amigos

16.02.2016

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Mi amiga Rocío, que goza -entre otros muchos dones con que la ha bendecido la naturaleza- de una prodigiosa expresividad, tiene una cita que utiliza frecuentemente para definir ese tiempo muerto que transcurre desde que uno decide una acción y ésta es llevada a cabo. La expresión exacta que utiliza ella y me encanta es “entre ponte bien y estate quieto”.

 

Y la frase me hace especial gracia no sólo por la coyuntura que te evoca mentalmente, si no porque la propia consideración de ese lapso de tiempo denota una sabiduría y una sensatez que no todos tenemos.

 

La inmediatez es una característica inherente a los niños y los inconscientes. Ese apremio por conseguir el objeto X del deseo no suele acarrear nada bueno. Acabas llenando tu armario, tu casa o tu vida de antojos que, de haberlo sopesado, no hubieras adquirido. O al menos a mí me sucede eso. Porque esos minutos, horas o sueños que transcurren ‘entre ponte bien y estate quieto’, te dan la oportunidad de macerar los actos y los pensamientos, amén de enseñarte la dotación de paciencia que todos deberíamos llevar en la mochila.

 

Mi mochila, en cambio, va fatal de estos conceptos: la madurez aporta poco peso y la paciencia mucho menos, porque no la tengo. Llevo otros trastos, en cambio, que posiblemente no me sirvan de mucho; llevo inocencia, llevo una memoria terriblemente selectiva y llevo un trapo rojo, al que siempre entro. Y llevo también otros vocablos que a veces están bordados en plomo… Pero que le vamos a hacer, si por lo visto ni me pongo bien ni me dejo de mover!

 

Martes. Buenos días!!

11.05.2015

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Llegados a estas fechas en que el buen tiempo no es que esté asegurado pero empieza a darse por sentado, la estación de la primavera da un sutil giro hacia una estación intermedia que podríamos llamar ‘pre verano’.

Para mí, esta época es tan deseada como agobiante y agotadora. Porque en invierno, de lo malo malo, te sale algún fin de semana descargado (de estos que tienes pocos planes y sacas más tiempo para el descanso), pero desde aquí hasta bien finalizado el verano ya no paro. Mi vida se convierte en una sucesión de idas y venidas con días laborables -también liados- en medio.

Esta acumulación de ocio primordialmente viajero, tiene -por supuesto- su cara y su cruz: en el lado bueno que me gusta, lo disfruto y me divierto. En la cara oscura está una cierta sensación de permanente destierro. La maleta no conoce el descanso, los días se pasan a velocidad de vértigo y acabas estando fuera tanto, que no te cunde lo que estás dentro. Además te encuentras amigos que te terminan torciendo el gesto (y lo entiendo) porque intentan quedar contigo y tú eres un cajón lleno de ‘no puedos’…

Pero es que hay tantos sitios en los que me apetece estar, tantas cosas de las que quiero participar, que muchas veces he pedido en la hoguera de los sueños fantásticos dones como la ubicuidad o el teletransporte; aunque éste último no me conviene, que ya sabéis cuanto me gustan los viajes… Me vendría mejor tener alguna mano extra, o una cabeza con más memoria, que hay muchas ocasiones en las que me faltan. Por pedir…

 

Lunes. Buenos días!

20.04.2015

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¿No os ha pasado nunca que el mundo a vuestro alrededor se vuelve recurrente?

Ya no hablo solamente de números que se repiten como en un libro de conspiraciones, ni de esas palabras que no utilizas habitualmente -como monolito- y de repente se te aparecen hasta en las letras de las sopa (además de en las sopas de letras, si las hiciese), ni del típico día tonto que te da por ver la tele y te cascan dos películas seguidas de Morgan Freeman ¡Coño, que pensé que se había muerto el pobre hombre! (ya me he dado cuenta de que lo de Morgan Freeman es para hacer un estudio aparte, porque de tanto hacer de Dios se ha vuelto omnipresente…).

Pues resulta que no sólo esas minucias se repiten, si no que hay otras cuestiones de mayor calado que también tienen tendencia al tropel… Amores contrariados que te entristecen, gestos de aprecio que te reconfortan y decepciones, también conocidas como puñaladas. Los puñales, a veces, llueven. Como si fueras un alfiletero o llevaras una diana pintada en la espalda. Como si la esgrima esgrimida contra tu trasero fuera deporte nacional entre los que te conocen y crees que te quieren. Como si el sentirse traicionada fuera una herida que se reblandece pero nunca acabara de cicatrizar…

Y ya sé que la lealtad es una palabra en desuso y que no tiende a aparecerse en las letras de ninguna sopa, pero -a Morgan Freeman pongo por testigo- que me encantaría que así fuese porque, por definición, la lealtad entre amigos sólo existe cuando se da, no cuando se pide.

Lunes y 20 de abril. Que ironía, el día que escribieron la carta los Celtas.  Buenos días!

