metro

30.06.2015

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La gente hace cosas raras. Lo juro. En el mismo instante en que mi pluma rasga el papel para escribir esto (lo que viene a ser que mis dedos se desplazan a una velocidad endiablada sobre el teclado del móvil) llevo sentada enfrente en el vagón de metro a una mujer que lleva a sus pies un transportín para gatos con un oso de peluche metido dentro. No puedo disimular la cara de asombro. Miro señora, miro jaula, miro bicho, parpadeo y repito. Intento una mirada cómplice con media sonrisa por si la señora entra al trapo y me lo explica, pero se mantiene seria y estirada. Como la que no está haciendo una chorrada… Mi subconsciente a estas alturas ya está trabajando de autónomo puteado (sin rendirme cuentas pero a destajo) a ver si encuentra una explicación que encaje con la escena; pero tengo que descartarlas porque en todas intervienen la magia y/o los cuentos de hadas. Nada. Me quedo mosqueada.

Como cada vez que salgo del trabajo desde el 14 de febrero y veo los mensajes que se han dejado dos enamorados (o al menos uno de ellos confiesa estarlo), que rezan “Buchis te amo” el de la acera y “Buchis I love you” el del esquinazo. Con un par de corazones para enmarcarlo… Se lo escribirá en bilingüe por si en un solo idioma no se entiende? Quizás porque el amor le sale por los poros con subtítulos? Querrá apoyar a su pareja en el aprendizaje del idioma?? A saber. Tengo una curiosidad terrible con eso. Es más. Quién es “Buchis”? Será hombre, mujer o animal? Podría ser -si me apuras- hasta vegetal. Aunque me extrañarían esas declaraciones públicas de afecto a un geranio o un calamar…

Sea como sea, estos meses de exposición de sentimientos a la intemperie han dejado pálido el rosa fosforito de las letras. Tan pálido como debió quedarse su destinatario. Lo que nunca sabremos es si el cariño que se profesaban habrá seguido la misma decoloración…

 

Pero estamos en pleno verano y lo que procede no es decolorarse si no más bien lo contrario. Procede dejarse inundar por el sol, los días largos y los romances cortos. Procede disfrutarlo. Buenos días y feliz último de junio.

Buchis te amo

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11.03.2016

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Yo no tengo ni papa de alemán pero muchas veces ese desconocimiento no es excusa para el entendimiento. El otro día, por ejemplo, entendía a la perfección a los cuatro chavales teutones que llevaba al lado en el metro, que conversaban animadamente en su idioma sobre las fräuleins que se la ponían dura (literalmente, ‘harten penis’): si preferían a las suyas alemanas o a las españolas… Como os podéis imaginar, profirieron tal sarta de animaladas (en este caso alemanadas) en el trayecto, que era imposible no darse por enterado del discurso.

Sin embargo, acabo de oír a un crío hablando perfecto castellano al que no entiendo… Iba explicándole a su madre cómo había calculado el resultado de una resta; no sé qué que al cinco se le caía el unito y se hacía seis y por eso -teniendo en cuenta que el cuatro era más grande que el tres- el resultado era diecinueve! Un galimatías incomprensible para mí, que resto por la cuenta de la vieja de toda la vida y no lo sabría explicar.

Pero la gran torre de Babel de nuestros días no es tan alta desde que el Google Translator la taladra y las mayores incomprensiones no están en quienes se hablan si no en quienes se escriben por  whatsapp…

No sé qué nos pasa que malinterpretamos las palabras del whatsapp. Con eso de que falta la pata no verbal de la comunicación, no le ponemos la entonación ni la intención correcta al interlocutor y bronca que te crió. Entre el exceso de abreviaturas, la ausencia de signos de puntuación y no verle la cara al que te envía el mensaje, es muy fácil que se monte el follón. Así es que, por favor, más comas, menos piques y que viva la comunicación!

Viernes. Que disfrutéis del finde y buenos días!

11.12.2015

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En ocasiones, a poco que uno se despegue ligeramente del móvil o de su propio ensimismamiento, te conviertes en testigo involuntario y de primera mano de un rosario de historias ajenas que no aparecen ni en el telediario ni en el Gran Hermano ese que a tanta gente atrapa.

 

Ayer una mujer sentada a mi lado en el metro, hablaba con otra a la que intentaba consolar “Bibiana, tranquila, no te alteres. Que de hambre no nos vamos a morir. Sí, es una pena que tengas que dejar ese piso, porque un chollazo así no vas a volver a encontrar, pero si te lo ha dicho el médico tendrás que operarte, mujer. Te vienes a vivir a mi casa y nos arreglamos como sea. Quizá incluso te venga bien, Bibiana, que la vida de Montera no es vida”.

