playa

04.12.2015

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A cuenta de pasarme unos días haciéndome pasar por una jubilada ociosa, me he dado cuenta de que, para esto, también hay que tener escuela.

Mira que yo pongo mi mejor cara de ‘el tiempo y la estética no me importan nada’ y que el puñetero tinte vuelve a dejar asomar mis canas, pero no cuela. Cuando llego a los bancos del final del paseo marítimo, ellos ya los han ocupado. Si se me ocurre sonreirle a alguna paloma, ellos ya la tienen cebada. En la mesita perfecta de la cafetería, siempre hay alguno afincado jincándose una cerveza helada… Y a mí se me queda cara de atontada, porque me siento como una intrusa en ociolandia.

Y eso que yo tengo más juguetes que ellos: mi mp3, mi eBook, mi móvil y todas mis chorradas, pero no tengo esa capacidad de emplear el tiempo en ver el sol desplazarse por el cielo. Mis minutos reclaman siempre su finalidad: leer, escribir, pasear, relajarme… Coño! Que llega la hora y no me ha dado tiempo de relajarme casi nada!

De verdad que no sé si ese poso me lo va a dar la edad, porque el relax siempre se me ha dado fatal. Me pone un poco nerviosa, vaya. Recuerdo el día que en un balneario tuvo que venir el médico a socorrerme porque me dio un jamacuco en una bañera llena de sales y cáscaras de naranja en la que sólo tenía que ‘estar’.

En fin… Por ahora y por suerte, he podido escapar estos días a respirar aires más limpios, a empaparme de sol luciendo tirantes en pleno diciembre; a pesar de que mis amigos me odien cuando les mando fotos paseando por la playa y a pesar de que no saque buena nota en la asignatura ‘tranquilidad’. Tranquilos, que ya se me acabarán! Buenos días, buen puente y felices escapadas.

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25.11.2015

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Aprovechando que el lunes tenía la tarde libre y pocas ganas de quedarme a solas con mi cabeza, decidí ir por fin a conocer la tienda que trae revolucionado el centro de Madrid últimamente: el Primark de Gran Vía.

Como su inauguración provocó el mes pasado un auténtico caos circulatorio porque la marea de gente que esperaba en la entrada inundó la calzada, me había dado miedo ir antes por tener que enfrentarme a semejante concentración de almas entusiasmadas por adquirir unos leotardos a precio de ganga. No me agradan las aglomeraciones y menos las que se producen cuando -para más INRI- no regalan nada, pero en vistas de que se nos echan encima primero las Navidades y después las rebajas, la cosa era ir ahora o dejarlo hasta Semana Santa… y mi afán consumista llevaba mejor baza.

Para mí el Primark era esa tienda donde comprar calcetines y pijamas del centro comercial que sólo visitaba cuando tenía algún bebé al que obsequiar (porque la ropita para ellos es cuca y económica), pero -a juzgar por la fiebre desatada- me equivocaba. Han montado el chiringuito a todo trapo en un edificio de nada menos que cinco plantas con estructura de colmena y bóveda acristalada, sin complejo alguno de vender ropa barata.

Desde luego, han dado la campanada; allí hay más gente que en la guerra, más nacionalidades que en la ONU y más lenguas que en Babel. Tengo la impresión de que pasa lo mismo que un domingo de playa en Málaga: que llegan miles de autobuses de cincuenta excursionistas dispuestos a acampar cual lemmings en la orilla… pero estos vienen sin sombrilla.

Y es que este establecimiento ha provocado un seísmo de tal magnitud que ha desplazado el eje del renombrado “triángulo del arte” que ahora está formado por el Primark, el Museo del Jamón y el del Prado ¡¿Qué no?! No aparecerá en guías ni revistas, pero preguntad a cualquier turista..

 

Total, que mi intención era hablar de mi experiencia interior (dentro del edificio, que no espiritual), pero ya me he explayado demasiado, así es que me parece que este artículo irá en dos capítulos. Dejamos el resto para el próximo día. Miércoles. Buenos días!!

18.11.2015

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A veces me da por pensar, mientras me fumo un cigarro sentada en un escalón y espanto una mosca petarda por enésima vez de mi pierna, o mientras espero (y desespero) en una parada de bus o en el aeropuerto o mientras me sueño que me duermo con una verbena en pleno apogeo retumbando en mi oído, en lo simples y lo complejos que somos, a la vez, los seres humanos. En cómo es posible que te pases toda la vida conviviendo contigo mismo y aún así descubras -en un golpe de mano- que no te conoces tan bien como cabría suponer.

