganta del caballero, allí donde la cota de malla y su inocencia no le protegían. Bertram duró vivo lo que tardó en exhalar medio suspiro; Aalis no tenía tiempo para lentas agonías ni velatorios. Antes de que su cuerpo estuviera rígido lo recogió tras el mostrador, apiló encima algunos sacos y removió la tierra batida del suelo para disimular la sangre. Aunque sería imposible disimular el olor, no esperaba visitas y su padre hacía años que tenía el olfato embotado. Salió y registró el caballo; encontró la copa en uno de los fardos.  Escondió el animal en la parte trasera de la vivienda, mientras se aseguraba de que nadie la viera para no despertar sospechas.
Lo cierto es que todo estaba resultando sencillo. Quizás un plan más elaborado le hubiera planteado alguna duda moral pero, con este vertiginoso giro de su suerte, su cabeza estaba funcionando rauda y sagaz, sin arrepentimientos que la cuestionaran.
Al día siguiente tendría que levantare a la hora habitual. Encender el horno. Preparar la masa… Y, cuando el día despuntara, poner rumbo a la laguna como hacía habitualmente aunque, esta vez, sería para no volver.
Y así lo hizo, con la salvedad de que el sueño no vino a acompañarla. Las imágenes de un futuro nuevo, emocionante y mejor bailaron en su cabeza. Y con ellas aún frescas, subió el camino por encima del espino, clavo en su dedo la espada hasta que una gota cayó en la copa, la llenó del líquido de la charca y bebió sin conocer que las espadas son armas de doble filo y que la leyenda de esta continuaba…

“Tal es el poder de este conjuro que quien lo resuelva logrará lo que nunca tuvo ninguno.

Pero ha de aquel que no supiere que quién con hierro mata, a fuego muere.

Pues aquellos que guarden en su pecho un corazón oscuro, invocarán ese mismo futuro”.

 

Hombres de uniforme corrían con sus fusiles, huyendo de la metralla, caían bombas del cielo y el suelo era un caos de sangre, polvo y cenizas.

¡Déjela doctor! No se puede hacer nada por ella. Parece agonizar, pero no podemos ayudarla… Desgraciada su suerte que la ha traído precisamente en este día a Normandía.

25.11.2016

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¡Que es precioso, dice!

Precioooso, precioooso…

¡Echa más kétchup!

¡Por aquí, por aquí!

¡Otro chorro!

¿No dice que estos callos me los ha hecho la abuela?

Pues si son callos, van a ser con tomate ¡No te digo!

 

Todos los meses tenemos que pasar un domingo en casa de los abuelos. A mí no me importa porque los abuelos viven en un pueblo muy chulo lleno de casas viejas en las que puedo jugar al escondite y me dejan salir con la bici por cualquier camino y puedo tirar piedras a los gatos y hay un montón de animales raros que cuida el abuelo y me deja tocar: seis gallinas, una vaca, un mulo, dos cerdos y, mis preferidos, cuatro conejos suavecitos que se dejan coger como bebés.

 

El pueblo está guapísimo. Y los abuelos me caen bien. Nunca me regañan ni me obligan a hacer los deberes. En verano mamá me dejó con ellos un mes y fue guay. Bueno, casi todo, porque la comida era un asco, todo el rato igual: patatas un día, garbanzos otro y vuelta a empezar. ¡Y sopas! Por la noche “sopitas para mi niña” ¡Puaj! No había burguer, ni pizzas, ni los sobres esos de estrellitas que me da mamá para cenar. Pero bueno, te acostumbras… y los bocatas de salchichón de la merienda sabían genial.

 

El caso es que la abuela es muy buena conmigo; me da muchos besos de esos que manchan la cara de babas. Se nota que me quiere un montón y eso, pero está un poco anticuada. No entiende nada de las comidas de ahora ni de ropa. De ropa no sabe nada de nada. Ella va siempre con unos pantalones viejos que no son ni vaqueros, ni de chándal; son como de tela pero con bolitas. Y de arriba jerséis de punto de los que hace ella (hasta en verano, que son parecidos pero de manga corta). Los fabrica por las noches con unas agujas largas, mientras ve la tele (dice que ella no sabe estar sin hacer nada). A mí también me ha regalado muchos “jersés” -como ella los llama- que mamá me obliga a ponerme cuando vamos a verles, aunque son horrorosos y pican. ¡Pero no son tan espantosisísimos como este vestido, que lo tiene todo! De nido de abeja y callos, dice mamá. Que la abuelita te lo ha hecho con todo cariño, que son carísimos, que te lo pongas y punto… ¡Pues no me da la gana! Que no me fío de las abejas y los callos no me gustan. Y si es tan caro, que lo venda y me compre una Game-boy de esas que tienen ahora todos los niños menos yo.

 

¡Que no, hombre, que no! ¡Que no quiero ponerme ese trapo! ¡Que la abuela no sabe vestirse bien ni para las fiestas! Se pone unos vestidos para ir a misa súper feos; de color marrón caca, de vieja. Hasta la ropa interior es de lo más rara… Un día me pidió que buscara un pañuelo en su habitación; entré, miré en el armario, abrí el cajón de los camisones y tenía cosas rarísimas de cuero debajo: una especie de pasamontañas negro, unos tirantes con pinchos, esposas como las que lleva Sonny Crockett para atrapar a los malos, un sujetador como los de mamá pero con dos cucuruchos duros y algo parecido a un bañador rojo y brillante con tiras para atar por los lados; ese al menos, era bonito. Pero cuando le pregunté que si me dejaba usarlo se puso muy blanca, muy seria, se sentó y me dijo que se había mareado, que por favor le diera una vaso de agua y que no volviera a curiosear en lo que no era mío. Que era una costumbre muy fea y que, si no le decía a nadie lo que había visto, ella tampoco contaría lo mal que me había portado.

 

Vamos, que la abuela es muy enrollada pero, de moda, no sabe nada. Y la horterada esa de los callos no me la pongo porque no. ¡Si además yo nunca llevo vestidos! No sirven para trepar por el muro, ni para montar en bici. Y seguro que el abuelo no me deja ir a cuidar a los animales con eso puesto. ¡Con las ganas que tengo! El abuelo me está enseñando a guiar al mulo. Dice que no tengo que tener miedo. Que use el látigo cuando sea necesario, que al mulo no le duele tanto. A mí me da un poco de pena pero será que no entiendo tanto de bichos como él. Eso me ha dicho: no te preocupes Ana, que algún día sabrás usar el látigo tan bien como yo. Y yo le veo tan feliz y sonriente en esos momentos, mirando como más allá del mulo, que estoy deseando aprenderlo todo… ¡Y para eso no puedo ponerme este vestido!

 

¿Ya está bien pringoso?

Muchas gracias, Pablo

Me subo a casa ya, que mi madre me estará esperando para irnos.

¡A ver qué cara pone cuando vea el vestido echo un asco!

Sí, seguro que me llevo un bofetón

¡Pero mejor un buen latigazo…

…que llevar un vestido de callos!