frío

11.01.2016

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Ea, pues ya se acabó.

Ya hemos digerido el pavo, las uvas y el roscón. Quitamos las luces, ponemos el calendario y ¡tachán! Nos queda enero. Enero punto y pelota. Enero ‘pelao’. Despojado de fiestas y de lustre, porque parece que el mes cuesta arriba es en el que el invierno se ha decidido por fin a aparecer.

Pero ya conoceréis el dicho tradicional (que nadie tiene tradición de decir ya), “Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana” y, en este caso, más que ventanas, se abren los escaparates a las rebajas. Porque algún entretenimiento tendremos que tener, oiga! No todo va a ser aprender inglés, ponerse a dieta y ser mejor persona!!

La ingeniería espiritual de la rutina ha diseñado este inocente pasatiempo de letras grandes y pegatinas rojas para dar un aliciente a nuestro día a día, a la par que nos ofrece la excusa perfecta para pasar el rato calentitos en una tienda en lugar de encender la calefacción en casa. Bien dosificadas -y no perdiendo la templanza- las rebajas pueden salir hasta baratas.

El truco infalible para dedicarle horas a tal entretenimiento sin sacar del bolsillo un euro es buscar algo en concreto. En mi caso este año por ejemplo, que se llevan los abrigos de Chewbacca muerto, yo busco uno clásico de paño negro. Y claro, no lo encuentro. Lo más cerca que he estado es cuando me probé uno monísimo, de lana… y de manga corta!! Que yo esta moda no la entiendo. Por más que me esté la dependienta diciendo que ya llevaré una manga larga debajo, no veo el modo, si con los jerséis te hacen lo mismo. Venga a meter lana gruesa y cuellos vueltos pero el 90% de las mangas no llegan ni al codo ¿¡Estamos tontos!?

 

Entre esa broma y lo de que los tobillos sean el nuevo escote este año (‘lo más’ son pantalones pesqueros, con vuelta y sin calcetines), el que no se constipa es porque no quiere, desde luego. Año nuevo sí, pero siempre las mismas tonterías… Buenos días!!

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15.10.2015

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Una cosa voy a decir hoy: harpagofito

Renuncio. Definitivamente tengo las conexiones neuronales hechas cisco y, cuando estoy en pleno acto de meditación urbanita (jugando al Candy Crush) se me viene una palabra imparable a la mente. Me ha vuelto a pasar. Así es que renuncio. Si viene, por algo será. Investigo de qué se trata, os meto la chapa y ya se irá. Con un poco de suerte al final del año, sumándolas todas, lograremos descifrar el mensaje que el oráculo nos quiera contar.

Pues eso. Que esta vez la dichosa palabra ha sido esa: harpagofito. Me voy a la Wikipedia a consultar y el resultado es de traca: planta de la familia de las nosecuál que procede del sur de África y es conocida como garra del diablo; indicada para la artrosis y las flatulencias y ligeramente antiinflamatoria, siempre que se administre por vía intraperitoneal (¡!)

¿En serio? Que no quiero pensar mal pero ¿Qué otra lectura puede hacerse? Porque sospecho yo que esta vez mi subconsciente me está mandando ‘a tomar por culo’ así, tal cual. Eso sí, con paliativos no se me vaya a inflamar!!

Va a ser que algo le he hecho. Quizás es porque le tengo con el armario en una estación que está pasada ya y las neuronas congeladas o porque la otra noche le tuve hasta las tantas buceando en mis memorias y no tiene paciencia para tanto fantasma. Eso es. Seguro. Es una venganza. Y algo de razón no le falta. Así es que nada, harpagofito a demanda!

Jueves. Sugerís alguna otra planta? Buenos días!

