cama

23.02.2016

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No sé si solo a mí me pasa, pero cada vez que cambio la funda del nórdico, se me dispara la actividad; no sólo física si no también intelectual.
Afortunadamente, no es tan frecuente porque soy de esa pandilla de antiguas que hace la cama introduciendo un complemento vintage conocido como “sábana” entre la piel del cuerpo y la citada funda, lo que ayuda a que no haya que lavarla todas las semanas, pero aún así, cuando le tengo que dar un agua, le doy muchas vueltas… Vueltas mentales y literales porque vamos a ver… Cómo puede ser, que unos suecos tan listos que han creado una red de 314 tiendas en 38 países a cual más moderna, laberíntica y productiva, no sean capaces de inventar otro sistema mejor que meter 240×220 cm. de relleno por una aberturilla de unos 50 cm. y que te queden los patos bien colocados!!?? Hombre por favor!
A mí que no me digan que la ingeniería textil no da para más. Que yo creo que a poco que sienten a tres amos o amas de casa a pensar -unos cinco minutos nada más- idean otro sistema que no te obligue a una negociación extenuante con los patos, para que dejen plumón y pluma colocadas…
En serio, que yo no soy tan tonta como a veces puedo aparentar y tengo mi método desarrollado para meter el relleno en la funda: extiendo ambos, meto una esquina y la caso, meto la otra igual, tiro para arriba y repito la jugada, ahueco, ahueco, dos meneos por aquí, tres tirones por allá y ya está. Pero cuando acabo el proceso, la pulsera esa que ahora llevo en la muñeca me dice que me vaya a la cama, que he quemado todas las calorías del día ya.
Así es que cada vez que veo metida en esa faena, no puedo evitar pensar que ya hace mucho que la humanidad goza del uso de botones y cremalleras, y que si lo de Ikea no será un plan maestro para volver al Neandertal y que acabemos colocando la cómoda Nornäs en una cueva!!
Lo que os decía. Se me dispara la cabeza… Martes. Buenos días!!

21.10.2015

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La otra noche se me metió un océano en el oído. O eso creo al menos…

Veréis, llevo un tiempo sospechando que he perdido algo de audición por el oído izquierdo. De día todo va bien, yo diría que no preciso de trompetilla; pero, por la noche, en la cama, cuando me acuesto sobre el moflete derecho, no escucho absolutamente nada. Y pensaba que era porque mi casa es bastante silenciosa -que lo es- pero, cuando no caigo anestesiada sobre las sábanas y tardo un rato en conciliar el sueño, acabo dándome media vuelta y girando el cuello y ahí, al destapar el oído derecho, sí que oigo ruidos!!

Conclusión: o da la puñetera casualidad que los sonidos se sincronizan con mis vueltas en la almohada o ya están, pero con el izquierdo no me cosco de nada.

Pero eso no es todo. La otra noche, además del citado proceso, al girar el cuello empecé a escuchar el mar: el lento batir de las olas contra la playa, como cuando pegas la oreja a una caracola. Y ya no sé si tengo el océano dentro o fuera, pero como la habitación no está mojada, deduzco que soy yo la que tiene marejadas… Y aunque asumo que en ocasiones pueda sufrir tormentas interiores que afecten a la inestabilidad de mis fluidos, me extraña un poco que éstas sean audibles ¿no?

En fin, cosas más raras se han visto. Que se lo pregunten si no a Marty McFly, que hoy llega al futuro. Miércoles. Buenos días!

24.06.2015

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El hombre era nómada.

 

Antes. Al principio. Cuando la historia aún no existía porque no se escribía.

 

Nuestra especie nació haciendo suyo el poema de Machado y al andar no sólo hicieron caminos si no calzadas, carreteras y autovías que les acabaron llevando hasta el hogar.

 

Pero por más que uno firme una hipoteca y saque cada mañana su calcetín del mismo cajón, algo del gen errante de nuestros antepasados anida en cada paso que damos.

 

Somos nómadas de un destino que acaba por ser siempre incierto, que está en constante movimiento. Nómadas en nuestras relaciones, que fluctúan, que se desplazan con las mareas y que unas veces te acercan hasta rozarte y otras te alejan. Nómadas en nuestra profesión, donde hoy es un suicidio quedarte anclado. Somos perpetuos viajeros en fines de semana y fiestas de no guardar nada, vagabundos en nuestra ciudad buscando el mejor rincón para quedar, titiriteros del último grito, saltimbanquis de las modas. Y si no somos nómadas de conciencia es porque ejercemos el principio de coherencia.

 

Somos nómadas hasta en la cama. Recorriendo caminos que no aparecen el las sábanas. Haciendo kilómetros en estática, cuando el movimiento busca un destino en la química y no en el mapa. Muchos somos nómadas de la espalda a la que quedar pegada, o de la mano que por ella sube y baja…

 

Es cierto que dejamos los caminos para criar animales de granja, pero hoy no hay nadie sedentario; excepto, quizás, esas vacas.

 

Miércoles. Ojalá nuestros caminos de nómadas encuentren la manera de cruzarse, aunque sea en ‘los bajos fondos de la inmensidad’. Buenos días!

24.04.2015

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Entre el sueño y el sexo discurre un sendero oscuro y serpenteante.

Junto a las curvilíneas eses de sus iniciales, se dibujan otras curvas: la de una espalda y la del cuerpo del contrario que la guarda.