 

El otro día, sentada en un banco de una plaza, la siguiente escena se desarrolló delante de mis narices. Reproduzco el diálogo:

 

[Señora algo flipada que se cruza con un señor desconocido que va paseando al perro].

 

[Flipada] (Agachándose a acariciar al animal): Ay! Qué viejita es!!

[Paseante] (Sorprendido pero amable): No, sólo tiene cuatro años..

[F]: Anda! Bueno, pero es muy guapa!!

[P]: En realidad es perro

[F]: Vaya! Es verdad!! Y se le ve que tiene cara de pocos amigos!!

[P]: En absoluto, es muy amigable

[F]: Y cómo se llama?

[P]: Trueno

[F]: Qué bonito nombre le pusiste

[P]: La verdad es que lo adopté y ya tenía ese nombre

[F]: Mmmm… Qué bien. Venga hasta luego!!

[P]: Adiós. Que vaya bien

 

Y es que en el plató gigante de la ciudad, cada uno llevamos dos hermosas cámaras en la cara. A mí, personalmente, con eso me basta.

 

Viernes que esta semana no se ha hecho esperar. Feliz fin de semana y buenos días!

16.11.2015

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Lleva una americana gris verdosa con coderas, pantalones grises y zapato marrón. Todo limpio, planchado y correcto, aunque se ve algo usado.

 

El pelo abundante pero completamente cano. Nariz grande, carnosa. Ojeras no se le ven, pero luce grandes bolsas. Inflamadas y flácidas. Caen sobre unos mofletes que le cuelgan también, como a esos perros -de una raza que no me sé- a los que la flacidez aporta cierto aire de bondad.

 

Todo está acorde a su edad; nada que quepa destacar. Pero no puedo quitar los ojos de él mientras camina arriba y abajo del andén. Espera al metro de enfrente y ni el suyo ni el mío vienen, así es que me entretengo observándole como si fuera un escenario por donde pasease.

 

Quizás me haya hipnotizado su caminar errático o su aura triste, pero lo que no se me va de la cabeza es esa manera de mirar intensamente las vías; como si viera en ellas algo que no vemos los demás.

 

Llega su metro y, al momento, el mío. Nos subimos y cada uno sale de la escena en direcciones opuestas. Aunque de alguna manera él viaja conmigo: en el recuerdo y en esa incómoda sensación de tener delante de las narices un drama en el que no pinto nada.

 

Probablemente, con algo de tiempo y de interés, todo se ve. Pero la mayoría de las veces acabamos siendo el vecino que aparece en la sección de sucesos diciendo “Es incomprensible. Eran una familia normal y corriente”.

 

Lunes triste con la imagen de otras cosas que no se entienden grabada en la retina. Yo no soy de vestir lutos ni reivindicaciones en el perfil, pero también me duele París. Buenos días.

16.09.2015

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Ocho de la mañana y tengo que vestirme. Mira el reloj, por Dios, muchacha. El metro! Que lo pierdes!! Pero esta mañana el termómetro ha pegado un traspiés y no sé qué ponerme. No. No. No es un acto de coquetería rampante; es que de veras no lo sé. No recuerdo cómo había que vestirse para salir a una calle a 16 grados. Y mira que ya lo advirtió el gilipollas del meteorólogo, pero soy un desastre. No sé planificar. Bueno sí sé planificar, pero no planificarme. El reflexivo no se me da bien. Será que reflexionar es lo que no sé? Qué coño, si lo estoy haciendo. Entonces eso no es. Es la otra cuerda de la madeja. Que soy un desastre. Que a mis treintaytodos -que me dijo aquel- funciono a golpes; a impulsos eléctricos. Como las ancas de rana. Ancas, ancas… Dónde meto las ancas? Pantalones? Joder qué tarde es. Es que no me apetece volver al dictado de los puñeteros pantalones día sí y día también. Y el armario lo tengo cargadito de piernas al aire. Pronto tendré que hacer el cambio. Con lo poco que me gusta. Y la pereza que me da. Pereza la que tengo esta mañana. Uff, qué mal!. Bonita, vístete. Que llevas una hora con la puerta del armario abierta y todavía no te decides. Ves, esa es otra. Yo antes cerraba mejor las puertas. Bueno, cerraba la puerta y punto y ahora ya ni eso sé; se me quedan todas entreabiertas y se me ve el envés. Madre mía! Mira que hora es!! Definitivamente llego tarde. Ya no es sólo los pantalones, es que no sé qué zapatos me voy a poner. Aún puedo ir enseñando el empeine? Se me helarán con la ventolera? Ventolera la que tienes en la mente, mujer. Que te dejas llevar por los instintos y eso no puede ser. Bueno venga, qué te vas a poner? A tomar por saco. Esto mismo. El peto ese que te compraste que parece el de súper Mario Bros y zumbando; aunque con esa camiseta no te queda bien. Va, da igual. Acábate el café. Los dientes. Pendientes. Colonia. Calle. Y a correr.