16.09.2015

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Ocho de la mañana y tengo que vestirme. Mira el reloj, por Dios, muchacha. El metro! Que lo pierdes!! Pero esta mañana el termómetro ha pegado un traspiés y no sé qué ponerme. No. No. No es un acto de coquetería rampante; es que de veras no lo sé. No recuerdo cómo había que vestirse para salir a una calle a 16 grados. Y mira que ya lo advirtió el gilipollas del meteorólogo, pero soy un desastre. No sé planificar. Bueno sí sé planificar, pero no planificarme. El reflexivo no se me da bien. Será que reflexionar es lo que no sé? Qué coño, si lo estoy haciendo. Entonces eso no es. Es la otra cuerda de la madeja. Que soy un desastre. Que a mis treintaytodos -que me dijo aquel- funciono a golpes; a impulsos eléctricos. Como las ancas de rana. Ancas, ancas… Dónde meto las ancas? Pantalones? Joder qué tarde es. Es que no me apetece volver al dictado de los puñeteros pantalones día sí y día también. Y el armario lo tengo cargadito de piernas al aire. Pronto tendré que hacer el cambio. Con lo poco que me gusta. Y la pereza que me da. Pereza la que tengo esta mañana. Uff, qué mal!. Bonita, vístete. Que llevas una hora con la puerta del armario abierta y todavía no te decides. Ves, esa es otra. Yo antes cerraba mejor las puertas. Bueno, cerraba la puerta y punto y ahora ya ni eso sé; se me quedan todas entreabiertas y se me ve el envés. Madre mía! Mira que hora es!! Definitivamente llego tarde. Ya no es sólo los pantalones, es que no sé qué zapatos me voy a poner. Aún puedo ir enseñando el empeine? Se me helarán con la ventolera? Ventolera la que tienes en la mente, mujer. Que te dejas llevar por los instintos y eso no puede ser. Bueno venga, qué te vas a poner? A tomar por saco. Esto mismo. El peto ese que te compraste que parece el de súper Mario Bros y zumbando; aunque con esa camiseta no te queda bien. Va, da igual. Acábate el café. Los dientes. Pendientes. Colonia. Calle. Y a correr.

 

Miércoles. Parece que el tiempo está cambiando, no? (¡Joder!). Buenos días.

09.02.2015

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De aquella excursión que hice el año pasado al Ensanche de Vallecas en pos del consumo de gangas de la que vosotros no os acordareis ya, me traje tres cosas a destacar: una toma de contacto con una zona de Madrid que no conocía, una jarra de cristal para el agua y una sábana bajera de tejido polar.

De lo primero ya os hablé en su día, lo segundo no creo que dé para mucho comentar (cristal, tapón de acero, capacidad de 1,2 litros, muy mona, no la uso… Ya está), pero lo de la sábana polar no me lo puedo callar.

¡Por Dios! ¿Cómo eran nuestras vidas antes de que se inventara el forro polar? ¿Cómo superábamos el invierno? ¿Qué nos poníamos para ir a la montaña?
Me confieso ferviente admiradora de este tipo de tejido: abriga, no pesa, lava fenomenal, no se plancha, es ecológico y tarda poco en secar. Suave, gustosito y transpirable. Más que un tipo de tela, es un milagro. Y para colmo de bienes ¡es barato!

Jerséis, pijamas, gorros, guantes, calcetines, pantalones, sabanas, batas, mantas y la hija fea de ambas, la batamanta. Todo es mejor si es polar.
Vale que es sintético, inflamable, no estiliza nada la figura y se fabrica con Tereftalato de polietileno (un polímero plástico derivado del petróleo con un nombre insufrible) pero ya me diréis si no es mejor reciclar cuatro botellas que seguir cazando visones para despellejarlos!!

¿Frío yo? ¡Nunca! Vendí mi Damart y ahora uso un forro polar. Lunes. Buenos días!!