En la vigilia densa de dos seres que fluctúan entre el dormir y el darse placer vuelan ligeras unas manos que tan pronto acarician como se detienen, con el rumbo perdido entre sábanas y pieles.

Es el territorio incierto de una cama, en ese siglo que transcurre entre la noche y la madrugada, con la historia narrada en instantes difusos en los que no caben palabras. Donde el sudor y los sueños llevan la comparsa y el tiempo no se mide en minutos, si no en tactos y pausas.

Y mientras Morfeo se esmera en cerrar párpados, Eros se la juega abriendo labios. Y como marionetas de un guiñol para adultos, cada acomodo reduce el espacio propio, aumenta los latidos, enciende los sentidos y crece la presión hasta que el calor se hace tropical: no sólo intenso, si no terriblemente húmedo.

A esas alturas no queda ya ruta de retorno. Las llamas han hecho presa en la carne y las ganas le imprimen urgencia a lo que antes era un mar en calma. Un mar en falsa calma. Una cama navegando por un mar que no conoce la calma… Como saben aquellos que han transitado ese camino, no es lo mismo estar durmiendo, que estar dormido.

Viernes… ¿estáis despiertos? Buenos días…

17.12.2014

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Ya sé que los de mi generación (que incluye a los nacidos en un período aproximado de 20 años) estamos muy orgullosos de nuestra infancia: nuestros días lejos de videojuegos, móviles e i-cacharros, nuestras bicis, barriguitas y nuestro criarnos en la indolencia de la calle, en el desparpajo del contacto entre seres humanos… Todo eso fantástico.

Fantástico. Sí. Pero, seamos francos. Teníamos mucho. Pero no lo teníamos todo: no teníamos parques de ocio!! Me refiero a esos sitios ideados para niños llenos de bolas de plástico de mil colores donde rebozarse cual croqueta de dos patas y lanzarse por toboganes, cuerdas y colchones elásticos con la alegría de caer y no hacerse daño.

En ese sentido me temo que he nacido demasiado pronto. Es ver los Dino-chismes, Aventuro-tierras y Parque-colorines y empezar a salivar descontroladamente. ¡¡¡Yo quiero montarme!!! En mis sueños más felices no me acuesto en la cama, si no en un suave lecho de bolas de colores mulliditas que me arrullan y me atrapan. Pero nada! Estoy vedada!! Para mayores de 12 años no hay bolas que valgan!!!

Y ese, hoy miércoles, era mi tercer -y por ahora último- trauma… Buenos días!

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Últimamente sueño con sonidos. Con sonidos tan fuertes que consiguen que me despierte. Un día abro un ojo a las cuatro convencida de que el teléfono estaba sonando, otro a las seis porque oía un martillo neumático… Y nada, todo falso.

Como tengo el don de volver a caer redonda a los cinco minutos de haberme despertado, en ese sentido no me preocupa demasiado; lo que me mosquea es la voluntad que parece que le pongo a boicotearme mi propio descanso.

Vamos a ver, hombre!!
Dónde deja eso mis instintos?
Esto no pasa en las pelis, que cuando se despierta la protagonista en mitad de la noche sin saber muy bien por qué, es porque tiene al tío del hacha rondándole el lecho o porque sus biorritmos la están avisando de algún seísmo… Y en mi caso -por suerte- no aparecen ni terremotos ni asesinos dementes.

Se supone que las señales de alarma sirven para avisarte de peligros reales, no para que mi propia mente me gaste la broma del lobo (¡Que viene, que viene!). Y lo peor de todo es que, si me miente mi propia conciencia latente, ya me diréis de quién puedo fiarme!!

Ya me huelo lo que pasa: tengo el reloj interno como el externo. Mirando a Cuenca. Porque el de pulsera está pasando sus días ‘don’t touch’ y con la exactitud no quiere cuentas… Será una tontería de nada, una sincronización desincronizada!!

Jueves. Buenos días!

17.09.2014

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Pues nada. Aquí sigo. Incapacitada para ganar ningún concurso de belleza y apta en cambio para emprender un nuevo formato televisivo: “Mi flemón y yo”.

La verdad es que ya parece que mi moflete empieza a tener un tamaño más razonable; al menos ya quepo por las puertas y la gente me mira con -ligeramente- menos cara de horror. Algo es algo. Pero mi trabajo me ha costado: he pasado la mitad de la noche durmiendo sentada en el sofá del salón y la otra media intentándolo en la cama. Y no por falta de sueño, si no por la puñetera posición.

Y es que he descubierto que el flemón se nutre de mi decúbito supino (y hasta de mi decúbito prono, el muy cabrón) y he tenido que dormir apoyando la cabeza sobre dos almohadas y tres cojines que me dejaban el cuello como la peli de adolescentes: ‘A tres metros sobre el cielo’. Y yo, así, no. Nunca he comprendido como pueden dormir en esa posición los americanos de las películas y las series. ¿No os habéis fijado? Se acuestan tan tranquilos en una cama con 300 almohadones dejando el cuello alzado como un galápago y el edredón que sólo les llega por los sobacos ¡¡!! ¿Mande? ¿Y eso es estar cómodo? Cuando te vas a la cama, los cojines se quitan (ordenadamente o lanzándolos por ahí, eso ya cada cual). Y, cuando arropas a alguien, se le sube la manta hasta la coronilla, leches! Con lo bien que sabemos hacerlo aquí!! En fin…

Miércoles. Hoy os deseo, además de buenos días, un buen dormir.