13.04.2015

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Eso que hemos hablado algunas veces aquí de no lograr ser rencorosa por la incapacidad manifiesta de recordar lo mal que te sentó una cosa, tiene una contrapartida negativa en la que, hasta ahora, no había caído: eres permanentemente vulnerable a la decepción.

Lo normal sería que una persona pudiera decepcionante una sola vez; a lo sumo dos. Pero cuando añades el componente mala memoria selectiva, por mucho que alguien querido te haga un daño, siempre vuelves a partir de cero. Siempre dejas el corazón al descubierto y ¡zasca! siempre puedes volver a llevarte un coscorrón.

Por eso cuando este fin de semana me han dado un cachiporrazo (metafórico) en los morros que ya me habían atizado antes, el primer instinto ha sido dramático, iracundo y escandaloso pero, mediando el tiempo reglamentario para que me dejara de hervir la sangre, me di cuenta que se me venía a los labios el poso de un recuerdo… Esto ya me ha pasado antes (pensé yo). Y tras pasar por mi cabeza una tira de viñetas estilo Capitán Trueno (¡La venganza será terrible! y todo eso), me dije ¡qué coño! Esto ya lo he vivido y -lo que es más importante- ya lo he sobrevivido… No es para tanto!!

Y así, a base de tropezones y sangre que se coagula y se disuelve, esa lección la voy aprendiendo: que los amigos -aunque nos pese- son un complemento circunstancial y que aunque el cariño y los buenos momentos compartidos los atesores, cuando las circunstancias son cambiantes, cambian las relaciones. Así las cosas, no tiene sentido pegarse ni apenarse por quien decide voluntariamente el desapego. C’est la vie! Por suerte, salvando ese puente, el rencor tampoco procede…

Lunes. Buenos días!

30.03.2015

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Siempre me he considerado una persona afortunada. Lo cierto es que jamás me ha tocado ni un duro a la lotería -yo creo que ni el reintegro-, mi suerte es de otro pelo. Es mi familia, tener un trabajo, hacer cosas que me gustan, disfrutar de buenos amigos… Que si me pongo a pedir tengo, por supuesto, una larga lista de deseos por cumplir, pero la fortuna tiende a mostrarme su cara más amable en muchos pequeños detalles y yo se lo agradezco.

Por ejemplo, tiende a enviarme ángeles guardianes cuando menos me lo espero: en la facultad me dejaban sobre la mesa apuntes fotocopiados sin pedir nada a cambio; en el trabajo me calman los humores malignos a cucharadas de paciencia y compañerismo; en mitad de la calle me los encuentro sonriéndome sin motivo para hacer más ameno el camino… Pero mi especialidad son los ángeles guardianes del sector hostelero.

Me ha sucedido ya varias veces: me adoptan los conserjes, los camareros me protegen, se preocupan por mí los porteros, los relaciones públicas se dejan usar de psicólogos y hasta una vez, hace tiempo, en lo más oscuro de las entretelas del corazón humano, me asistió de ángel guardián un señor dedicado a proporcionar a otros sustancias de esas con las que no se puede comerciar. Que aún en los malos negocios encuentras a veces buenas personas.

Desconozco si el motivo está en mí (que ofrezca un aspecto de persona adoptable, cosa que me extraña) o en ellos (que esos profesionales tengan más desarrollado el gen paternal) o será, simplemente, esa buena suerte que os decía me suele acompañar… Lunes. Buenos días!

12.03.2015

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Bien sabéis los que me habéis oído hablar alguna vez y hasta los que me leéis, que no soy yo persona delicada en esto de materializar mis pensamientos, que intercalo sin sonrojo y con poco miramiento palabras de un lado u otro del diccionario: un vocabulario más o menos biensonante con algún que otro taco.

Y no lo escondo ni pido perdón por ello, como algunos que se precian de no decirlos y, en un cabreo, te sueltan un ‘hostia’ con tal saña que te dejan tiritando. Por el contrario, me parece que unos cuantos tacos bien dichos -con gracia y moderación- suponen tanto un refuerzo de la comunicación como un desahogo para la lengua.

Ahora bien, de ahí al uso que dan algunos a las palabras de dos rombos hay un abismo… El otro día escuché involuntariamente dos conversaciones telefónicas de un muchacho que me dejaron el oído supurando: a la primera interlocutora le calzó un ‘zorra’ por todo saludo y al segundo no paró de llamarle -en plan colegueo- ‘hijoputa’ y ‘cabrón’. Que más que con un amigo parecía que hablaba con cualquier político (a los que hoy en día se excusa llamarles de todo). El chaval se creería posiblemente muy moderno y muy enrollado, pero a cualquiera medio sensato nos pareció un garrulo de campeonato.

Y es que, puestos a tirar de diccionario, aunque sea para decir tacos, habrá que hacerlo con mediana precisión, no siendo que -por querer hacer la gracia- nos suelten un hostión.

Puñeteros jueves..  Buenos días!