Igual a los demás no os pasa y soy yo la única que vive en la inopia respecto al auto análisis de interioridades, pero no me importa reconocer que así es, que me caigo de mi propio guindo montones de veces.

Va a ser verdad que la edad atempera las reacciones porque (¡joder, coño, la leche!) yo antes gustaba de un dramatismo que ahora no se me ve… Recuerdo aquella ocasión en la que me vestí tres días de luto en prueba manifiesta del cabreo por unos besos que no llegaron a buen puerto. O aquella otra en la que escapé llorando y corriendo por la playa por no sé qué chorrada que ya no recuerdo… Y ahora sin embargo, me encuentro en el extremo opuesto de tales tragedias: encarando con media sonrisa y la espalda recta los reveses personales que se me presentan. Huyendo del drama por la resultona senda de la templanza…

Que luego puede que me dé una noche por llorar en casa, o que me tiemblen de tanto en cuando los palos del sombrajo que me sustenta, pero no me va mal con estas tretas; quizás porque, al fin y al cabo, soy yo la que ha comprado el billete de la noria en esta feria.

Miércoles es. Buenos días de noviembre.

05.08.2015

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Sé que la Navidad es la época en la que la mayoría de la gente saca su nostalgia a pasear, pero yo soy un poco rarita para esto de las fechas y a mí suele ser en verano cuando me da…

Veo el paisaje desde una ventanilla y se me inunda la cabeza de recuerdos de mi infancia y mi adolescencia: los viajes interminables, los pueblos en los que parábamos por costumbre a desayunar, el caos sistemático al cruzar Sevilla… Son recuerdos buenos, bonitos, que me sacan la sonrisa, pero que dejan también un punto de hiel: el saber que son tiempos pasados que ya no van a volver.

He ahí, la nostalgia.

Y aunque el presente sea mi bandera, ni renuncio ni reniego de lo que fueron aquellos años; tan fáciles de rememorar para quienes los hemos vivido y, a la vez, tan difíciles de poner en palabras. Por eso, hoy quiero compartir una pincelada de recuerdos con la ayuda del Señor Delafé, que ha logrado -en una canción- resumirlos tan bien.

Podéis escucharla y dejar que os transporte porque esto es la canción del verano.

Esto es la canción del verano… de 1984

“Sangría congelada, paella marinera,
melón, carajillo y popeye de limón”
(…)
“Colchonetas, flotadores, motos de agua, motos de baja cilindrada dando la lata, brisa placentera, mediterráneo, calma, siesta, la abuela también duerme la siesta”
(…)
“Jefe!! Póngame… un pollo al sacúdame la arena, pelo enredado, novela negra, niño perdido llorando entre el gentío, Alberto ¿Dónde coño te has metido?”
(….)
“Los que tienen categoría -y los que no también- bailamos la conga por que…

Esta es la canción del verano y es que esta es la canción de verano de 1984”

 

Y buenos días de verano… 31 años después.

25.03.2015

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En ese fifty-fifty de cabeza y corazón que tantos habitamos, he reconocido siempre tanto la ley de la causalidad como la de la casualidad. Que las segundas sean fruto de unas primeras que no conocemos? Pues quizá, pero ahí reside parte de su encanto…

 

Todos tenemos historias en las que un azar rocambolesco juega sus cartas para llegar a un resultado inesperado. Que se lo digan a mi amiga Alba, que tiene un esguince porque la avería del coche la dejó en Madrid con tiempo de probar el padel. O a esos que por una distracción no cogieron un avión que se estrelló o un billete de lotería que tocó. Que se lo digan a la familia que regaló a sus padres por primera vez un viaje a Túnez. Por fortuna, mi casualidad del pasado domingo no fue tan determinante. Por la graciosa intervención de la suerte, yo acabé avistando delfines en la Costa del Sol (que no es moco de pavo).