26.03.2014

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¿Si podría vivir en un lugar donde apenas salga el sol? Pues puede ser. Siendo el de supervivencia el instinto que los domina a todos y en mi calidad de ser humano, es probable que me adaptara a eso, pero no me lo imagino. Igual es que en otra vida he sido instalación fotovoltaica, aunque también me quedan trazas de organismo acuático… ¿Existen los paneles solares submarinos? El caso es que no entiendo sus rayos solamente como el tinte que me convierte en medalla de bronce varios meses al año, si no como el barniz que pinta el mundo de ilusión, el que insufla ánimo, el que lo hace hermoso. Soy, como cantaban Presuntos Implicados, de agua; pero también soy de sol. ¿Eso quién lo canta?

Simplemente, con sol, todo es mejor: brotan las plantas, se endulza la fruta y florecen los planes. Será que se me recargan los fotorreceptores, que soy fotosensible o que yo también hago la fotosíntesis porque de todas las energías, la solar es la que comprendo mejor ¡como no! si hasta la clave es de sol…

Por eso se me hace tan duro este retorno al invierno. A la oscuridad del día, a un sol distante, lejano y opaco que no calienta, a un viento gélido que me arranca lágrimas frías también… Y quizá yo me lleve la meteorología al terreno personal, pero es que si veis las previsiones del AEMET lloráis vosotros también

Miércoles. Podrían ser buenos días…

18.02.2014

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Algunos días sufro de (no sé muy bien cómo definirlo) una leve ‘flojera espiritual’.

No es grave ni permanente, es sólo como levantarte con las gafas grises en vez de con las rosas. Me jode, pero no me lo tomo a mal; entiendo que padecer ocasionalmente cierta tristeza existencial indefinida implica que estoy de la mitad para arriba de la pirámide de Maslow, que afortunadamente tengo mis necesidades básicas cubiertas y puedo permitirme preocupaciones algo menos terrenales. Pero esos días tienen connotaciones negativas algo molestas… Por ejemplo, camino más despacio, lo que implica una alta probabilidad de perder el metro y una exposición mayor al frío invernal que ha vuelto a tomar las calles. Además, suspiro más y eso de suspirar -excepto que seas la protagonista de un novelón romántico, que esas suspiran con mucha profesionalidad- no me parece una actividad nada recomendable. Viene a ser pegarle un bocado a la nada, darse un buen lingotazo de aire… lo cual por un lado puede derivar en una agresión a las vías respiratorias altas (porque el trago de aire entra sin tamizar) y, por otro, en una incómoda aerofagia o flatulencia de la que aquí está mal visto hablar.

Por suerte, ya lo hizo mi primo Don Francisco con su inimitable estilo personal; así es que nada mejor para hacer bueno el decaído día que terminar con esta poesía…

Poema al Pedo de Francisco de Quevedo y Villegas

29.01.2014

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El frío ha vuelto. Probablemente tendrá que ver con rayas azules en el mapa y corrientes, pero a mi me ha recordado el tema de las etiquetas congeladas que me el lunes me quedó pendiente; esas flojas que a 18° bajo cero se dejan caer de los envoltorios de albal y te dejan sin saber si guardaste pollo o calamar. Y es que aunque el otro día mi cabreo con las dichosas etiquetas era monumental, hoy me alcanza la comprensión en lo que a los efectos del frío se refiere. Hoy entiendo que las pobres se despeguen, quizá porque cuando se llega al punto de congelación el pegamento no se adhiere, quizá porque -con el frío- los roces duelen. Yo también me siento encogida y despegada, como con menos fuelle.

Estos días en los que le vemos las orejas al invierno, me acuerdo de mi antigua profe de Pilates y siempre pienso: ‘si me ve Adriana, me excomulga’, porque en lugar de estirar la columna para rozar el firmamento, me encojo y encojo como el enanito gruñón del cuento: hombros arriba, cuello abajo y el ceño fruncido en visible desacuerdo. No quiero ni pensar lo que sería vivir cada día con un frío polar; por eso hoy entiendo un poco mejor a las disidentes etiquetas de mi congelador. Por favor, que alguien me lo recuerde cuando se vuelvan a despegar.

Miércoles. ¡Ay! A saber qué he sacado hoy… Buenos días!!