 

Miércoles. Parece que el tiempo está cambiando, no? (¡Joder!). Buenos días.

14.09.2015

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En persona y pettit comité muchos me hacéis comentarios sobre los artículos que escribo para este blog… Que hay que ver qué inventiva, que vaya cosas me pasan… Y reconozco que es cierto que a veces la pluma toma su propio ritmo y me permito alguna floritura en aras del interés dramático del texto pero -nabo en mano una vez más- a Dios pongo por testigo que todas las anécdotas que cuento de mis avatares diarios tienen un origen cierto.

Por ejemplo, hace poco he sido madre en el metro. Para sorpresa de todos los presentes (empezando por la que lo cuenta), un niño ha comenzado a llamarme mamá a gritos ¡! Yo al principio no me había percatado. Iba ensimismada con el móvil y pensé que la señora que parió al infante estaría bajando las escaleras detrás mía, pero al girarme y ver que allí no había nadie, he empezado a mosquearme. Máxime cuando el crío no hacía más que hablarme: “Mami, mira como bajo por la barandilla”, “Mami quiero irme”, “Mami, por qué no juegas conmigo”. Todo dicho en modo histérico y sin dejar de mirarme.

¡Pero leñe! ¿Tanto me pareceré a su madre? Y, por cierto, ¿ella dónde se mete? Porque no es normal que un chaval de ocho o nueve años viaje solo en metro y, encima -como Marco- sin dejar de buscar a su puñetera madre!!

Lo más grande ha sido las miradas de desprecio que me he granjeado del resto de viajeros presentes, en cuyos ojos podía leerse claramente lo mal que les parecía que yo le hiciera más caso al móvil que a mi hijo. Y peor les habrá parecido cuando me he perdido andén adelante escabulléndome entre la gente. Pero, entendedme: por mucho que digan que a caballo regalado no se le mira el diente, no puedo quedarme a éste…

Y mucho menos un lunes, que tenemos toda la semana por delante!! Buenos días

10.09.2015

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En contra de la lógica, la costumbre y el propio instinto de supervivencia, por más años que voy cumpliendo, tanto o más me siguen gustando los parques de atracciones.

A la mayoría de la gente que conozco les encantaba montarse de adolescentes pero, al madurar, van perdiendo las ganas porque se marean, o sienten vértigo o tienen pavor a que una tuerca esté mal apretada. Y es verdad que lo de la tuerca también pasa por mi cabeza, pero me puede más lo que disfruto en la primera bajada. No me mareo en nada: ni subiendo, ni bajando, ni girando… ni centrifugando, vaya (a veces pienso que debería haber sido astronauta). La única ocasión en la que la velocidad me marea es cuando se detiene; me sucede muchas veces que voy conduciendo tan contenta y, al parar en la gasolinera, se me descoloca un poco la cabeza ¡!

El problema es que una no suele encontrar el tiempo, la compañía ni el presupuesto para ir tan a menudo como quisiera y al final, se me pasan los años sin catarlo. Por eso este sábado -que me ha tocado- pensaba, mientras hacía cola para subirme en los cacharros, que hay un modo de solucionarlo… La lanzadera, por ejemplo, podríamos instalarla como ascensor en edificios de más de cuatro pisos. El metro también daría para mucho: en lugar de hacerlo tan monótono pueden construirse los raíles con subidas, bajadas y curvas cual montaña rusa y, en los tramos planos, con cuatro actores, nos valdría de túnel del terror. Lo de los coches chocones facilísimo: es ponerle goma a los parachoques, una banderita en la antena y aprovechar cualquier atasco…

 

Y así con cuatro duros y algo de imaginación, convertiríamos nuestra ciudad en un lugar lleno de emoción!!… O al menos de sensaciones que se pudieran resolver con un simple salto del estómago, porque de las que te atacan el hígado ya vamos sobrados.

Jueves. Buenos días!