 

La cosa fue que mi padre -que le suelta cada parrafada al Google que lo tumba- encargó la paella para 10 comensales en el primer teléfono que le dio el buscador, sin detenerse a comprobarlo. Al llegar a la venta donde pensábamos comer y decirnos que no tenían ninguna mesa reservada para nosotros, se destapó la confusión y recurrimos a Google de nuevo para averiguar dónde coño habían cocinado una paella para nosotros. Resultó que era el comedor de unos apartamentos a pie de playa y allí nos plantamos las dos familias al completo: en un complejo turístico desierto donde salió hasta el apuntador a observar con extrañeza a quien había hecho tan curioso encargo en semejante lugar ¡OMG! Como era de esperar la comida estaba fatal: la paella era un preparado congelado de mala calidad todo arroz y guisantes con algún tropezón de pescado sin nombre, calamar del jurásico y mejillones que habían conocido siglos mejores; coronada por unas natillas a las que la cocinera olvidó echarles el azúcar y un helado del año anterior que apareció debajo de los mejillones.

 

Pero mira tú por donde, al salir a tomar el café y el aire a la terraza, allí estaban frente a nuestras narices dos delfines juguetones haciendo cabriolas cerca de la orilla para que al menos la vista se llevara el gusto que no se había llevado el paladar… Es o no casualidad?

 

Miércoles. Buenos días!!

 

Delfín móvil paella

16.12.2014

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Otra cosa que no le perdono ni a mis padres, ni a mis abuelos, ni a la época en que me tocó ser niña es, sin lugar a dudas, la puñetera “digestión”.

 

Aunque la llegada del verano era (y sigue siendo) para mí un acontecimiento maravilloso, venía siempre acompañada de la peor de las amenazas fantasma: el corte de digestión. Los días cálidos traían las vacaciones, los baños, los helados, los juegos en la calle, la libertad en forma de playa y de pueblo… todo lo que necesitábamos los niños para vivir en el paraíso pero también, acechando desde las sombras de la calurosa hora de la siesta, el peor de los castigos: tener que guardar un mínimo de dos horas sin catar charco. No había manera de convencer a los adultos: ni me meto despacito, ni me meto rápido, ni más cuento que me invento. Reposo obligado de secano porque si no, te llevaba el peor de los cocos: se te cortaba la puñetera digestión. Y así la primera hora de la tarde se convertía en un infierno; los mayores dormían la siesta, veían el tour o charlaban un rato; pero para los niños la vida se nos iba en mirar aburridos las manillas del reloj, que se movían particularmente despacio…

 

Lo cojonudo es que ahora ese suplicio parece haber desaparecido! Mis hermanas (que son de estos tiempos modernos), ni han oído hablar de semejante posibilidad; se bañan sin miramiento cuando les parece oportuno y, por supuesto, nunca han sufrido corte alguno. Es más, el único que yo he tenido en mi vida fue por beber agua fría, no por meterme dentro.

 

Y con lo que me ha gustado siempre el agua y la cantidad de horas de ella que me he perdido… Es para tener un trauma o no?

Martes y van dos. Buenos días!

25.02.2014

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Sufro de un fuerte conflicto de intereses que socava día a día mi moral: mi velocidad media al caminar es incompatible con la de mi calle, donde moran los únicos caminantes de Madrid que no tienen prisa: los turistas…

El turista es ese ser que, aunque tenga siete títulos universitarios y un trabajo de responsabilidad en su país natal, en el momento que viene al tuyo parece faltarle un hervor. Hay, además, características comunes al turista general y otras específicas según se trate de turista de playa o de ciudad: los de playa se distinguen por el tono de su piel (que suele ser de intenso rojo cangrejo), su atuendo de vivos colores y sus horas intempestivas de almorzar.

El turista de ciudad, sin embargo, goza de otras peculiaridades… Para empezar, lo fotografía todo, igual le da que sea la fachada del Prado que la de un bloque de pisos de protección oficial (eso sin volver al fascinante caso de los asiáticos y el museo del jamón). Para seguir, carece de sensores de proximidad o los tiene invertidos; esto es, cuando te aproximas a él desde atrás no te cede el paso jamás, aunque pongas suavemente una mano en su brazo para hacerle a un lado, será como el barco de Chanquete: no se moverá (o lo hará en la dirección que te estorba). Y para terminar hay que reconocerles, eso sí, una conciencia política mucho más avanzada que en España: para ellos no existe la izquierda y la derecha, por lo que pueden caminar ocupando todo el espacio vayan por la acera que vayan.

Martes. Por favor, por favor, por favor… ¡dejadme pasar! Buenos días